Monobibliofilia

4 12 2006

Poseo 937 ediciones de La metamorfosis, de Franz Kafka. Las he contado. Ediciones de lujo, de bolsillo, conmemorativas, comentadas, académicas, informales, con prólogos ilustres o apócrifos, en traducciones notables o torpes o forenses, a lenguas usuales como el español, el inglés o el francés o más exóticas en mi ámbito cultural, caso del chino cantonés, el yiddish o el copto.

He leído infinidad de estudios sobre esa narración, que me obsesiona desde la adolescencia; conozco multitud de interpretaciones críticas, de segundas, terceras lecturas; de ejercicios hermenéuticos, textos alusivos o exegéticos de las peripecias de Gregorio Samsa.

He pasado toda una vida buscando ejemplares de esa obra en cada librería de cada ciudad de cada país que pisé. Nunca pude resistir la tentación de adquirirlo una vez me saludaba de frente en los escaparates o de perfil en las estanterías.

Y, sin embargo, jamás lo leí. Muchas fueron las ocasiones en que intenté abrir alguno de esos tomos y sumergirme en su lectura. Pero siempre hubo un horror primordial, un pánico metafísico, quizá sólo una rara y personal suerte de superstición impidiéndomelo. Así que nunca abrí ninguno de esos libros, salvo para la inicial comprobación de su buen estado físico antes de pagar por ellos.

De igual manera que he pasado toda una vida obsesionado por hacerme con esos volúmenes, he estado todo ese mismo tiempo preguntándome por qué no me atrevía a leerlo.

Ahora, en la víspera de mi sexagésimo cumpleaños, me espera ahí, sobre la mesilla de noche, como la llave que abre las puertas del infierno, como una ventana que domina el abismo, una de mis 937 ediciones de La metamofosis, de Franz Kafka.

Antes de sentarme cómodamente en el lecho, con mis almohadas favoritas, de prender la lamparita y, tomando el libro entre mis manos, abrirlo para descubrir qué es lo que le sucedió a Gregorio Samsa al despertar una mañana tras un sueño intranquilo, he decidido escribir esto, porque no sé lo que ocurrirá, pero sí sé que supondrá mi encuentro con un destino ineludible, y que, al menos, estas últimas líneas se orientarán hacia mí.

Anuncios




Dédalo

4 12 2006

 Por supuesto que los dioses han dado a los hombres la posibilidad de las artes para que éstos puedan ser más felices. Por eso, porque confío en los dioses y confío en mis artes, cuando el Tirano nos confinó en esta perfecta obra mía, no desesperé. Sabía que hallaría la forma de salir de este encierro. Porque, si la obra era creación humana, por perfecta que fuera, otra creación igualmente humana lograría vencerla. Ahora, hijo, adaptaremos estos artefactos a nuestros cuerpos, y emularemos a las aves, convirtiéndonos, como ellas, en seres eminentemente libres. Siempre te lo dije: las artes traen el progreso. Y el progreso  hace a los hombres libres y felices. Toma ahora tus alas, hijo, y vuela, como un pájaro, junto a mí. Volvamos a casa.








A %d blogueros les gusta esto: