
![]()
Jugarán a encontrarse. Se separarán una mañana y tomarán, cada uno, una dirección para el otro desconocida. Así, en sentidos distintos, recorrerán sus caminos. Procurarán cambiarse nombres, rostros, vestimentas, peinados, apariencias. Mudarán oficios, amistades, aficiones. Harán siempre aquello que el otro nunca sospecharía que hicieran, para evitar la más mínima posibilidad de seguirse los rastros, de husmearse las huellas, de propiciar, ni siquiera inconscientemente, ningún tipo de contacto. Y así, después de mucho tiempo arrastrado en sus soledades, de tantas noches de sexo ahogado y cama fría, un día, acaso un atardecer de noviembre, se encontrarán en una calle solitaria, entre la multitud de un distrito comercial o en la última mesa del último café. Se mirarán fijamente, se sonreirán como si ayer mismo, aproximarán sus rostros para devolverse ese beso que se deberán hará tanto y entonces, sólo entonces, tras estar seguros de que ganarían cualquier partida de cualquier juego en el que se apostaran a ellos mismos, volverán a casa.



