DE OPINIONES

15 06 2007

La vida es un invariable caos con sospechas de orden.
Al arquitecto del 4ºA le olía a rosas secas, a hojas muertas y decoloradas bajo las inclemencias del sol. La viuda del 3ºB declaró, en cambio, percibir un blando olor a mantequilla derretida, a almohadón usado y no lavado jamás a lo largo de meses flotando en el aire del rellano. Los del 4ºB, por su parte, no lograban ponerse de acuerdo: él lo describía como el penetrante aroma de la hoja fresca de estragón sobre la que se dejan caer unas gotas de aceite de oliva, mientras que ella, sencillamente, decía experimentar el olor dulzón de la esencia sintética de fresa que suele utilizarse en baja confitería. Los hijos del bombero del 3ºA fueron rotundos, con esa franqueza que caracteriza a los niños, al dictaminar que olía a huevos podridos. No obstante, López, que vivía puerta con puerta con los del 2ºB, opinó que a él el descansillo le olía a una rara pero evidente mezcla de espliego, manzanilla, semen desbordado y eucalipto blanco, salpicada de un denso hedor a carnicería de barrio.
Los del 2ºB, sin embargo, no percibían especial olor alguno, ajenos a estas especulaciones, al hecho de que fuera precisamente su apartamento el que despedía aquella controvertida fragancia. Obviando el ruido que provocaba la improvisada reunión de los vecinos ante su puerta, continuaban discutiendo con triste sosiego, en la serenidad de la mañana posterior al fin, diplomático paisaje después de la batalla, los términos de su separación, ignorantes del hecho inexplicable e innegable de que la pestilencia despedida por el cadáver de su amor se había colado por debajo de la puerta y se había instalado en medio del descansillo, para perplejidad y conmoción de sus vecinos, alarmados por aquel hedor a caricia difunta, a hijos no nacidos, a besos no dados que se pudren en los labios. 

Publicado en Al-Harafish 

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EXHALACIÓN

13 06 2007

A Antonio Becerra

Colecciona suspiros. Le ha costado mucho tiempo y esfuerzo reunirlas y catalogarlas, pero, al día de hoy, dispone de cientos de botellitas de cristal etiquetadas, cada una de las cuales alberga un suspiro dado por alguien en un determinado momento. Suspiros exhalados por caballeros circunspectos, señoras sofocadas, jovencitas románticas, modelos decadentes, camareros agobiados, conductores en enojo, viejecitos tristes. Suspiros de alegría, de impotencia, de placer, de impaciencia, de alivio, de lástima, de nostalgia, de pasión, de olvido, de amor, de hastío.
El problema es que no puede disfrutar de su colección pues, si abriera cualquiera de las botellitas etiquetadas, el suspiro contenido en la misma escaparía para siempre.








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