Reunión de familia

12 11 2006

 

Buscando heredero, el rey concibió 33 niñas, unas con la reina, otras con diversas concubinas.

Al fin fue la reina quien, en su octavo parto, dio a luz un varón, destinado a asegurar el futuro de la patria en manos de su dinastía.

Cuando el rey murió, sus hijas se habían ya casado con diferentes grandes hombres del reino, quienes pronto entraron en pugna entre sí y con el príncipe heredero, con el fin de defender sus supuestos derechos de sucesión.

El día en que comenzó la guerra,  brutal y fraticida, las 33 hermanas cruzaron rápidas misivas y se reunieron en el antiguo palacio de invierno del Rey para trazar una adecuada estrategia.

A la noche siguiente, los 33 herederos consortes fueron envenenados en sus domicilios.

El príncipe llamó, emocionado, a sus hermanas para agradecerles el sacrificio conyugal en pro del futuro de la patria.

Las 33 princesas acudieron a palacio y rodearon a su hermano, cuando les ofreció su anillo para que ellas le rindieran la debida pleitesía.

Las princesas supieron entonces que no se habían equivocado en sus previsiones y habían obrado con sabiduría al trazar su plan, así que sacaron sus puñales, sacrificaron al heredero y proclamaron la República.

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Teoría y praxis del matrimonio

12 11 2006

Ante la posibilidad de que su matrimonio entre en crisis, procura informarse adecuadamente.

Lee en un libro sobre vida conyugal que las frecuentes demostraciones de afecto cohesionan la vida en común y, consecuentemente, procura comportarse de manera más afectuosa con su pareja. Debido al agobio resultante, su matrimonio entra en crisis.

Entonces lee otro libro sobre el mismo tema e infiere del mismo que un cierto distanciamiento confiado es lo más conveniente en esas ocasiones. Por tanto, se muda durante un tiempo a su casa de fin de semana y procura ver a su pareja lo menos posible, hacerle un hueco, cederle su espacio.

Poco después, su pareja comienza a sentirse sola y lejana y no tarda en serle infiel.

En otro libro, que consulta con creciente alarma, lee que la simetría es la única base posible sobre la cual edificar una sólida relación. Así que se apresura, a su vez, a cometer adulterio.

Por último, lee que una relación demasiado deteriorada tiene difícil solución y sabe, esta vez con seguridad, que lo que dice el libro es exactamente lo acertado. Por consiguiente, pide el divorcio y se compra un perro, llevando a partir de ese instante una existencia de soltería con el intermitente placer de algunas aventuras ocasionales,  en la cual se siente relativamente feliz, sobre todo desde que su pareja solicitó quedarse con la biblioteca.





Manuscrito hallado en un elevador

12 11 2006

Amo los ascensores porque son un país de lo indefinido en medio de la previsible jornada. Porque suponen la indescifrable posibilidad de encontrarte con tu peor amigo, con tu mejor enemigo, con el amor de tu vida, con el hombre destinado a ser tu verdugo. Amo las miradas perdidas de ascensor, los ojos que se clavan en algún punto al azar en el suelo o en el techo, porque en realidad no son miradas perdidas, sino el reencuentro con la propia mirada. Amo las conversaciones de ascensor, en las que lo nimio se vuelve importante hasta rozar lo crucial, para sumirse luego en la niebla del olvido nada más abrirse la puerta e ingresar nuevamente en lo que creemos la realidad. Y amo también los silencios, los encantadores silencios de ascensor, adobados por el zumbido de la maquinaria. Es en esos momentos cuando más profundamente siento la humanidad de los otros, cuando de forma más clara veo la indefectible condición de hombre, agazapada tras el pudor. Pero también amo los ascensores por lo que ellos tienen de emoción y peligro, por la sempiterna sospecha de caída o atoramiento, de muerte segura o sufrimiento vago, de atraco violento o repentino contacto sexual.Amo las precarias historias de amor que transcurren en los ascensores. También los fugaces antagonismos. Los efímeros odios. Las momentáneas simpatías.Amo, en fin, los ascensores y lo que sucede en ellos. Lo que me sucede en ellos. Amo los ascensores, porque todo ascensor es amenaza de ascenso a los cielos. Porque todo ascensor es promesa de caída al vacío.

(De Ceremonias de interior).





Imprescindibilidad de la poesía

12 11 2006

Inspirado por la grandiosidad del mar, el poeta compone, sentado en la arena, su poema más hermoso. Lo relee paladeando las palabras en voz queda y concluye que, en efecto, es su creación más bella, su obra más perfecta, el poema imprescindible.

Pero después observa a un niño que, en la orilla, juega a no dejarse coger por las olas, así que dobla en dos, luego en cuatro, luego en ocho la cuartilla en la que ha escrito su obra cumbre. En último lugar, rasga, lenta y cuidadosamente, el papel, deja que la brisa esparza sus pedazos por la arena y se levanta para ir a darse un baño.

Por el camino pisa, sin apenas reparar en ello, uno de los fragmentos en que se ha desintegrado su poema innecesario. 





Hombre-silla

11 11 2006

   

Había oído hablar de ellos en alguna ocasión y siempre había tomado su existencia como una broma. Creo haberle contado antes que yo era un joven bastante escéptico. Pero tuve que cambiar de opinión cuando me encontré con uno. Yo hacía gestiones, como cualquier otro ciudadano (un ciudadano común y corriente, cuyo principal derecho y deber es hacer gestiones, colas y reclamaciones)  cuando, de pronto, paré los ojos en él. Era distinto a todos. Estaba allí, apartado en un rincón de la oficina municipal. Le habían puesto ante una mesa con un fajo de papeles que sellaba con diligencia y celeridad. Seguro que el corazón le latía exactamente al mismo ritmo con que su mano golpeaba el sello contra los formularios y el tampón, los formularios y el tampón, los formularios y el tampón. A mí, como le digo, ya me habían hablado con anterioridad de los hombres-silla. De lo contrario, no hubiese podido identificarle. Quizá, incluso, ni me hubiera fijado en él, ni percatado de su rara condición. Pero, pese a no creer en su existencia con anterioridad,  estaba bien informado sobre ellos, y sabía que se trataba de seres taciturnos, que nunca hablan y rara vez silban o canturrean. Pueden habitar cualquier oficina institucional, pero siempre ocupan puestos que les privan del trato con el público y el rasgo que infaliblemente les distingue del resto de los funcionarios es que, al contrario de sus colegas, los hombres-silla sí funcionan. Además (y esto es lo más interesante, lo que ha hecho de ellos una rara especie observada por los ojos furtivos de quienes buscamos la verdad), los hombres-silla sueñan, y si uno presta la atención suficiente, puede ver el sueño del hombre-silla. Por eso, nada más reconocerle, concentré mi atención sobre aquél, con el mayor disimulo posible,  aprovechando mi, hasta entonces, poco privilegiado puesto en la cola. Deseaba comprobar que quienes me habían hablado del asunto mentían o se equivocaban, pese a saber que un solo contraejemplo no serviría para falsar aquella creencia. Al comenzar mi observación, había sólo el hombre-silla con la vista fija en la mesa, y el acompasado sonido del sello en los formularios y el tampón, los formularios y el tampón. Pero, luego, comencé a apreciar una especie de borrón gaseoso, flotando en el aire, justo a unos centímetros sobre él. Progresivamente, fui distinguiendo una nubecilla verde y otra azul, que, como fuegos fatuos, se mezclaban y descomponían y que, tras separarse un poco, volvían a mezclarse nuevamente. Poco a poco, aquel ectoplasma verdiazul fue conformando, en unos minutos, el escenario y sus protagonistas. Era una playa soleada, con un mar limpísimo y en calma: una playa caribeña, con seguridad. Tumbado en una hamaca, junto a una hermosa mujer rubia, de piel color de almendra y ojos rasgados, el hombre-silla bebía algún combinado exótico, servido en cáscara de coco. De vez en cuando, la mujer se volvía hacia él y le lanzaba una caricia lánguida. Era, claro, un sueño lujoso, pero, al fin, un sueño de paz, sin demasiadas pretensiones. No era un sueño de gloria o poder, ni le representaba dominando a sus semejantes, o amo, por ejemplo, de un harén. En el fondo, aquel hombre-silla soñaba sólo con un poco de tranquilidad en un lugar agradable, junto a una mujer cariñosa. Quien esté libre de pecado… Pero nada dura eternamente. En el sueño, la mujer se incorporó y miró precisamente hacia donde yo me encontraba. En ese mismo instante, el espectro del sueño se desintegró de pronto. Cesó también repentinamente el sonido del sello golpeando los formularios y el tampón, los formularios. Ahora, el hombre silla se había vuelto hacia mí, y me miraba fijamente. Dos lucecillas tristes brillaban en sus ojos cansados, como si se quejase de no poder, ni siquiera, consolarse con sus sueños, que eran lo único realmente suyo, lo único que de verdad poseía en la vida. Avergonzado, desvié la mirada.





El Cocinero

11 11 2006

Como de costumbre, y sin preocuparse de que él pudiera oírles desde la cocina (acostumbrados como estaban a la cerril indiferencia de aquel hombre melancólico y taciturno), los señores de la casa grande volvieron a burlarse de la bizquera del cocinero antes de dar la razón a sus invitados con respecto a la excelencia de sus dotes culinarias, sólo matizada por el regusto dulzón que el señor párroco había detectado en una de las salsas.

A los postres, llegó el propietario de la droguería y preguntó a los señores si el tratamiento había dado resultado. Ante la mirada de extrañeza que obtuvo por respuesta, el invitado explicó que el cocinero había visitado su establecimiento por la mañana, solicitando de su parte grandes dosis de matarratas. 

La señora de la casa repuso que no tenía conocimiento de ello y que, de hecho, hacía años que ninguna rata asomaba el hocico por la casa grande.

Todos miraron con incomodidad hacia la puerta de la cocina, un segundo antes de que doña Gertrudis dijera que se encontraba mal.

(De Ceremonias de interior)





Re-cuentos

11 11 2006

Wittgenstein y Spinoza

Un comentarista (uno de los tantos comentaristas) de Wittgenstein comparaba el Tractatus con la Ética de Spinoza, diciendo, más o menos, que había algo de belleza en la frialdad con que ambos libros habían sido escritos, en la forma en que se resistían a la lectura al haber sido redactados en forma de árida argumentación.  Al leer ese comentario, comencé de nuevo a interesarme en Spinoza, a quien había intentado leer desinformadamente a los catorce años y al cual había abandonado en unos treinta minutos. Cuando, con temor, tuve que leerlo en una asignatura de tercero de carrera, descubrí que la Ética es, efectivamente, un hermoso libro, igual que el Tractatus. Y que es precisamente el método con el que fue escrito el que le confiere su belleza. Se decía sobre el Tractatus (lo decía, creo, Anthony Kenny), que uno tenía que imaginarse a Wittgenstein en las trincheras con su manuscrito en la mochila. Y sí, uno se imagina a Wittgenstein construyendo toda una ontología para ese sistema, el cual pretenderá luego destruir toda ontología posible, en medio del fragor de la Primera Guerra. Asimismo, es difícil no imaginar a Spinoza en La Haya, ajeno a la vida pública, repudiado por la Sinagoga, un hombre sin país ni religión ni idioma propios, con tantos orígenes e idiosincrasias distintas, extrayendo, con ayuda de la razón, las últimas consecuencias de la gran afirmación común a las tres escolásticas de los siglos anteriores: la de que Dios es infinito. Spinoza no era un hombre de acción, pero él también andaba metido en su propia e íntima batalla. Pero hay algo más que une a Wittgenstein y a Spinoza: si bien ambos acaban dando, irremisiblemente, en el misticismo, es la lógica, esto es, el puro razonamiento, lo que les lleva a ese misticismo. Ambos parten de la tarea de intentar despojar a la filosofía de todo aquello que no sea conocimiento cierto. Y ambos acaban tocando en la metafísica y en ese algo-más-allá de la filosofía para poder entender la realidad.Da igual que uno crea o no en Dios. Da igual que uno esté o no, de acuerdo con Wittgenstein o con Spinoza. Lo cierto es que lo que se siente ante estos libros, que parecen tan fríos, tan austeros, tan desapasionados, es en realidad lo contrario: lo ardiente, lo rico, lo apasionado, el fragoroso vibrar interior de dos hombres que quieren poner de acuerdo sus convicciones con la realidad; que intentan, en un esfuerzo que les lleva hasta los confines de la racionalidad, hallar una forma para el mundo, aunque su honestidad les cueste al fin llegar al callejón sin salida, al lugar donde al hombre no le queda ni un pedacito de esperanza al que aferrarse.








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