Cerebro de mosquito

15 11 2006

Había un hombre que tenía cerebro de mosquito. De ordinario, algo superior a él le impulsaba a vagar alrededor de la gente que se hallaba a su paso, produciendo un zumbido leve pero constante y muy molesto. De vez en cuando, la tomaba con alguna persona, generalmente niños o mujeres jóvenes, de piel delicada y aspecto sonrosado. En cuanto tenía oportunidad, aplicaba su boca a las piernas o la espalda o el cuello o las nalgas de su víctima y se esmeraba en la inicua e indecorosa tarea de succionarle la sangre, actividad en la que había llegado a convertirse en todo un experto. De nada servían los manotazos y aspavientos de sus víctimas, que, en poco rato, quedaban congestionadas y doloridas, con un cuarto de litro menos de sangre y algunas ronchas de más. El hombre que tenía cerebro de mosquito tuvo una vida intensa, pero breve. Acabó con él la sangre de una de sus víctimas, una joven cuyo aspecto sano ocultaba un virus maligno adquirido mediante transmisión sexual. Consecuencias de no adoptar las debidas precauciones.


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