Depredadores

25 05 2007

Ahora una nebulosa donde todo se vuelve blando, como el salón visto desde el interior de una pecera; y nosotros cumpliendo cada uno con su rito: yo, envuelto en mi gabardina, en medio de una calle a oscuras, prendiendo un cigarrillo por confundir su humo con el de las fogatas de mi época de scout.
Y usted, también flotando, en la intimidad de su cuarto de baño, peinando con mimo sus cabellos, que caen sobre sus hombros desnudos. Pensaba en las alegrías que podía deparar un sábado por la noche sin la nena en casa, porque la nena esa noche, como cada quince días, dormía en casa de su padre.
Se pondría el vestido rojo, que esperaba sobre la cama igual que un amante impaciente anhelaría estrechar su cuerpo en el abrazo más cálido. De esa misma forma, yo espero, esperaba, esperaré siempre (y siempre es un instante eterno, un ciclo que vuelve a cumplirse una y otra vez), en una esquina los pasos de tacones altos portando la figura de mi secreto gozo.
Mientras, usted repasaba, probablemente, las claves de su cita: Laura, a las diez, a la puerta del pub, pasar por el cajero automático… Todo eso porque no sabía. Qué podía saber si ni siquiera yo sospechaba que se tratase de usted, a quien, sin haber visto nunca, esperaba reencontrar desde hacía tanto. Siempre he tenido ciertas ideas sobre ello. No sé si coincidirá conmigo, pero yo siempre he pensado que estas cosas llegan así, de golpe y sin avisar, aunque pueda haber algo ahí: una suerte de corazonada al subir la cremallera del vestido o, más tarde, entrando en el ascensor. Sin embargo, queda, indefectiblemente, ese vacío, zona muerta donde nunca pueden darse la felicidad completa ni el absoluto pesar.
Y a todo esto, yo esperaba en la esquina, sin saber realmente el porqué, pensando en una mujer imprecisa, una mujer como tantas, que, como las anteriores, era ajena a todo y vaya si me equivoco, porque ahora puedo jurar que existo gracias a usted, que fue precisamente usted quien me llevó desde el principio a ese rito del sábado noche, a aquella esquina inhóspita.
Saludó al portero, que jamás la había mirado con buenos ojos. Claro, es divorciada, y, además, sale los sábados, maquillada y mostrando las piernas como si fuera una… Pero esos cuchicheos los adivina en la mirada cruelmente lasciva del cincuentón, que le lame los senos y los muslos cuando la saluda conteniendo educadamente la saliva.
Recorrió la calle, serena, sin inquietarse por la luna rasgada en gris como en una película de Murnau. Yo estaba allí, a pocos metros, envuelto en la gabardina que era necesaria únicamente como fetiche, como un objeto más de nuestra parafernalia. Vi su silueta, su figura de gacela que pasea ignorante del peligro en las fauces del león que acecha. Sus pasos sonaban cada vez más cercanos y temí que me delatase el palpitar de mi corazón. Creía que estaba allí por mi propia voluntad, que yo era el león. Pero ahora sé que no; que en realidad yo soy la gacela, que es usted el depredador acechante que devorará, al fin, su presa. La brisa anunció su olor a perfume francés y rougé italiano.
Entonces sólo hubo una noche solitaria, una mujer frente a un ser oscuro que empuña un cuchillo sobre cuyo filo danza la luna.

(De Segundas personas)





Utilidad de los muros

25 05 2007

Un muro puede protegerte del frío y la escarcha, del sol y del viento.

Un muro puede evitar que el ruido te invada, que el hedor a podredumbre plague tus fosas.

Un muro puede hacer que tus acreedores te acosen menos, que tu mujer no te abandone. Tal vez, un muro te ayude a no enfrentarte con tus culpas, con tus miedos, con tus pretéritos deseos de incesto.

 63-un-autre-monde-ii-1947.jpg   Sí, pero también puede impedir que escuches una sinfonía de Schumann, un mirlo enloquecido, una declaración de amor.

Un muro te separa de la mujer de tu vida, de tu aventura más sórdida, del más hermoso mar de estrellas.

Cualquier material sirve para edificar un muro, aunque debes saber que cualquier muro puede ser derribado.

Cualquier muro, incluso el tuyo.

(De Segundas personas)

 








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