Hombre-silla

11 11 2006

   

Había oído hablar de ellos en alguna ocasión y siempre había tomado su existencia como una broma. Creo haberle contado antes que yo era un joven bastante escéptico. Pero tuve que cambiar de opinión cuando me encontré con uno. Yo hacía gestiones, como cualquier otro ciudadano (un ciudadano común y corriente, cuyo principal derecho y deber es hacer gestiones, colas y reclamaciones)  cuando, de pronto, paré los ojos en él. Era distinto a todos. Estaba allí, apartado en un rincón de la oficina municipal. Le habían puesto ante una mesa con un fajo de papeles que sellaba con diligencia y celeridad. Seguro que el corazón le latía exactamente al mismo ritmo con que su mano golpeaba el sello contra los formularios y el tampón, los formularios y el tampón, los formularios y el tampón. A mí, como le digo, ya me habían hablado con anterioridad de los hombres-silla. De lo contrario, no hubiese podido identificarle. Quizá, incluso, ni me hubiera fijado en él, ni percatado de su rara condición. Pero, pese a no creer en su existencia con anterioridad,  estaba bien informado sobre ellos, y sabía que se trataba de seres taciturnos, que nunca hablan y rara vez silban o canturrean. Pueden habitar cualquier oficina institucional, pero siempre ocupan puestos que les privan del trato con el público y el rasgo que infaliblemente les distingue del resto de los funcionarios es que, al contrario de sus colegas, los hombres-silla sí funcionan. Además (y esto es lo más interesante, lo que ha hecho de ellos una rara especie observada por los ojos furtivos de quienes buscamos la verdad), los hombres-silla sueñan, y si uno presta la atención suficiente, puede ver el sueño del hombre-silla. Por eso, nada más reconocerle, concentré mi atención sobre aquél, con el mayor disimulo posible,  aprovechando mi, hasta entonces, poco privilegiado puesto en la cola. Deseaba comprobar que quienes me habían hablado del asunto mentían o se equivocaban, pese a saber que un solo contraejemplo no serviría para falsar aquella creencia. Al comenzar mi observación, había sólo el hombre-silla con la vista fija en la mesa, y el acompasado sonido del sello en los formularios y el tampón, los formularios y el tampón. Pero, luego, comencé a apreciar una especie de borrón gaseoso, flotando en el aire, justo a unos centímetros sobre él. Progresivamente, fui distinguiendo una nubecilla verde y otra azul, que, como fuegos fatuos, se mezclaban y descomponían y que, tras separarse un poco, volvían a mezclarse nuevamente. Poco a poco, aquel ectoplasma verdiazul fue conformando, en unos minutos, el escenario y sus protagonistas. Era una playa soleada, con un mar limpísimo y en calma: una playa caribeña, con seguridad. Tumbado en una hamaca, junto a una hermosa mujer rubia, de piel color de almendra y ojos rasgados, el hombre-silla bebía algún combinado exótico, servido en cáscara de coco. De vez en cuando, la mujer se volvía hacia él y le lanzaba una caricia lánguida. Era, claro, un sueño lujoso, pero, al fin, un sueño de paz, sin demasiadas pretensiones. No era un sueño de gloria o poder, ni le representaba dominando a sus semejantes, o amo, por ejemplo, de un harén. En el fondo, aquel hombre-silla soñaba sólo con un poco de tranquilidad en un lugar agradable, junto a una mujer cariñosa. Quien esté libre de pecado… Pero nada dura eternamente. En el sueño, la mujer se incorporó y miró precisamente hacia donde yo me encontraba. En ese mismo instante, el espectro del sueño se desintegró de pronto. Cesó también repentinamente el sonido del sello golpeando los formularios y el tampón, los formularios. Ahora, el hombre silla se había vuelto hacia mí, y me miraba fijamente. Dos lucecillas tristes brillaban en sus ojos cansados, como si se quejase de no poder, ni siquiera, consolarse con sus sueños, que eran lo único realmente suyo, lo único que de verdad poseía en la vida. Avergonzado, desvié la mirada.

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22 12 2006
c.h.

Imagino a este hombre pensando, al compás de cada hola en su tibio y pseudo-caribeño sueño de exigua paz, en el tampón y formulario, tampón y formulario. Pero, su ritmo no deja de ser el mismo de quien se repite, incesante, en cada cola, tal vez, buscando en los otros el sueño en el que reflejarse. Repetición y ritmo constantes. El sueño repetido y constante. Estancado, ajeno, comprado. El miedo a ver en los ojos de otros que otros sueños, otros ritmos existen como posibilidad. Sólo el reflejo en los ojos ajenos, la cómplice mirada de quien es capaz de ver algo más allá del mecánico gesto burocrático, nos hace caer en cuenta, al menos, de nuestra capacidad de soñar. Mejor no apartar la mirada.

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