Persistencia

19 01 2008

Lo mató porque lo detestaba y no soportaba pasar en su compañía cuarenta horas de cada semana.  No resultó difícil. Simplemente, practicó algunas modificaciones en el mecanismo de seguridad del andamio. Todos pensaron que había sido un accidente. Pero las cosas no resultaron ser como él había esperado: Desde que lo liquidó, no consigue librarse de su presencia. Ni siquiera los fines de semana.

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Lugares comunes: Perdedores

3 01 2008

Están ahí, poco más o menos, desde Edipo. Sí, es muy posible que Edipo Rey sea el primer perdedor de la historia de la literatura. Un ser marcado por un destino terrible, el cual intenta evitar pero que acabará alcanzándole ineluctablemente. Por supuesto, el asunto del mortal que se rebela contra lo que los dioses imponen (Prometeo, Sísifo, Casandra) es un lugar clásico en el pensamiento occidental. Sin embargo, cuando mueren los dioses y/o son sustituidos por otros, el destino se trasviste en sociedad, en situación política o, más sencilla (y universalmente) en tormenta de humanas pasiones. Así que, pese a cambiar la forma del drama y la manera en que van vestidos sus protagonistas (pese a cambiar incluso la motivación aparente que les empuja a intentar salir del laberinto de circunstancias que les conduce inexorablemente a la desgracia), lo cierto es que hay una línea que recorre nuestra tradición y que parte desde Edipo. Y en esa línea caben muchos personajes que han despertado nuestra empatía. ¿O existe mucha diferencia entre Edipo y Frank Chambers (El cartero siempre llama dos veces), y, por tanto, entre aquél y el Mersault de El extranjero? Si opinas que no caben estos ejemplos, puedes pensar en Jean Valjean, en Lord Jim, en Peter Kien, en el propio Don Quijote de la Mancha, el Rey Lear. Todos ellos perdedores perfectos, soportadores profesionales de la incomprensión y el escarnio (por defectos propios o ajenos), con finales más o menos felices, con más o menos suerte, pero todos, indefectiblemente, perdedores. Y todos, sin excepción, despiertan nuestra simpatía. Cosa que a veces no es fácil. Por ejemplo, en Kien nos saca de quicio que sea tan erudito en lenguas orientales y tan ignorante  con respecto a la condición humana. Y Lear está en la situación en la que está únicamente a causa de su soberbia, su orgullo de estirpe, su miopía sentimental y su amor a las formalidades. Entonces, por qué nos caen simpáticos, por qué, para ser más exactos, despiertan estos perdedores nuestra empatía, por qué (además de por haber sido creados por autores imprescindibles) sentimos con ellos. Quizá sea porque nosotros somos también, cada uno a nuestro modo, perdedores. Con respecto a la sociedad puede. En el plano familiar, amoroso o fraternal, es posible también. Pero somos, además, perdedores en un más alto y fundamental sentido: somos perdedores exactamente en el mismo sentido que aquel primer perdedor que Edipo representa. Sabemos que vamos a perder la partida, esa partida contra el destino que comienza con el nacimiento y en el que la muerte juega con las cartas marcadas. Y, sin embargo, nos rebelamos y pretendemos continuar con el juego hasta el final, pese a que conozcamos de antemano el resultado. Como Don Quijote nos revelamos contra nuestra condición (la mortalidad) y nos lanzamos a los caminos de la vida sin ignorar quiénes y qué somos, pero pretendiendo ser otra cosa porque nos negamos a rendirnos. Es posible que por eso nos atraigan tanto los perdedores. Todos somos un poco Sísifo, Edipo, Mersault, Don Quijote, K.





Propósitos

1 01 2008

Cuando se pregunta a sí mismo, dice que la culpa es suya y sólo suya. La cosa ocurrió así:

El 30 de diciembre se propuso dejar de fumar, limitar el alcohol a los sábados y vísperas de fiesta, suprimirse los dulces y las carnes rojas, hacer algo de ejercicio y comer dos piezas de fruta cada día. Se propuso dejar de flirtear con mujeres y acostarse sólo con la suya. Ser más cariñoso y comprensivo. Ayudar más en casa, ver en alguna ocasión las películas por ella elegidas.

Se propuso, asimismo, dejar de leer viejas novelas policíacas: pasarse al ensayo político y sociológico, a los libros que trataban asuntos de candente actualidad, a las novelas de tema histórico.

Se propuso, igualmente, estar al día con sus acreedores, ser más parco en dispendios, abrirse un plan de pensiones, ahorrar algo de dinero. Dejar de votar a partidos minoritarios de izquierda y hacer voto útil, votar a uno de los dos partidos mayoritarios, a uno cualquiera, porque, eso sí, eran mismo perro, distinto collar.

Y, por qué no, trabajar un poco más. Hacer horas extra. Traerse trabajo a casa. Colaborar más con sus jefes. Procurar ganarse a fuerza de sonrisas ese ascenso que hace años espera.

El 2 de enero, al volver del trabajo, cuando descargó en el ordenador las fotografías de la fiesta de nochevieja, se buscó en todas y cada una de ellas sin lograr encontrarse.

Había, sí, un individuo vestido con su ropa y calzado con sus zapatos, abrazando a sus amigos, bailando con su prima Maribel, besando a su mujer con un gorrito de cartón en la cabeza. Pero, sin duda, aquel hombre no había fumado; no había comido ni bebido en exceso; no había coqueteado con la sobrina de Paco ni con la ex mujer de José Luis. Y, además, tenía una cara que no era la suya.

Tras repasar una y mil veces la colección de fotografías, acudió, con creciente alarma, al espejo del cuarto de baño y descubrió, donde debía estar el suyo, el rostro de borrego adoctrinado del impostor.

Meditó un instante. Hizo un corte de mangas a la imagen del espejo, buscó en el bolsillo de su americana un paquete de cigarrillos que recordaba haber olvidado allí y encendió uno mientras iba a la despensa donde, según recordaba, aún quedaba media botella de ron.

Pero el ron se le atragantó y el cigarrillo (que, por otra parte, le supo a mierda de cabra) le hizo toser.

Volvió al espejo. El impostor seguía ahí. No podía culparle. Él mismo le había abierto la puerta.

Desde entonces, ha intentado expulsarlo de mil y una maneras, pero nada que hacer. Ha adelgazado y sus niveles de colesterol y transaminasas son los de un bebé. Hace poco ascendió y se le ve más saludable que nunca. Su mujer, sus padres, sus jefes están encantados. No paran de elogiar ese cambio operado en él.

Lo terrible es que no saben que cada elogio es como un alfiler clavado en el ojo, como un salivazo en la cara, porque no es que haya cambiado él, sino que es todo él quien ha sido sustituido por otro, un otro absurdo y vacuo al que detesta y a quien él mismo conjuró con aquellos insípidos propósitos.

 Cuando se acuesta (sobre las diez cada noche) echa de menos al hombre que fue, pero el otro, ese tirano satisfecho que no es él, llegó para quedarse. Como sea. Para siempre. 








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