Si uno no quiere

10 11 2007

No es que me odie a mí mismo. Sin embargo, tengo que reconocer que últimamente no me caigo muy simpático. Suelo quedar en verme en el centro y me dejo colgado. Me hago llamadas telefónicas a altas horas de la madrugada sólo para estorbarme el sueño y, cuando me cruzo conmigo mismo en el pasillo, tiendo a poner el codo o a intentar un traspiés. Me hago faenas de todo tipo, como contar en público lo de mis hemorroides o lo de aquel gato que atropellé sin compasión, con la excusa de evitar un accidente.

A veces la confrontación se hace inevitable, y me echo en cara las iniquidades de las que me sé culpable, haciéndome a bocajarro las preguntas más comprometedoras: ¿Es que te costaba mucho llamar a Beatriz aquel sábado del 98 en que sabías que se estaba rompiendo el alma de dolor? ¿Cuándo vas a devolverle a Luis los cincuenta euros que le debes desde el año pasado? ¿Por qué no dejas ya de acostarte con Lucía? ¿No ves que podría ser tu hija? Y, sobre todo, ¿cómo fuiste capaz, pedazo de imbécil, de dejar escapar a Marta, que es la única mujer que te ha querido y te querrá, la única que realmente ha valido la pena en esa mascarada tibia que tú denominas pomposamente “mi vida sentimental”?

En ocasiones, incluso, me robo el dinero que me queda para el taxi de vuelta a casa a las tres de la madrugada, cuando ya estoy completamente borracho, y me obligo a recorrer kilómetros y más kilómetros por la larga avenida que bordea la costa, entre el ruido del mar y el de los autos que pasan enfebrecidos. Es entonces cuando tengo las peores discusiones, porque me rebelo contra los ataques y entablo largas luchas que suelen acabar en episodios de violencia física y, cualquier noche de éstas, nos acabarán llevando, a mí y a mí mismo, a caer hacia el asfalto, justo cuando pase un camión.

Y no es que me odie a mí mismo. Pero la idea de continuar conviviendo conmigo hasta lo que se suele considerar una edad razonablemente longeva se me antoja en los últimos tiempos de una crueldad intolerable. Por eso escribo esto aquí y ahora, por si en una de éstas ocurre una desgracia. Para que todo quede en orden. Para que no se culpe a nadie.

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ECO

10 11 2007

          Siempre sucede lo más secretamente temido.
Cesare Pavese. El oficio de vivir.

Porque amar es una responsabilidad que ya no está dispuesta a asumir, decide, para evitar nuevos sufrimientos, protegerse contra ellos.
Tiene veintitrés años. Es joven y hermosa. Siempre habrá alguien dispuesto a acompañarla unas horas o unos días. Pero no volverá a confiar nuevamente en ningún hombre; a amarle o a compartir su dolor y alegría; a preocuparse por, o a sentir con él.
Pasan los días arrastrando a los años, y llega la mañana en que en la imagen que le devuelve el espejo no hay ni juventud ni hermosura.
De pronto, recuerda vagamente a uno de sus amantes de antaño. Aquél que le pidió que le permitiera estar siempre junto a ella y a quien alejó concienzudamente, desdén a desdén, desprecio a desprecio.
Por un instante, le echa de menos y no puede evitar que su cuerpo sienta nostalgia de él y diga su nombre en voz alta.
El eco de las habitaciones vacías le responde.








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