Propósitos

1 01 2008

Cuando se pregunta a sí mismo, dice que la culpa es suya y sólo suya. La cosa ocurrió así:

El 30 de diciembre se propuso dejar de fumar, limitar el alcohol a los sábados y vísperas de fiesta, suprimirse los dulces y las carnes rojas, hacer algo de ejercicio y comer dos piezas de fruta cada día. Se propuso dejar de flirtear con mujeres y acostarse sólo con la suya. Ser más cariñoso y comprensivo. Ayudar más en casa, ver en alguna ocasión las películas por ella elegidas.

Se propuso, asimismo, dejar de leer viejas novelas policíacas: pasarse al ensayo político y sociológico, a los libros que trataban asuntos de candente actualidad, a las novelas de tema histórico.

Se propuso, igualmente, estar al día con sus acreedores, ser más parco en dispendios, abrirse un plan de pensiones, ahorrar algo de dinero. Dejar de votar a partidos minoritarios de izquierda y hacer voto útil, votar a uno de los dos partidos mayoritarios, a uno cualquiera, porque, eso sí, eran mismo perro, distinto collar.

Y, por qué no, trabajar un poco más. Hacer horas extra. Traerse trabajo a casa. Colaborar más con sus jefes. Procurar ganarse a fuerza de sonrisas ese ascenso que hace años espera.

El 2 de enero, al volver del trabajo, cuando descargó en el ordenador las fotografías de la fiesta de nochevieja, se buscó en todas y cada una de ellas sin lograr encontrarse.

Había, sí, un individuo vestido con su ropa y calzado con sus zapatos, abrazando a sus amigos, bailando con su prima Maribel, besando a su mujer con un gorrito de cartón en la cabeza. Pero, sin duda, aquel hombre no había fumado; no había comido ni bebido en exceso; no había coqueteado con la sobrina de Paco ni con la ex mujer de José Luis. Y, además, tenía una cara que no era la suya.

Tras repasar una y mil veces la colección de fotografías, acudió, con creciente alarma, al espejo del cuarto de baño y descubrió, donde debía estar el suyo, el rostro de borrego adoctrinado del impostor.

Meditó un instante. Hizo un corte de mangas a la imagen del espejo, buscó en el bolsillo de su americana un paquete de cigarrillos que recordaba haber olvidado allí y encendió uno mientras iba a la despensa donde, según recordaba, aún quedaba media botella de ron.

Pero el ron se le atragantó y el cigarrillo (que, por otra parte, le supo a mierda de cabra) le hizo toser.

Volvió al espejo. El impostor seguía ahí. No podía culparle. Él mismo le había abierto la puerta.

Desde entonces, ha intentado expulsarlo de mil y una maneras, pero nada que hacer. Ha adelgazado y sus niveles de colesterol y transaminasas son los de un bebé. Hace poco ascendió y se le ve más saludable que nunca. Su mujer, sus padres, sus jefes están encantados. No paran de elogiar ese cambio operado en él.

Lo terrible es que no saben que cada elogio es como un alfiler clavado en el ojo, como un salivazo en la cara, porque no es que haya cambiado él, sino que es todo él quien ha sido sustituido por otro, un otro absurdo y vacuo al que detesta y a quien él mismo conjuró con aquellos insípidos propósitos.

 Cuando se acuesta (sobre las diez cada noche) echa de menos al hombre que fue, pero el otro, ese tirano satisfecho que no es él, llegó para quedarse. Como sea. Para siempre. 

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One response

28 03 2008
Amalgama

Tranquilo, que no cunda el pánico.
Considero algo imposible el ser sustituido del todo.
Por mucho propósito de comienzo de año,
por mucha voluntad que pongamos,
por mucha ayuda externa que tengamos
… nuestro ser interno puede más.
Volverás a ser tú y sin que pasen muchas lunas.

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