Hacia John Berger

27 04 2013

John Berger es uno de los autores más singulares que conozco. Guionista, crítico de arte, artista plástico él mismo, marxista (o más bien marxiano), tolerante y transgresor, compone novelas caleidoscópicas en las que establece un juego dialéctico constante con el lector, el cual se siente atrapado en muy pocas líneas en su discurso.

Hacia la boda, de John Berger, Madrid, Alfaguara, 187 páginas.

Hacia la boda, de John Berger, Madrid, Alfaguara, 187 páginas.

En Hacia la boda -una novela de 1995 que Alfaguara rescató este año–,  Berger nos cuenta la historia de un viaje. O de varios viajes. Desde distintos puntos de Europa, los padres de una chica van hacia la boda de su hija, Ninon, que tendrá lugar en Italia, en un pueblito en el valle del Po. Así que desde, Francia y en moto, y desde Eslovaquia y en guagua, el padre, Jean, y Zdena, la madre, emprenden simultáneamente ese viaje simétrico a través de Europa, en el que se encontrarán con personajes e historias singulares: unos adolescentes anarquistas que forman un grupo de piratas informáticos, el coordinador de una enciclopedia que ha acabado siendo taxista, o unos peculiares constructores de reclamos para aves, que no se los venden a cazadores.

Con un cambio constante de focos de interés, con un dominio exquisito de las diferentes voces narrativas que hacen fluir siempre el texto hacia delante, hacia esa boda peculiar entre Ninon, hija de un ferroviario y una científica, y Gino, el hijo de un chatarrero, Berger compone una obra intensa, compleja y, sin embargo, leve en una primera lectura, en la que nos cuenta la Europa de los años noventa: la confusión en el Este tras la caída del Bloque Soviético, la no menos confusa posmodernidad como expresión de la globalización, el SIDA como estigma y como enfermedad mortal, y la construcción de una nueva Europa. Y, al mismo tiempo, estos temas tocan los asuntos más clásicos: el amor, la amistad, la lealtad, el miedo a la muerte y la afirmación de la vida en el hecho de reunirte, simplemente, con los seres amados y disfrutar junto a ellos de las cosas sencillas.

Todo eso con una prosa ágil, de frase corta y ritmo constante, plagada de ideas poderosas. Y partiendo de un guiño a la literatura clásica, porque el narrador original, que engloba a todos los otros narradores del texto, es un invidente que vende iconos en una plaza de Atenas. Nuestro humilde Homero va integrando en su discurso a los diferentes personajes, formando esa amalgama de historias, temas y perspectivas mediante una mágica omnisciencia otorgada por su ceguera.

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John Berger nació en Londres, en 1926. Estudió Bellas Artes (fue alumno de Henry Moore) y comenzó como artista plástico y crítico de arte en periódicos como el Tribune (a las órdenes de George Orwell), pero a partir de los treinta años se dedicó principalmente a la escritura. Su primera novela, Un pintor de nuestro tiempo, contaba en primera persona la historia de un pintor húngaro exiliado en Londres. Hubo quien pensó que no era una novela, sino un verdadero diario y un mes más tarde fue retirado de las librerías por una liga anticomunista.

Combinó la narrativa con la crítica de arte y el ensayo, siempre con una orientación marxista y siempre polémico. En 1965, por ejemplo, publicó Fama y soledad de Picasso, que causó una gran controversia porque se le tachó de irrespetuoso y hasta de grosero. Sin embargo, hoy está considerado como uno de los mejores libros sobre la obra del pintor malagueño.

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En 1972 la BBC hizo una serie documental a partir de un libro de Berger: Modos de ver, que se ha convertido en un clásico de la crítica de arte, marcando a varias generaciones de críticos. Y, justo ese año, ganó el premio Booker por G. Esta es una de esas novelas inclasificables, pero que hay que leer obligatoriamente si uno es amante de los buenos libros. Una novela río exquisita muy difícil de superar y que, desde mi punto de vista, constituye su libro imprescindible.

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También es muy célebre la trilogía De sus fatigas, compuesta por las novelas Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag, que tratan sobre la desaparición de la clase campesina.

Ahora, entre los ecos de los grandes lanzamientos, entre el ruido mediático de los famosos de la tele que irrumpen en las ferias del libro, quizá se momento para afinar el oído e intentar escuchar la voz de este grandioso y personalísimo autor británico de 87 años que está volviendo a editarse en España y cuya obra jamás ha pasado de moda. Y lo mejor podría ser empezar por esta novela breve y fascinante: Hacia la boda, 187 páginas plagadas de historias que al fin, son solo una: la que hacemos, día a día, todos juntos.

[Aquí el podcast del programa, hacia el minuto 55. También reseñamos la aparición de Chat, de Moisés Morán Vega, y de La piel de la lefaa, de Juan R. Tramunt. Y hablamos del Premio de Literatura Europea, concedido a John Banville].





June Evon anda suelta

3 04 2013

Siempre que hablo de los poetas isleños que aparecieron a partir de los noventa (esa gente con voces personalísimas sobre la cual se escribirá un día como una generación imprescindible en la historia de nuestras letras), siempre menciono a Tina Suárez Rojas. No obstante, hasta ahora no había tenido oportunidad de reseñar ningún libro suyo. Puede que a esto contribuyan su reserva y su escasa proclividad a las presentaciones públicas y las promociones o que yo sepa de sus libros normalmente mucho tiempo después de que se hayan publicado. Sea suya o mía la culpa, ahora tengo la oportunidad de remediar esa omisión, porque acaba de aparecer Brevísima relación de la destrucción de June Evon, un libro de poesía que se lee y se disfruta como un western, o un western que es pura poesía.

Brevísima relación de la destrucción de June Evon, Tina Suárez Rojas, Madrid, Vitruvio, 50 páginas.

Brevísima relación de la destrucción de June Evon, Tina Suárez Rojas, Madrid, Vitruvio, 50 páginas.

El título y el planteamiento saben a aquellos poemas de Sidney West escritos por el gran Gelman. Las primeras páginas, a García Márquez, pero también a Silver Kane. Su desarrollo, al Martín Fierro. El resultado final, a alta literatura disfrazada de aquellas historias en las que héroes y villanos arquetípicos estaban perfectamente dibujados, delimitando el bien y el mal, imponiendo orden en un mundo caótico que el ser humano está destinado a no entender del todo.

Aparentemente, Tina Suárez no es en este libro aquella autora que escribía con serena rabia, situada (por parafrasear a Leopoldo María Panero), en la oscura raíz en que se mueren los sueños; aquella jugadora con las formas que puso un espejo ante Peter Pan para dejarlo solo contra su semejanza, la feligresa de pasiones, la que tropieza cada tarde con su escoba bruja mal colocada entre los muslos prietos. En Brevísima relación… se aleja de los ambientes de la intimidad y lo cotidiano, así como de la referencia clásica y culta más evidente, y retorna a la puntuación convencional, a la sintaxis no imprevisible, a la sencillez de la forma.

No es ese su juego aquí; su juego es otro: el que se juega a lo largo de los pasillos que comunican la épica y la poesía gauchesca, la novela far west y la subversión del tópico. Y, sin embargo, la mítica figura de June Evon, recuerda a aquellos versos que la propia Suárez escribió en 1999: una mujer anda suelta/ se echa a la calle/ y derriba la noche// bebe el alquitrán a lengüetazos/ indómitos de fiera desamada/ zamarrea el asfalto/ despedaza enamorados/ frecuenta tentaciones/ depreda voluntades/ animal rabiando en pos de la ternura (…). Acaso esa mujer que andaba suelta en “Ecce femina” sea la propia June Evon, la pistolera feraz que monta en su fiel Calibre (un quarter colorado, su único verdadero amigo) y se encamina al villorrio de Dohanville, donde la aguarda la muerte.

Suárez toma prestadas las voces de los habitantes de Dohanville, que presentan el arco completo de arquetipos de las historias del Oeste (el telegrafista, el buscador de oro, el ranchero, la dueña del saloom, el vaquero, el reverendo o el sheriff) para narrar este día de la desgracia de June Evon (del cual no daré detalles para no estropear la lectura de una historia de bien manejada intriga), temible asaltadora, asesina sin escrúpulos, compinche de tahúres, cuatrera y mujer pasional a sus horas, que oscila entre la ambición, el instinto de supervivencia y la venganza. Y a través de ese relato coral y externo a la heroína, nos va descubriendo un personaje fascinante del que siempre se oculta lo esencial, perfeccionando el dibujo que convierte a la persona en leyenda.

Gozarán de este libro quienes gozan con la desacralización y la subversión literaria; quienes saben que tras las palabras sencillas se esconden los conceptos más inaprehensibles; quienes no ignoran la íntima relación entre Sísifo y el forajido, entre Gilgamesh y el pistolero, entre Ulises y el cuatrero; quienes leen y releen a Homero, a José Hernández y a Virgilio. Pero también lo disfrutarán los buenos lectores de novelas, aquellos que gustan, simplemente, del placer de asistir al relato de una historia bien contada, que les haga soñar (confieso que hace unas noches yo mismo soñé con June Evon) con personajes legendarios que habitan mundos lejanos, esos otros mundos inalcanzables más allá del sueño y la palabra y que, en el fondo, están en este.

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Habitamos desde el mismo año en la misma isla y, sin embargo, no habré visto en persona a Tina Suárez más de cuatro o cinco veces. No obstante, siempre sospeché, desde la primera vez (en aquellos tiempos del CIC y Plazuela de las Letras, cuando aún no la había leído), que tras su mirada atenta y su sonrisa franca se ocultaba la reflexión profunda, la lúcida irreverencia.

Brevísima relación de la destrucción de June Evon es una introducción estupenda a su obra, que se inaugura en 1996 con Huellas de Gorgona y prosigue con brillantez en títulos como Pronóstico reservado, Que me corten la cabeza, El principio activo de la oblicuidad (Premio Carmen Conde) o Los ponientes.

Quien desee realizar un rápido acercamiento a su producción anterior a 2002, puede leer La voz tomada, una antología publicada por Baile del Sol en su colección Plenilunio.

En cualquier caso, ya sea en esta Brevísima relación de la destrucción de June Evon, ya en sus libros anteriores, el encuentro con la poesía de Tina Suárez, con esa voz cargada de fuerza, rabia e inteligencia, que no desdeña lo sentimental pero pisotea el sentimentalismo, resulta siempre deslumbrante y, a la larga, peligroso, como lo es todo aquel discurso que nos desvela el bosque que nos ocultan los árboles de lo cotidiano.

[Aquí el podcast del Hoy por Hoy completo. "La buena letra" está a partir del minuto cuarenta, con un recordatorio especial a José Luis Sampedro]





Libros que me enseñaron algo

1 04 2013

Es fama que Borges escribió: “Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer”. Una participante en el Taller de Narrativa de Unibelia me ha puesto en un aprieto: me ha pedido que, al margen de la bibliografía esencial que suministro a lo largo de cada taller, les proporcione a ella y a sus compañeros una lista de aquellos libros que yo creo que me han sido útiles en esa tarea de aprender a contar historias. Esto es tanto como preguntarme cuáles son los libros que me han influido. Y (si aceptamos que todo aquello que lees, te influye), tanto como preguntarme qué libros he leído.

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Pero como quiera que alguna vez suelen preguntarme qué autores me han influido y hasta ahora no había elaborado una nómina que me sirviera para salir del paso, he decidido aprovechar la excusa para pararme a pensar y anotar. Además, soy de los que piensan que muchas veces se llega a los mejores libros porque un amigo te los recomendó o porque leíste un artículo o un libro en los que se los mencionaba. Y a ti, que lees este blog, te considero persona amiga.

Así que, sin ánimo de ejercer como prescriptor, y, claro está, sin afán canónico alguno, ofrezco aquí esa nómina siempre incompleta de autores y textos que (yo creo que) me marcaron de alguna manera, que me enseñaron algo (si es que algo aprendí) sobre el oficio de la escritura. Y lo hago con algo de pudor, pero con gusto, porque eso me ha proporcionado excusa para pasar la tarde del domingo recordando a algunos viejos amigos impresos en todo tipo de papel, formato y dimensiones, aunque abunden entre ellos las ediciones baratas o de bolsillo, compradas de segunda o tercera mano, no devueltas a sus legítimos propietarios o, incluso, hurtadas en centros comerciales y bibliotecas que ya no existen.

Casi todos los títulos te serán conocidos. Los que no, puede que despierten tu curiosidad o lleguen a merecer tu atención.

En cualquier caso, fueron llegando a mis manos por cauces y motivos dispares: como lecturas de estudiante, por recomendación, por mera curiosidad o por azar. La mayoría los leí siendo joven (con los años he descubierto que los libros realmente importantes en tu vida son aquellos que lees antes de los treinta). Otros, unos pocos, son nuevos amigos de la última década. En cuanto a géneros, hay absolutamente de todo, aunque menos abundante es la poesía, acaso porque soy de aquellos que leen poesía por mero vicio, por puro y genuino placer. Lo único que puedo decir con seguridad es que todos y cada uno de ellos me hicieron disfrutar y me han hecho pensar, y que todos contribuyeron en una u otra medida a este aprendizaje, que no cesa.

Antes, algunas advertencias: como cito de memoria, puede que haya alguna inexactitud en la correcta transcripción de nombre y títulos. Y no hay orden ni concierto, salvo el alfabético, pues si atendiéramos a la cronología, yo habría de confesar que, por ejemplo, Kafka apareció en mi biblioteca antes que Virgilio. Tampoco hay corrección política: siempre me ha dado igual de dónde sea un autor o de qué época, si es hombre o mujer, de derechas o de izquierdas. Por último, esta lista no pretende ser exhaustiva. La fue haciendo el tiempo y ahora la recoge la memoria: si aquel es inexorable, esta no es infalible. Por consiguiente, el tintero quedará abarrotado de nombres y de títulos que hoy no han querido aflorar a mi maltratado córtex.

Así pues, ahí van esos libros que me enseñaron algo:

1.               Abagnano: Historia de la Filosofía.

2.               Adolfo Bioy Casares: La invención y la trama.

3.               Adorno: Notas sobre literatura.

4.               Agnes Heller: Sociología de la vida cotidiana.

5.               Akutagawa: Rasomon.

6.               Alberto Manguel: Una historia de la lectura.

7.               Alejandro Dumas: El Conde de Montecristo.

8.               Anaïs Nin: Delta de Venus. Diarios.

9.               Andreiev: Los espectros. Cuentos.

10.            Apollinaire-Dalizé: La Roma de los Borgia.

11.            Ariwara No-Narihira: Cuentos del Ise.

12.            Arozarena: Mararía. Caravane.

13.            Asimov: Fundación. Yo, Robot.

14.            Bárbara Jacobs: Doce cuentos en contra. Vida con mi amigo.

15.            Baricco: Seda. Noveccento. Tierras de cristal. Homero, Ilíada.

16.            Barrie: Peter Pan.

17.            Beckett: Fin de partida. Esperando a Godot. Malone muere. Molloy.

18.            Bierce: El clan de los parricidas. Diccionario del Diablo.

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19.            Bolaño: 2666. Los detectives salvajes.

20.            Böll: Opiniones de un payaso. Billar a las nueve y media. Casa sin amo. El honor perdido de Katharina Blum.

21.            Boris Vian: El Lobo-Hombre. La espuma de los días. La hierba roja. El otoño en Pekín. El arrancacorazones. Escupiré sobre vuestra tumba.

22.            Bradbury: Fahrenheit 451. Crónicas marcianas. Remedio para melancólicos.

23.            Bram Stocker: Drácula.

24.            Broch: Los inocentes.

25.            Bulgakov: El maestro y Margarita.

26.            Burgess: La naranja mecánica.

27.            Buzzati: El desierto de los tártaros. Cuentos completos.

28.            Cain: Pacto de sangre. El cartero siempre llama dos veces.

29.            Campos-Herrero: Fieras y ángeles. Ficciones mínimas.

30.            Camus: El extranjero. La peste. La caída. El mito de Sísifo. El hombre rebelde. Calígula.

31.            Cantar de Mío Cid.

32.            Capote: Cuentos completos. Otras voces, otros ámbitos. A sangre fría.

33.            Carmen Laforet: Nada.

34.            Carson McCullers: El corazón es un cazador solitario.

35.            Carver: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

36.            Cela: La familia de Pascual Duarte. La colmena. Mazurca para dos muertos.

37.            Cervantes: El Quijote. Novelas ejemplares.

38.            Cesare Pavese: El oficio de vivir / El oficio de poeta. Trabajar cansa. Vendrá la noche y tendrá tus ojos.

39.            Chejov: Cuentos. Tío Vania.

40.            Chesterton: El candor del Padre Brown.

41.            Cioran: Breviario de podredumbre. En las cimas de la desesperación.

42.            Clarín: La Regenta.

43.            Copleston: Historia de la Filosofía.

44.            Cormac McCarthy: Hijo de Dios. La carretera.

45.            Danilo Kis: Una tumba para Boris Davidóvich.

46.            David Markson: La amante de Wittgenstein.

47.            Delibes: El camino. Cinco horas con Mario. Los santos inocentes. 377-A, Madera de héroe. El príncipe destronado. El hereje.

48.            Djuna Barnes: El bosque de la noche.

49.            Dostoyevski: El idiota. El jugador. Crimen y Castigo.

50.            Dürrenmatt: Justicia. La promesa. El juez y su verdugo. La visita de la vieja dama.

51.            Elias Canetti: Auto de fe. El testigo escuchón.

52.            Ende: Momo. La historia interminable.

53.            Espinosa: Crimen. Lancelot 28º-7º. Media hora jugando a los dados. Artículos y ensayos.

54.            Faucault: El orden del discurso.

55.            Faulkner: Santuario. El ruido y la furia. Luz de agosto. Cuentos de Nueva Orleans.

56.            Fernández Santos: Extramuros.

57.            Fernando de Rojas: La Celestina.

58.            Flaubert: Madame Bovary. Cuentos.

59.            Francois Rabelais: Gargantúa y Pantagruel.

60.            Freud: El malestar en la cultura. El yo y el ello. La interpretación de los sueños. Ensayos sobre sexualidad.

61.            Frisch: No soy Stiller.

62.            Gadamer: Estética y hermenéutica.

63.            García Cabrera: Romancero cautivo. Elegías muertas de hambre. El hombre en función del paisaje. Transparencias fugadas. La rodilla en el agua.

64.            García Gual: La secta del perro. Epicuro.

65.            García Márquez: Crónica de una muerte anunciada. Cien años de soledad. El otoño del patriarca. La hojarasca. El coronel no tiene quien le escriba. El amor en los tiempos del cólera.

66.            Gide: El inmoralista. La secuestrada de Poitiers.

67.            Gilson: El pensamiento en la Edad Media.

68.            González Ledesma: Crónica sentimental en rojo. Una novela de barrio.

69.            Graham Greene: El poder y la gloria.

70.            Grass: El tambor de hojalata. El rodaballo.

71.            Graves: Yo, Claudio. Claudio el Dios y su esposa Mesalina.

72.            H. G. Wells: El hombre invisible. La guerra de los mundos. La isla del doctor Moreau.

73.            Harper Lee: Matar un ruiseñor.

74.            Harris: Introducción a la Antropología General.

75.            Heidegger: Ser y Tiempo.

76.            Helene Hanff: 84, Charing Cross Road.

77.            Henry James: Otra vuelta de tuerca. Los papeles de Aspern.

78.            Henry Miller: Sexus. Plexus. Nexus.

79.            Herman Melville: Moby Dick. Bartleby, el escribiente. Billy Budd. Benito Cereno.

80.            Hesse: El lobo estepario.

81.            Highsmith: El talento de Mr. Ripley. El juego de Ripley. Extraños en un tren. Pequeños cuentos misóginos.

82.            H. P. Lovecraft: Los mitos de Ctulhu. El color surgido del espacio.

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83.            Homero: Odisea e Ilíada.

84.            Horacio Güiraldes: Don Segundo Sombra.

85.            Ibsen: Un enemigo del pueblo.

86.            Ignacio Aldecoa: Cuentos completos.

87.            Isidore Ducasse: Cantos de Maldoror.

88.            Italo Calvino: Nuestros antepasados. Marcovaldo. La nube de Smog. Si una noche de invierno un viajero. Las cosmicómicas. Las ciudades invisibles. ¿Por qué leer los clásicos? Seis propuestas para el próximo milenio.

89.            John Berger: G.

90.            Jorge Luis Borges: Obra completa.

91.            José Hernández: Martín Fierro.

92.            Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas. La línea de sombra. El Duelo. Lord Jim. Gaspar Ruiz.

93.            Joyce: Dublineses. Ulises.

94.            Juan Carlos Onetti: Juntacadáveres. El astillero. Dejemos hablar al viento. La muerte y la niña. Los adioses. Cuando ya no importe.

95.            Juan José Arreola: Confabulario.

96.            Juan Marsé: Últimas tardes con Teresa. El embrujo de Shangai.

97.            Juan Perucho: El caballero Cosmas.

98.            Julián Marías: Biografía de la filosofía.

99.            Julio Cortázar: Los relatos (4 volúmenes). Rayuela. Historias de cronopios y de famas. Los premios. Libro de Manuel. 62, modelo para armar. La vuelta al día en ochenta mundos. Último Round.

100.         K. Dick: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Cuentos.

101.         Kadaré: El palacio de los sueños.

102.         Kafka: Obra Completa.

103.         Kawabata: Una grulla en la taza de té. Lo bello y lo triste. La casa de las bellas durmientes.

104.         Kenneth Rexroth: 100 poemas japoneses.

105.         Kirk y Raven: Los filósofos presocráticos.

106.         Kundera: La insoportable levedad del ser. La inmortalidad. El arte de la novela.

107.         Laurence Sterne: Tristram Shandy.

108.         Lazarillo de Tormes.

109.         Lem: Solaris.

110.         Lledó e Íñigo: Lenguaje e Historia.

111.         Lucrecio: De la naturaleza de las cosas.

112.         Madrid: Días contados. Serie de Toni Romano.

113.         Malraux: La condición humana. La esperanza. La Vía Real.

114.         Mansfield: Cuentos completos.

115.         Márai: La amante de Bolzano. El último encuentro. La herencia de Eszter. Diarios.

116.         Martín Santos: Tiempo de silencio.

117.         Marx: Manuscritos de economía y filosofía. El capital.

118.         Matute: Algunos muchachos.

119.         Maupassant: Bola de sebo. Cuentos de guerra.

120.         Max Aub: Las buenas intenciones. Crímenes ejemplares.

121.         Mendoza: La verdad sobre el caso Savolta.

122.         Meyrink: El Golem.

123.         Milorad Pavic: Diccionario jázaro.

124.         Monterroso: Movimiento perpetuo. Obras completas y otros cuentos. La oveja negra y demás fábulas. Lo demás es silencio. La letra e. Los buscadores de oro.

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125.         Muñoz Molina: El invierno en Lisboa. Beltenebros. En ausencia de Blanca.

126.         Murasaki Shikibu: La novela de Genji.

127.         Musil: El joven Törless.

128.         Nabokov: Lolita. La defensa Lutzin. Curso de literatura europea.

129.         Nathaniel Hawthorne: La letra escarlata.

130.         Oliverio Girondo: Poesía completa.

131.         Orwell: 1984.

Fotograma de la versión cinematográfica dirigida por Michael Radford.
Fotograma de la versión cinematográfica dirigida por Michael Radford.

132.         Papini: Un hombre acabado.

133.         Pauline Rèage: Historia de O.

134.         Pedro Lezcano: Cuentos sin geografía.

135.         Perec: La vida, instrucciones de uso.

136.         Pérez Galdós: Misericordia. Trafalgar. Tormento. Marianela. Miau.

137.         Poe: Narraciones extraordinarias.

138.         Puig: El beso de la mujer araña. Boquitas pintadas.

139.         Queneau: Zazie en el metro. Ejercicios de estilo.

140.         Roald Dahl: Relatos de lo inesperado. Las brujas. Charlie y la fábrica de chocolate. Los cretinos. James y el melocotón gigante. Matilda.

141.         Roberto Arlt: El juguete rabioso. Los siete locos. Cuentos.

142.         Rodari: Gramática de la fantasía. Cuentos por teléfono. Cuentos para jugar.

143.         Romancero Castellano.

144.         Sábato: Sobre héroes y tumbas.

145.         Saki: Cuentos.

Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.
Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.

146.         Saramago: Todos los nombres. Ensayo sobre la ceguera. La balsa de piedra. Historia del cerco de Lisboa.

147.         Sartre: La náusea. El existencialismo es un humanismo. El Ser y la Nada. Las moscas. A puerta cerrada. La puta respetuosa.

148.         Sciascia: El contexto. Una historia sencilla. Los apuñaladores. El caballero y la muerte.

149.         Shakespeare: Macbeth. Rey Lear. Ricardo III. Hamlet. Titus Andronicus. Julio César.

150.         Solschentzin: Un día en la vida de Iván Denisovich.

151.         Sontag: La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Bajo el signo de Saturno. Al mismo tiempo.  

152.         Spinoza: Ética.

153.         Stendhal: La cartuja de Parma.

154.         Stevenson: La isla del tesoro. Las nuevas noches árabes.

155.         Tabucchi: Réquiem. Sostiene Pereira. Dama de Porto Pim.

156.         Thompson: 1280 almas. El asesino dentro de mí. Los timadores.

157.         Tolstoi: Anna Karenina.

158.         Torrente Ballester: La saga / Fuga de J. B.

159.         Umberto Eco: El péndulo de Foucault.

160.         Unamuno: La tía Tula. Niebla. San Manuel Bueno, Mártir. Abel Sánchez. Del sentimiento trágico de la vida.

161.         Victor Hugo: Los miserables.

162.         Viera y Clavijo: Noticias de la historia general de las Islas de Canaria.

163.         Virgilio Piñera: Cuentos Completos.

164.         Virgilio: Eneida. Metamorfosis. El arte de amar.

165.         Vladimir Propp: Las raíces históricas del cuento.

166.         Wilde: Cuentos completos. De profundis.

167.         Wilkie Collins: La piedra lunar.

168.         Woolf: La señora Dalloway. Las olas. Orlando. Una habitación propia. Cuentos completos.

169.         Yourcenar: Memorias de Adriano. Alexis, o el Tratado del inútil combate. El tiro de gracia. Cuentos orientales.

170.         Zweig: Calidoscopio. Fuché. María Estuardo. Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Carta de una desconocida.

A todo esto habría que añadir lecturas parciales de la Biblia y los Upanishads, antologías de cuentos anónimos chinos, europeos, japoneses, indios, rusos, del África Negra, de Marruecos, de la América Prehispánica. Así como antologías de cuentos contemporáneos de Perú,  México, EEUU, Alemania, Cuba, Argentina, Canarias, España, o el ámbito hispano en general. Y, finalmente, pero siempre al principio, el Poema de Gilgamesh, porque, al fin y al cabo, ¿qué libro no proviene de él?





El despertar, mucho más que una novela zombi

23 03 2013

Cuando se habla de Elio Quiroga se piensa, eminentemente, en cine, en Fotos, en La hora fría, en No-Do. Ayer mismo, Quiroga inauguró, en la Galería Manuel Ojeda, Cartelera, su primera exposición pictórica, compuesta por quince obras de técnica mixta inspiradas en carteles de proyectos cinematográficos que nunca llegaron (o aún no han llegado) a la gran pantalla.

Sin embargo, hablar de Elio Quiroga no solo es hablar de cine, porque él ya había publicado dos libros de poemas, Mar de hombres (Ediciones Funámbula) y Ática (Nuevas Escrituras Canarias). Lo que pasa es que luego se nos torció y se nos fue para el cine, aunque no dejó de escribir ensayo. De hecho, en 2004 obtuvo el accésit del Premio Everis con La materia de los sueños, publicado por Ediciones Deusto. Y el año pasado volvió al mal camino de la letra impresa con esta novela que te traigo hoy, El despertar, que se presenta como una novela zombi pero es bastante más que eso (y que no deberías perderte si te gustaron películas como Bienvenidos a Zombieland, Zombies Party y Juan de los muertos).

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

El despertar, de Elio Quiroga-Rodríguez, Barcelona, Timun Mas, 253 páginas.

La cosa va de una epidemia zombi que llegó a la Tierra a bordo de un meteorito y tras extenderse rápidamente por todo el planeta, se estabilizó. Quiroga nos presenta un nuevo mundo en el que, tras la alarma inicial, los no-muertos son tratados como personas con una enfermedad crónica que, convenientemente controlados y medicados, no solo pueden convivir perfectamente con los vivos, sino que constituyen un importante nicho de mercado para las multinacionales farmacéuticas, cosméticas, alimentarias y de ocio. Un cliente que no muere y tiene un hambre irreprimible, necesita constantemente afeites para disimular los rigores de la muerte resulta perfecto. Por otro lado, el sistema tampoco deja escapar la ocasión de sacar partido de sus cualidades productivas: los zombis son soldados perfectos y mano de obra muy barata y efectiva para la industria.

En este contexto, es en el que Amelia, una mera ama de casa, es infectada y tiene que aprender a vivir su no-vida como zombi. Y, curiosamente, como reza en la sinopsis, justo cuando se convierte en no-muerta es cuando Amelia comienza realmente a vivir, a crecer como persona.

Al principio, los logros son pequeños: se librará de un marido egoísta y manipulador y se liará con su médico, un sujeto muy peculiar a quien le ponen las zombis (luego vamos a averiguar que es una parafilia bastante habitual en este mundo parcialmente zombificado), y pronto se va a ver en medio de una trama de trata de mujeres no-muertas, tráfico de linfa, la nueva sustancia prohibida. Pero luego dará pasos de gigante, hasta convertirse en una auténtica heroína.

El universo zombi está tan poblado de películas, libros y cómics que resulta difícil ser eficaz a la hora de atraer y mantener la atención al lector. Y, sin embargo, Quiroga lo consigue. En mi opinión, por dos motivos: el primero, que emprende la tarea asumiendo toda una tradición y teniendo claro, como lo tenían los grandes de la ciencia ficción, que la novela distópica no habla del futuro, sino del presente. Y, segundo (y más importante), porque, al contrario de muchos de los autores de novelas sobre zombis actuales, Elio sí que sabe escribir y contar historias.

Lo que construye gracias a estas dos cualidades es mucho más que una novela de zombis. Se da mucha maña para releer varios géneros que maneja desde la tradición y la ironía, combinando muy bien el terror, la sátira, la parodia, el Sci-Fi, la novela de aventuras, el género negro, la novela de educación sentimental, y hasta la novela social de manera muy equilibrada. Muy gore, muy ácida, pero también muy inteligente y reflexiva en algunos momentos, no nos da sorpresas al final, sino que nos sorprende a la vuelta de cada página, porque su argumento presenta numerosos giros y abunda en breves digresiones que plantean subtramas divertidísimas, como la del primer presidente zombi-gay de los Estados Unidos o la del crecimiento de la industria porno-zombie.

Yo debo confesar que me lo he pasado como un niño chico con esta novela rápida, contada con rapidez voltaireana, y que me recuerda a autores tan dispares como Stepehen King, Stanislav Lem o John Wyndham. Y la originalidad está ahí, en releer toda esa tradición y crear algo completamente nuevo, epatante y divertidísimo, donde la carcajada, el escalofrío y la reflexión se mezclan en un argumento dominado por una intriga novelesca que fluye incesantemente.

(Si quieres escuchar el podcast de la sección, solo has de hacer clic aquí. Esta vez no vino Fortunata, porque está haciendo ayuno de cuaresma, pero sí que estuvieron Francisco Melo Junior y Verónica Iglesias, y el propio Elio Quiroga, además de, espontáneamente, el gran Emilio González Déniz. También tuvimos una visita muy especial: Cintu, el perezoso Cliffhanger).





Dersu Uzala, la naturaleza y la amistad

16 03 2013

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En 1975, Akira Kurosawa estrenó Dersu Uzala, una película rodada en escenarios naturales de la taiga siberiana que obtuvo diversos galardones y que se ha convertido en un film emblemático.

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Dersu Uzala, de Vladimir Arséniev, Madrid, Akal, 320 páginas.

Dersu Uzala narra una historia real: la amistad entre un cazador gold y un explorador del ejército ruso. Lo que muchos no sabíamos en la España de aquella época era que estaba basada en un libro inolvidable, escrito por aquel explorador de la película: Vladimir Arséniev.

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Geógrafo, naturalista y militar, Arséniev realizó entre 1902 y 1906 dos expediciones para explorar y cartografiar la cuenca del río Ussuri, una región salvaje de la Siberia Suroriental. Y allí, en la primera de ellas, en medio de la taiga siberiana, él y sus hombres se encontraron con Dersu, un cazador nómada de la etnia hezhen. Quizá otro tipo de hombre, otro tipo de militar se hubiese mostrado etnocéntrico o distante con Dersu. Sin embargo, Arséniev, hombre inteligente y de gran sensibilidad, aceptó la compañía y los consejos del cazador con tolerancia, curiosidad y admiración. Eso acabaría salvando su vida y las de sus hombres en varias ocasiones. Dersu Uzala se convirtió pronto en un inestimable guía y amigo y acabaría mostrándole cómo sobrevivir en la naturaleza estableciendo una relación de constante respeto y equilibrio con el medio.

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Dersu tenía una visión animista y antropomorfista de la naturaleza. Como descubrió Arséniev, creía que todos los animales, plantas, y aún los seres inanimados, tenían vida y eran dignos de respeto y susceptibles de razonar con ellos. Esto, para un urbanita, puede parecer cosa de locos, pero para alguien que vive en contacto con la vida salvaje, establece con el medio un equilibrio fundamental.

Arséniev, a partir de su diario de viaje, elabora el relato con marcial parquedad, no exenta de emoción y con pasajes de una singular belleza. Nos hace viajar con él y con Dersu en sus dos largas expediciones a través de esa remota región situada entre Rusia y China, la cuenca del Ussuri y las montañas de Sijote-Alin, una zona misteriosa y poco explorada, y nos enfrenta a grandes escaladas, a cruces de ríos caudalosos, a nevadas inesperadas, a la escasez de alimentos, a encuentros con bandidos o al enfrentamiento con nativos no siempre amistosos.

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Así, estas memorias de viajes constituyen un estupendo libro de aventuras, pero, también, y sobre todo, una historia de profundo cariño y eterna lealtad entre dos hombres muy diferentes, el militar culto y el cazador nómada, que se convierten en hermanos para siempre.

De hecho, al fin de las expediciones, Arséniev lleva a Dersu a vivir a su casa en la ciudad, pero Dersu dura poco allí, en ese sitio donde los hombres tienen que pagar la leña para la estufa y la cuenta del agua, cuando en la taiga hay tanta madera y tanta agua que no pertenece a nadie y, por tanto, pertenece a todos.

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Cuando publicó Dersu Uzala, Arséniev se convirtió en un auténtico héroe nacional, por sus exploraciones, principalmente, pero también porque el libro pasó a ser rápidamente uno de los libros más populares, sobre todo entre los jóvenes, y, pronto se convirtió en un auténtico clásico.

Hasta su muerte, en 1930, Arséniev gozó de esa fama y de esa gloria y continuó publicando obras sobre geografía. Posteriormente, sin embargo, su viuda y su hija caerían en las purgas estalinistas. Su viuda fue condenada a muerte, acusada de formar parte de una red de espías y traidores dirigida por su marido y murió en 1938. Y su hija fue enviada al Gulag en 1941.

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Curiosamente, pese al triste final de la familia, el libro continuó siendo un texto de lectura obligada, un verdadero clásico con el que no puede el tiempo.

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La tribu de los Hezhen, a la que pertenecía Dersu, aún existe. Pertenecen a ella unas 18000 personas, repartidas en la franja del Ussurri entre Rusia y la República Popular China.

Así pues, ahí queda La Buena Letra de esta semana, una historia basada en hechos reales y magníficamente contada por Vladimir Arséniev: Dersu Uzala, disponible en varias ediciones, por ejemplo, de Akal, en Madrid, 320 páginas de aventuras, viajes, ecología, tolerancia y, sobre todo, amistad.





Doce cuentos malévolos, deliciosa mala baba

2 03 2013

Navona sigue con esa costumbre suya, tan beneficiosa para todos, de rescates interesantes, en su colección Reencuentros. Dentro de poco, en La Buena Letra, hablaremos de dos novelas cortas de Henry James (Compañeros de viaje e Historia de una obra maestra) y de una antología con nuevas traducciones de los cuentos de Poe, editadas bajo el título de La caída de la Casa Usher (buena solución para quien no pueda pagar volúmenes de lujo). Y, probablemente, de algunos títulos más, porque esta editorial-cronopio no deja de recuperar cosas de Conrad, Steinbeck, London, o Caldwell, algunas de ellas verdaderos descubrimientos para el lector español actual.

Entre estos descubrimientos, hay uno que te apetecerá especialmente, en estos tiempos en los que andamos tan necesitados de sonrisas: Doce cuentos malévolos, de Saki.

Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.

Doce cuentos malévolos, de Saki, Barcelona, Navona, 106 páginas.

Alguna vez ya hemos hablado de la obra, la vida y la singular muerte de Saki, cuyo verdadero nombre era Hector Hugh Munro, un autor inglés que escribe con ingenio y con mucha perversidad sobre la burguesía y la gentry británica. Un autor con muy mala uva y mucho ingenio para burlarse de los convencionalismos y el esnobismo, pero dejándonos al mismo tiempo perlas de sabiduría, como que “no hay nada en el Cristianismo y el Budismo que pueda igualar la comprensiva generosidad de una ostra” o que “todas las personas decentes viven por encima de sus posibilidades y los que no son respetables viven por encima de las posibilidades de otros”.

Algunos de estos cuentos, todos muy breves, son realmente geniales. Te contaré solamente el argumento de uno de ellos, “El bastidor”. Es la historia de Henri Deplis, que se hizo tatuar la Caída de Ícaro en la espalda por Andreas Pincini, el tatuador más importante del país. Pero el maestro Pincini murió antes de cobrar y Deplis no saldó la deuda con la viuda del artista. Así que ella, con muy mala leche, donó el tatuaje al ayuntamiento de Bérgamo, con lo cual Deplis se convirtió en un marco viviente: le prohibían quitarse la camisa en la sauna o la playa sin permiso del ayuntamiento, no podía salir del país, porque las leyes sobre tráfico de arte lo prohibían, etc. En otro, un urbanita se va al campo para gozar de los paisajes bucólicos y, de pronto, se ve metido en una guerra entre dos brujas vecinas, que se dedican a lanzarse maldiciones y hechizos, con lo cual el pretendido relax se convierte en una experiencia completamente estresante.

En fin, historias absurdas, muy divertidas, y escritas con inteligente malicia que no solo nos hacen sonreír, sino también pensar en lo pobre que es esa gente que solo tiene dinero y posición.

Saki tiene seguidores a paletada y he podido comprobar que existen verdaderos fans de sus cuentos. Estos suelen estar conducidos por Clovis Sangrail o por Reginald, jovenes petrimetres que andan metidos en todos los saraos. Pero, aunque los cuentos de Clovis que hay en Doce cuentos malévolos son de un humor más bien blanco, también es capaz de contar historias muy macabras, como “Esmé” o “Sredni Vashtar”, uno de sus cuentos más conocidos. Cuentos perversos que no se olvidan fácilmente.

Así pues, para esta semana, este Reencuentro con el maestro Saki: Doce cuentos malévolos, publicado en Barcelona por Editorial Navona, 106 páginas de inteligente y fino humor, para leer rápido y pensar despacio.

 [Si te perdiste La buena letra y La Butaca y quieres oírlas, solo tienes que pinchar aquí. Podrás, además, averiguar qué libro devoró esta semana Fortunata, nuestra cabra galdosiana]





Zweig y Márai

26 02 2013

Uno nunca sabe cómo se establecen determinadas asociaciones, pero a mí se me hace imposible pensar en Stefan Zweig sin recordar inmediatamente a Sándor Márai y viceversa.

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Quizá se trate de hechos arbitrarios hasta la frivolidad: que yo los descubriera casi al mismo tiempo, que me viese obligado a hacerme con una pronunciación aceptable de sus apellidos o que ambos se llevasen ocho años de diferencia y naciesen cada uno en una ciudad de un mismo imperio. Otras circunstancias biográficas los acercan: ambos conocieron el reconocimiento y la caída, la fama y el olvido, y, tras el exilio, ambos murieron por propia mano lejos de los lugares que amaron.

http://www.stefanzweig.org/asp0f.htm

Pero hay otras cosas, acaso menos casuales, que les unen: la fecundidad de sus producciones, el interés por la Historia, el enfrentamiento solitario a la intolerancia (Márai dice en sus Diarios que en literatura no exite la democracia: solo hay solistas), la lucidez, una habilidad envidiable para sumergirnos con sencillez aparente en argumentos falsamente claros, su inteligencia a la hora de retratar a clases destinadas a desaparecer entre las fauces del tiempo.

El honesto burgués que fue Márai, el progresista combativo que fue Zweig se unen, al fin, en mi mente, muy probablemente por sus argumentos y sus estilos, sus triángulos amorosos, sus historias de criadas y vendedores de libros, de frágiles donjuanes e inocentes amantes anónimas. Sus respectivos discursos sobre la bondad y la crueldad, sus tableros de ajedrez y sus partidas de caza, sus muñecas rusas y su sobriedad son un país literario al que regreso a ratos, cuando me canso del vértigo y los alardes. Porque todo cansa y, de vez en vez, conviene volver a esos territorios íntimos del individuo, que ambos plasman en sus novelas –largas o cortas, pero preferiblemente en las cortas–, y comprobar a qué huele –a qué continúa oliendo– la literatura, eso que solo puede hacerse con palabras; eso que, más que emocionar, conmociona.

Eso es lo que halla quien se sumerge en Márai o en Zweig. En Zweig o en Márai. En la biografía de Fouché o en Divorcio en Buda. En La amante de Bolzano o en Novela de ajedrez. En Carta de una desconocida o en El último encuentro. Da igual por dónde se empiece, porque hay aún otra cosa más que hermana al austriaco y al húngaro: ambos son inagotable. Ninguno de ellos se acaba nunca.





El ruido y la furia. Imprescindible Faulkner

16 02 2013

William Faulkner (1897-1962) es un autor tan grande que hasta la Guardia Civil siente veneración por él. Recuerda Amanece que no es poco, donde el escritor argentino oficial plagiaba Luz de agosto y era severamente reprendido por el cabo de la Benemérita, encarnado por el gran Saza.

Luz de agosto es estupenda, pero, si hay que hablar de Faulkner, yo (con permiso también de Santuario, de ¡Absalón, Absalón! o de Mientras agonizo), preferiría referirme a su primera obra maestra, su cuarta novela, publicada inicialmente en 1929: El ruido y la furia.

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El ruido y la furia, de William Faulkner, Madrid, Alianza, 255 páginas.

Y si elijo hablar de ella no es solo porque me parezca una novela obsesionante, sino porque el propio Faulkner llegó a decir que era, entre las suyas, la obra que le inspiraba más ternura, la primera que había escrito en serio, para librarse de una pesadilla y cuya ejecución había acometido en cinco ocasiones distintas sin quedar jamás realmente contento con el resultado hasta quince años más tarde.

A grandes rasgos, El ruido y la furia cuenta la decadencia y disolución de una familia de Mississippi, los Compson. Se trata de la típica familia blanca de rancio abolengo, que se ha ido empobreciendo paulatinamente. Asistimos a sucesos cruciales para la penúltima generación, formada por una chica, Caddy, y tres hermanos varones: Benji, discapacitado psíquico profundo sin capacidad para el lenguaje; Quentin, sensible y culto; y Jason, egoísta, mezquino y amargado.

La novela transcurre principalmente en un fin de semana de 1928 y en un día de 1910, pero en realidad, a través de los recuerdos de los personajes, y gracias a un apéndice final añadido posteriormente a su primera publicación, abarca casi un siglo de historia de la familia y, con ella, de historia de la humanidad, pues, en el fondo, la de los Compson es la historia de los nietos de quienes usurpan el poder e inventan una larga estirpe para justificar el expolio; de ese orgullo de estirpe que es lo único que les queda cuando pierden su botín empujados por la Historia.

Pero lo más importante es el grandioso trabajo de experimentación que hay en El Ruido y la furia, porque la novela está dividida en cinco partes: la última, contada en una tercera persona focalizada en Dilsey, la criada negra de la familia; las otras tres narradas en primera persona, en forma de monólogo interior, por parte de cada uno de los tres hermanos varones: Jason, el tacaño; Quentin, atormentado por la incestuosa pasión que siente hacia su hermana Caddy, y (esto es lo que más llamó la atención en su momento) Jason, el idiota (o el loco). Esta es la sección que abre la novela, la de Benji, cuyos recuerdos irrumpen en su realidad inmediata en forma de monólogo interior para contarnos la infancia de los protagonistas. Faulkner quería hacer el relato por boca de alguien que sabe lo que ocurre, pero no sabe por qué. De ahí la referencia a los célebres versos de Macbeth, en los que se dice que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada.

Y, de alguna manera, la vida de todos estos personajes gira en torno a los dos femeninos: Caddy, que deshonrará a la familia teniendo una hija ilegítima y será expulsada para siempre, y esa hija, a quien bautizarán con el nombre de su tío Quentin, y que se convertirá también en una adolescente indomable.

En El ruido y la furia hay de todo: estafas, suicidios, castraciones, huidas, intrigas, incesto y traición. Hay fracaso, pasiones imposibles, frustración, hipocresía y miseria. Y hay, sobre todo, literatura con mayúsculas, de esa que a veces no entra a la primera, pero que, si le damos una oportunidad, nos conmocionará y nos acompañará luego toda la vida.

William Faulkner

No por casualidad se dice que Faulkner es uno de los más grandes escritores de la narrativa universal. García Márquez, Vargas Llosa, Juan Rulfo, o Juan Carlos Onetti reconocían su directa influencia.  Y es, digamos, el novelista al que la mitad de los novelistas quiere parecerse cuando sean mayores. La otra mitad quiere parecerse a Hemingway. Es algo terrible, pero inevitable: siempre hay un momento en que te ves obligado a elegir entre los Beatles y los Rollings.

De estos dos maestros, Faulkner es el que maneja una prosa de frase larga y palabra exacta, cercana a la oralidad, que juega constantemente con el tiempo y con los puntos de vista. En cuanto a su temática, es un autor cruel y conmovedor, de esos que hablan de lo local con el ojo siempre puesto en lo universal. Entre sus temas están la infamia, la deshonestidad, la castración, la violación, la misoginia, el racismo y la injusticia. Fue pionero en la creación de un territorio geográfico de ficción propio (en su caso fue el condado de Yoknapatawpha) que luego daría lugar a Macondo, a Santa María y el resto de ciudades ficticias que pueblan la literatura del siglo XX.

En El ruido y la furia demuestra cómo todo un universo puede surgir a partir de los pantalones embarrados de una niña, cómo un reloj, una pelota de golf o una corbata pueden obsesionarnos durante páginas y más páginas igual que la espada de Beowulf o la Lámpara de Aladino.

Faulkner fue muchas cosas en su vida: pintor de brocha gorda, periodista o cartero, aunque opinaba que el oficio ideal para un novelista era el de encargado de un prostíbulo. Además de narrativa (firmó unas veinte novelas y creo que más de medio centenar de cuentos), escribió cine por motivos alimenticios, pero lo escribió bien: Tener y no tener, El sueño eterno, Gunga Din o Tierra de faraones llevaron su firma. Se jactaba de su juvenil holgazanería y juzgaba absurdo trabajar para enriquecerse más allá de lo estrictamente necesario para vivir. Bebía whisky (sin exigir demasiada calidad) y obtuvo dos veces el Premio Pulitzer, además del Premio Nobel, pero quizá nada de eso importe, pues él opinaba que un escritor debe preocuparse única y exclusivamente de escribir.

Habrá quien te diga que Faulkner es una autor difícil. Por supuesto, lo es. Pero no habrá quien te diga, sin mentirte, que no vale la pena leerlo. Y una buena forma de comenzar a hacerlo es esta novela a la que parecía querer especialmente: El ruido y la furia, publicada en Madrid por Alianza, 255 páginas de literatura imprescindible.

[Si quieres escuchar La Buena Letra y averiguar qué truño decidió devorar Fortunata, solo has de hacer clic aquí].





Los cuentos de Cortázar

10 02 2013

Hace muy pocos días, con los talleristas del Museo Poeta Domingo Rivero, tocaba hablar sobre comienzos y finales, sobre objetos mágicos y líneas de fuerza del relato. Acabé, como casi siempre, escogiendo un cuento de Julio Cortázar para ilustrar el asunto. En esta ocasión el cuento escogido fue “Grafitti”. En otras, para similares propósitos, me he servido de “Continuidad de los parques”, “Axolotl”, “Casa tomada” o “No se culpe a nadie”. En cualquier caso cuando se trata de escoger a un autor que en muy pocas páginas muestre lo que merece ser mostrado de la narrativa, Cortázar es siempre una apuesta segura.

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Esta vez (como las otras), la elección del cuento a analizar me llevó varios días de relecturas, de reencuentro con mis viejos cuatro volúmenes de Los relatos editados en 1976 (mis ejemplares son de 1988) por Alianza Editorial, ordenados por el propio autor según criterios personales bajo los epígrafes Ritos, Juegos, Pasajes y Ahí y ahora. Estos cuatro libros me acompañan desde hace un par de décadas; sus páginas (dobladas, subrayadas, anotadas) amarillean tanto que el papel es, a ratos, ya marrón. Cayeron en mis manos en aquella época en que yo alimentaba el lejano sueño de convertirme en escritor y fueron devorados por primera vez durante un verano en Agaete, poblado de hombres que vomitaban conejitos blancos, siniestras señoritas que elaboraban bombones trufados de insectos, extraños que convivían en un atasco, fotógrafos que sorprendían a la infamia con las manos en la masa y ancianitas que esclavizaban a sus familias fingiendo que se dejaban engañar. Un verano en el que pude constatar aquello que decía Borges: un cuento de Cortázar consta de unas determinadas palabras en un determinado orden y si alguien intenta resumir su argumento siente que algo preciso se ha perdido en el camino.

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Aquellos cuentos eran la inevitable constatación de la magia oculta en ese infierno que cada día habitamos, el acercamiento a lo inasible, el dulce vértigo ante el abismo entre Eros y Tanatos. Lo eran entonces y continúan siéndolo. Y podemos analizarlos, podemos destriparlos y constatar cuál es el truco que usa aquí, el recurso que utiliza allá, el guiño a la cultura clásica que es tal cuento o el gesto de rebelión que supone aquel otro. Y, sin embargo, todo esto no importa cuando uno se sumerge en cualquiera de los cuentos de Cortázar como lo haría en un río y se deja llevar por el constante flujo de su prosa, que no ha comenzado en ningún lado y que no cesa jamás hasta ese punto final que impone indefectiblemente la relectura.

Hay muchos Cortázar y cada lector tendrá el suyo. Son memorables el Cortázar poeta y el Cortázar traductor, el novelista y el anti-novelista, el Cortázar políticamente comprometido y el Cortázar elaborador de almanaques y collages, el constructor de artefactos patafísicos y el vindicador de la otra ló(gi)ca desde su humor entre lo macabro y lo falsamente naïf. Yo no creo (como creyeron algunos críticos) que alguno de ellos valga menos que los otros. Pero si hay alguno imprescindible es el de los cuentos, ese que nos gana por KO, que utiliza sus comienzos abruptos para introducirnos de golpe en la ficción y llevarnos de la mano a sus finales perfectos, a esos desenlaces que son siempre un comienzo; sencillamente porque ese Cortázar, el Cortázar cuentista, el boxeador de la distancia corta, engloba (y hasta justifica) a todos los otros Cortázar.

Así que sí: hay otros Cortázar, pero están en este.





El caso N’Gustro, Manchette más vivo que nunca

23 01 2013

RBA ha recuperado para su Serie Negra El caso N’Gustro, de Jean-Patrick Manchette. A cuentagotas, pero parece que se están reeditando por fin las obras de este francotirador, pionero del neo-pólar, esa nueva novela negra francesa que en los años setenta se inclinaba implícitamente hacia el compromiso político, y muy olvidado durante años en las librerías de segunda mano.

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El caso N’Gustro, de Jean-Patrick Manchette, Barcelona, RBA, 187 páginas.

El caso N’Gustro apareció en la mítica Série Noire, de ediciones Gallimard en 1971, y, sin embargo, leyéndola en estos días en que llegan tantas noticias relacionadas con luchas en África y con nacionalismos y neocolonialismos sigue, por desgracia, muy vigente.

Un ejemplo de actualidad podría ser el siguiente pasaje:

Hubo un momento en el que me creí que podía existir algo así como una idea de nación que fuese tan real como un objeto, pero me equivoqué. No me había fijado bien en ese pequeño y apestoso hormiguero que es la Tierra. Hay fronteras, ciertamente, pero solo sirven para que ganen dinero los dirigentes, pues estos siempre se enfrentan entre ellos en broma y oponen el interior al exterior, y el exterior es el Mal; así pues, inducen a todos los del interior a unirse contra el Mal a sus órdenes. Y así es como conservan el poder, los muy mamones.

Quien así opina es el protagonista, Henri Butron, que muere en las primeras páginas: la novela está contada a través de una cinta que ha grabado justo antes de que dos individuos irrumpan en su despacho y lo finiquiten a tiro limpio, mientras el mariscal George Clemenceau Oufiri, siniestro militar de la africana República de Zinzabul (país inventado) que es quien ha ordenado el asesinato de Butron, la escucha antes de volverse a su país.

Butron no es ningún héroe. Más bien es un sociópata descontrolado, más temerario que valiente y mucho menos inteligente y atractivo de lo que él cree que es. A través de su relato (que comienza en su juventud y acaba con su intervención en el caso N’Gustro) asistimos a los convulsos años cincuenta y sesenta en Francia, esa época marcada por la Guerra de Argel y el proceso de descolonización, por las luchas entre extremismos de todo corte y color, y por un malestar en la cultura que culminaría en mayo del 68. Butron se mueve en ese ambiente como pez en el agua, trabajando como sicario para la extrema derecha, escritor para la extrema izquierda, pornógrafo para millonarios americanos y traficante de armas para guerrillas centroafricanas. Y es así como acaba siendo utilizado como señuelo para atraer a N’Gustro, un notable líder socialista panafricano, hasta las garras de sus enemigos políticos, con la colaboración de la policía francesa y la connivencia de los servicios secretos norteamericanos.

Y, claro, aunque se trata de una obra de ficción, el caso de N’Gustro se parece llamativamente al caso Ben Barka, el líder socialista panafricano marroquí de la época de los años de plomo, secuestrado en 1965 exactamente mediante el mismo procedimiento descrito en la novela.

En fin, con ese estilo suyo tan rápido y plástico, tan lleno de humor negro, haciendo buena literatura con un lenguaje cercano a lo coloquial, en el cual se cuela constantemente la referencia culta, Manchette nos cuenta esta historia de violencia, conspiraciones y preguntas acerca de cómo deberían ser las cosas y cómo son realmente.

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Manchette nació en 1942 y murió en 1995. Conoce bien el mundo del que habla, porque él mismo militó en un grupo armado de oposición a la Guerra de Argel, aunque luego comenzó a trabajar como guionista de cine y, finalmente, se lanzó a la novela, que es donde realmente destaca. Como dije, hace tres años ya celebramos que RBA rescatara Nada y yo, personalmente, me quedo esperando a que pase lo mismo con Fatal, que, en mi opinión, es la mejor de sus novelas.

Pero, mientras ocurre todo eso, si deseas comenzar por el principio (esta fue su primera obra en solitario) leyendo una buena novela negra, aquí tiene, por fin en España, El caso N’Gustro, de Jean-Patrick Manchette, editada en Barcelona por RBA, 187 páginas de neo-pólar en estado puro.

[Si quieres escuchar el podcast de La Buena Letra, con el debut de nuestra nueva colaboradora, y, de paso, de La Butaca, solo tienes que hacer clic aquí].








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