Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (1)

21 11 2006

Bartleby, el escribiente apareció por primera vez en la revista Putnam’s Monthly Magazine en 1853, bajo el título Bartleby, the Scrivener: A Story of Wall Street, que sería reducido a, simplemente, Bartleby al incluir el relato en The Piazza Tales.  La anécdota, como en los mejores cuentos, es simple y, a la vez, completamente imposible de aprehender en un breve párrafo. De intentar hacerlo, de contar, por ejemplo, que trata de un escribiente de pasado misterioso que se niega a toda actividad, o del enfrentamiento simbólico del espíritu capitalista con una figura alegórica de las filosofías de la consolación individual (la tradición crítica habla de estoicismo; yo, por mi parte, me inclinaría hacia la perplejidad, aunque, en sus enfrentamientos con la autoridad, Bartleby parece a veces más cercano al cinismo), sentiríamos que algo precioso se ha perdido.Tal vez sea mejor negarse a análisis exhaustivo alguno. Limitarse, por el contrario, a plegarse al deseo del autor: el de someter a nuevas relecturas este texto hermoso y triste, descubriendo cada vez nuevos matices e interpretaciones, a medida que Bartleby se incorpora a la oficina del abogado-narrador, para convertirse, poco a poco, en una puerta al enigma. Porque Bartleby es, sobre todo, enigma. No se sabe realmente quién es, de dónde viene, qué pretende. También se desconocen los motivos de su negativa a revisar en voz alta las copias que ha realizado, o de las posteriores a continuar copiando (por otro lado, previamente ha trabajado continuada y eficazmente). Pero no acaban ahí las preguntas: ¿Por qué Bartleby vive en la oficina, alimentándose de galletas de jengibre? O, más exactamente, ¿por qué ha tomado posesión de ese territorio fantasmagórico que es la oficina de un abogado comercial en ese gran buque fantasma que es Wall Street por la noche y en los días de fiesta? ¿Por qué rehúsa, más tarde, cuando se le expulsa del local, abandonar el edificio? Y, finalmente, ¿por qué se niega obstinadamente a aceptar la ayuda que el abogado le ofrece reiteradamente?Esta última pregunta sí posee, sin embargo, una respuesta, insinuada por el propio abogado, cuando dice: “Podía darle limosna para su cuerpo, pero el cuerpo no le dolía; era su alma la que sufría y yo no podía alcanzarla.”[1]


[1] MELVILLE, H.: Bartleby, el escribiente · Benito Cereno · Billy Budd, (Edición de Julia Lavid) Cátedra, Madrid, 1998, p. 96.

Anuncios

Acciones

Information

One response

15 02 2014
Ceremonias

[…] No serás más feliz. Seguramente, te ocurrirá todo lo contrario. Pero, al menos, sabrás, como Bartleby, el de Melville, dónde […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: