El otro lado del tiempo

9 12 2007

        Para Reyes Bolaños y Héctor Suárez, este textículo sobre la belleza y la memoria.

Un hombre toca el piano en un club que seguramente fue un sitio elegante hace quince o veinte años. Toca mal, obviando calderones, falseando sostenidos, perdiendo la cadencia al intentar realizar algún alarde o filigrana que vienen a constatar sus limitaciones como intérprete. 

De pronto, de entre la veintena de clientes que le ignoran con minucioso alboroto, se alza una voz que pide “Toque algo triste, maestro”, ostentando el inequívoco gangoseo del alcohol, la burla y el desprecio.

El hombre que toca el piano mira alrededor, emite un leve suspiro y ataca la Gymnopédie nº 1, de Eric Satie. Ejecuta esta pieza como nunca antes, como jamás después. Un ángel de recuerdo atraviesa el local batiendo sus alas cansadas.

Cuando la última nota se extingue entre el silencio general que repentinamente se ha desplomado sobre la concurrencia, el pianista observa las lágrimas que bañan los rostros de los parroquianos, cada uno de los cuales ha sentido durante los instantes precedentes nostalgia de un particular momento de su vida: el olor a lápiz y a sudor en una clase de primaria, el largo cabello ondeando al viento de Raquel en el setenta y cuatro, el primer beso recibido de Mario, con aparato dental, ojos brillantes y una maletita colegial de hule estampada de flores, una siesta dormida en la plúmbea paz de la casa de tía Nené en San Marcos… Cosas así, tan bellas y dolorosas al otro lado del tiempo.

El pianista contempla esos recuerdos y algunos más en los ojos de su mudo auditorio. Los observa y, por un instante, siente una mezcla de orgullo victorioso y satisfacción culpable.

Nadie aplaude. Nadie mueve un músculo. El camarero, recordando a una antigua amante, deja escapar un hipido que viene a romper el lamentable silencio.

El hombre que toca el piano le mira unos segundos, se vuelve nuevamente hacia el teclado y se arroja sobre él con un ragtime, obviando calderones y equivocando sostenidos, pero con la inasible sensación de haber hallado, en algún rincón de una partitura, una justificación a su existencia.








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