Restitución

31 12 2006

Deambulando por la ciudad para olvidar el desamor, un paseante cruza el parque donde los niños juegan a petanca. Uno de los niños le mira a los ojos y el paseante retiene esa mirada y se la lleva consigo cuando se adentra en el Distrito Comercial. Allí la mirada se convierte en una mirada de lascivia y se aleja adosada a las caderas de una joven de opulentos andares. Mientras la joven camina, la mirada trepa por su cintura y sus costados, se desliza por la superficie tersa de sus senos, dibuja la figura rotunda de un pezón y continúa cuello de cisne arriba; recorre el escorzo del mentón y la breve barbilla, reinventa unos labios carnosos y unos pómulos perfectos y acaba alojándose en las almendras simétricas de unos ojos azules, donde finalmente yace, latente, hasta que, algo más tarde, se convierte en una mirada de amor y se lanza al rostro de un joven de suave bigote oscuro. Ese joven le devuelve a ella la mirada de amor, transformada ahora en mirada de deseo. Así, la mirada pasa, saltando entre ellos, a través de los meses. Y un día se convierte en una mirada de ternura y se aloja en los ojos de un bebé. Mientras este bebé crece, la mirada mengua y se llena de cosas y gentes y objetos y avenidas y letra impresa y arquitecturas y obras de arte y paisajes bucólicos y lentos atardeceres, y, una tarde, veinte inviernos después, acaricia el desnudo cuerpo de una mujer, que la devuelve a su remitente convertida en lujuria. Esa misma mirada de lujuria va enfriándose a lo largo de años de contacto íntimo, poco a poco, pero inevitablemente: pasa de lujuria a amor; de amor a cariño; de cariño a costumbre; de costumbre a franca indiferencia. Un buen día, el que hace tanto tiempo fuera un bebé, es un paseante de mediana edad, que deambula por la ciudad para olvidar el tiempo perdido del desamor. Ese paseante cruza un parque donde unos ancianos juegan a la petanca. Sus ojos se cruzan con los de uno de los ancianos, que le observa largamente. Y el anciano siente cómo el paseante, antes de perderse entre el gentío del Distrito Comercial, le ha devuelto su mirada.

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Monobibliofilia

4 12 2006

Poseo 937 ediciones de La metamorfosis, de Franz Kafka. Las he contado. Ediciones de lujo, de bolsillo, conmemorativas, comentadas, académicas, informales, con prólogos ilustres o apócrifos, en traducciones notables o torpes o forenses, a lenguas usuales como el español, el inglés o el francés o más exóticas en mi ámbito cultural, caso del chino cantonés, el yiddish o el copto.

He leído infinidad de estudios sobre esa narración, que me obsesiona desde la adolescencia; conozco multitud de interpretaciones críticas, de segundas, terceras lecturas; de ejercicios hermenéuticos, textos alusivos o exegéticos de las peripecias de Gregorio Samsa.

He pasado toda una vida buscando ejemplares de esa obra en cada librería de cada ciudad de cada país que pisé. Nunca pude resistir la tentación de adquirirlo una vez me saludaba de frente en los escaparates o de perfil en las estanterías.

Y, sin embargo, jamás lo leí. Muchas fueron las ocasiones en que intenté abrir alguno de esos tomos y sumergirme en su lectura. Pero siempre hubo un horror primordial, un pánico metafísico, quizá sólo una rara y personal suerte de superstición impidiéndomelo. Así que nunca abrí ninguno de esos libros, salvo para la inicial comprobación de su buen estado físico antes de pagar por ellos.

De igual manera que he pasado toda una vida obsesionado por hacerme con esos volúmenes, he estado todo ese mismo tiempo preguntándome por qué no me atrevía a leerlo.

Ahora, en la víspera de mi sexagésimo cumpleaños, me espera ahí, sobre la mesilla de noche, como la llave que abre las puertas del infierno, como una ventana que domina el abismo, una de mis 937 ediciones de La metamofosis, de Franz Kafka.

Antes de sentarme cómodamente en el lecho, con mis almohadas favoritas, de prender la lamparita y, tomando el libro entre mis manos, abrirlo para descubrir qué es lo que le sucedió a Gregorio Samsa al despertar una mañana tras un sueño intranquilo, he decidido escribir esto, porque no sé lo que ocurrirá, pero sí sé que supondrá mi encuentro con un destino ineludible, y que, al menos, estas últimas líneas se orientarán hacia mí.





Dédalo

4 12 2006

 Por supuesto que los dioses han dado a los hombres la posibilidad de las artes para que éstos puedan ser más felices. Por eso, porque confío en los dioses y confío en mis artes, cuando el Tirano nos confinó en esta perfecta obra mía, no desesperé. Sabía que hallaría la forma de salir de este encierro. Porque, si la obra era creación humana, por perfecta que fuera, otra creación igualmente humana lograría vencerla. Ahora, hijo, adaptaremos estos artefactos a nuestros cuerpos, y emularemos a las aves, convirtiéndonos, como ellas, en seres eminentemente libres. Siempre te lo dije: las artes traen el progreso. Y el progreso  hace a los hombres libres y felices. Toma ahora tus alas, hijo, y vuela, como un pájaro, junto a mí. Volvamos a casa.





Inés

3 12 2006

 

Cuando Don Juan acudió a su encuentro, se topó con una Doña Inés muy distinta de la que esperaba encontrar, pero jamás lo supo.

 Ella no estaba dispuesta a depender de él. Ni de él ni de nadie. El convento le había abierto la puerta al mundo del saber, alejando de ella toda inclinación a adoptar una actitud sumisa frente a aquel mundo de los hombres, plagado de honor, falsas promesas y delirios de poder. No pensaba plegarse a la esclavitud de los instintos. No sería objeto del deseo de aquel pobre inmaduro que pensaba con su miembro. Con su miembro o con su espada. Para el caso era lo mismo. Pero no sería fácil librarse de él. Tendría que hacer, una vez  más, la comedia de la mujer enamorada, debatiéndose entre la pasión y la virtud. Mas, en el fondo de su corazón había una hermosa morada que ella misma había ido construyendo, día a día, para alojar a su alma. Aquel hogar, edificado con esmero y sabiduría, decorado con mimo y fruición, era suyo y nadie, ni siquiera aquel producto de la cultura del hombre, aquel paradigma de inconsciente grosería y torpe frivolidad, que sabía mentir y besar tan bien, lograría entrar en él para mancillarlo con las viles botas de sus bajos instintos.   Sabía que sería fácil engañarle. Que, una vez más, y como siempre, ella ganaría la partida.





Cuento triste

3 12 2006

Aquel hombre coleccionaba palabras, y realmente había conseguido reunir la mayor colección del mundo, para orgullo de sus amigos y envidia de sus competidores.

Sin embargo, cuando la mujer de su vida decidió abandonarle, él no logró encontrar las palabras necesarias para impedir su marcha.








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