Mahmudiya

31 03 2008

El espectro me visita cada noche desde hace algún tiempo. He llegado a aceptarlo con naturalidad, pero se me hace imposible acostumbrarme. ¿Cómo va uno a acostumbrarse a que alguien salga de las profundidades del armario en medio de la madrugada y se siente al borde de su cama? 

Eso es exactamente lo que hace el espectro, una niña de unos catorce años, de apariencia persa y hermosos ojos negros. Aparece cada noche, recorre con sus pies descalzos los dos metros escasos que separan el armario de mi lecho y se sienta. Después orienta lentamente su rostro hacia mí y llora durante unos minutos, antes de regresar por donde ha venido. Nunca hablamos. Ambos sabemos que no podríamos entendernos.

 El espectro no tiene nombre. Quizá si tuviera nombre nos importaría a todos y nos importaría más. Escribiríamos artículos de opinión en nuestros periódicos con ese nombre en el título, probablemente sólo el de pila, para apelar a la íntima implicación del lector en su drama. Empapelaríamos las calles y los cristales de nuestros autos con su foto. Nos pondríamos lazos de algún determinado color para recordarla. Pero no tiene nombre. O lo tiene, pero a nadie le ha interesado averiguarlo.  

El espectro va vestido con los andrajos de lo que un día debió ser un pijama infantil. A través del lamparón que hay en uno de sus hombros se adivinan las quemaduras que le cubren el pecho y la espalda. Sus muslos y su entrepierna están manchados de sangre seca y oscurecida por el tiempo y el horror.  Yo sé quién es y cuál es el origen de sus heridas. Sé por qué viene a visitarme cada noche. Por qué llora. Por qué sufre. Por qué siempre, justo antes de desaparecer, se vuelve nuevamente y señala con la cabeza hacia el este, intentando que recuerde que otros como ella, siguen allí, recorriendo ese corto camino que más pronto que tarde acabará convirtiéndoles también en espectros.  

Sé todo eso y, sin embargo, lo olvido cada mañana.  

Únicamente en la noche, cuando el silencio permite su recuerdo, esa niña existe. Aunque sólo sea en la soledad de mi cuarto. En el preámbulo a mis pesadillas. En el infierno de mi remordimiento.

Anuncios




Cabeza de falo

30 03 2008

… porque te conozco bien y sé que no dejarás pasar la oportunidad. ¿Crees que no me doy cuenta? Te he observado mirarla como al despiste, pero lamiéndole bien el cuerpo con los ojos, desde los pies a los pechos, sin dejarte atrás las nalguitas, siempre prietas en esas minifaldas que se pone. Sí, hombre, no disimules con esa cara de zorrito bueno, que aquí ya sabemos quién se guinda a las gallinas.

Ella se hace la tonta, pero también te mira y sólo está esperando a que tú escojas el momento de atacarla. Al principio se resistirá, claro. Pero acabará sucumbiendo a tus besos en su cuello, a tu forma de acariciar sus caderas. Si es que siempre se te dio bien…

El único problema hubiese podido representarlo Marcos. Para ella no, por supuesto. Esas cosas acaban notándose y a todos se nos cae de maduro que Marcos no debe ser ningún portento en el terreno horizontal. Sólo hay que ver la cara de hastío que pone Liliana cuando él toma la palabra en las terrazas. Todos, incluso tú, escuchan interesados. Todos menos ella y, quizá, yo. Aunque, que conste, mi desinterés no se debe a que Marcos me aburra, sino a que me parece mucho más divertido comprobar que Liliana sigue esperando tu iniciativa.

También puede ser que me equivoque y que tú hayas adoptado ya las medidas necesarias. En ese caso, a lo mejor llevas semanas derramándote sobre ese cuerpecito de nínfula, en algún piso alquilado a medias en el sur. No me extrañaría, pero tampoco me importa pues, bien mirado, a mí todo este asunto no me toca en exceso. Ni siquiera Marcos le confiere demasiada importancia. Él seguirá al margen, queriéndola a ella y queriéndote a ti. No cambiará nada el hecho de que se entere, cosa que ocurrirá, porque a veces, en la terraza, se le ve ya un guiño de sospecha, pese a que se calle y pida otro cubata como si en realidad pidiese confesión. No me vengas con eso de qué cosas se te ocurren. Para qué disimular. Ella no dirá que no. Marcos tampoco. Busca la oportunidad esa noche en que a él le toque trabajar y tú salgas solo. Es cosa de tocar y de pasaba por aquí. Ella te recibirá en bata, nerviosa, simulando sorpresa. Tú, por tu parte, fingirás haber pensado que Marcos estaba en casa. Ella sabrá que mientes y tú sabrás que ella lo sabe, así que te dejarás convidar a una copa y ahí empezará el juego del hombre de mundo que en realidad es un tipo sensible y necesita comprensión. The rest, is silence, como dijo Guillermito. Y yo pasaré esa noche en casa, leyendo cualquier novela de Bioy, desvelada, pero no esperándote, porque no llegarás hasta que Marcos salga del trabajo y llegue al catre para encontrar a Liliana que duerme sonriente como nunca antes.

Tú entrarás y aún estaré leyendo y fumando. Simularé que acabo de despertarme pero el cenicero repleto me delatará. Mientras hago chocolate para los churros que habrás comprado por el camino, me dirás que has pasado la noche en el Babel y yo te creeré, deseosa de hacerlo, como siempre.

De Segundas personas.





Vals triste

30 03 2008

…un último latido, un último dejo de color, rojo penetrante, rosa punzante, un suspiro, una niña que se aleja. V. Nabokov. Lolita.

 Sólo soy un pobre vals que vaga por la Galería Nacional a la espera de que alguien se pare a observar a mi amada y me entone ante ella. Deseo inútil, por lo demás, pues sé que ella no se percatará de mi presencia, que no podrá oírme, que nunca lograré hacerle sentir mi tres por cuatro en su interior, que jamás me bailará. Y, claro, cómo habría de hacerlo si ella es toda imagen, toda escena.

Por añadir detalles a mi martirio, diré que mi amor es la joven representada en un cuadro titulado Pubertad por Edvard Munch. Él es el causante de todos nuestros sufrimientos; él, por haberla pintado así, tan joven, tan indefensa, sentada al borde del lecho con las manos cruzadas sobre sus piernas temblorosas, con su blanquísimo cuerpo desnudo, los senos niños, la melena cayendo sobre sus hombros como las nubes negras de un mal día, los ojos grandes, desafiantes y temerosos, vacilantes pero seguros de la vida a la que su dueña despierta.

Yo llegué ya viejo al museo, un día de primavera, en los labios de un estudiante que, por aquel entonces, silbaba insistentemente mi melodía en la hora y lugar que le viniesen en gana, sin respetar la estudiosa seriedad de los usuarios de las bibliotecas, el aliento contenido de los visitantes de los centros de exposición.

Sin embargo, cuando se detuvo ante ella, quedé congelado en sus labios, incapaz de continuar vibrando en el aire, inmovilizado por la belleza inquietante de aquella pálida luna con forma de niña que encara su futuro de mujer.

Desde ese momento, olvidé todas las ajenas historias de amor de las que fui testigo, todos los salones que poblé en noches felices. Decidí permanecer aquí, apartado de conciertos, ensayos y duchas; maldigo mi popularidad. Temo que alguien vuelva a acordarse de mí y dé en tararearme, alejándome del ser querido.

Así dejo transcurrir mi existencia eterna, invadiendo a todo aquél que se para a observar a mi ninfa, e intentando en vano llamar su atención. Quisiera que me escuchase tan sólo una vez, para ser la más feliz de las partituras, el más hermoso de los sones; alejaría de ella sus miedos, sus inquietudes: la llevaría en mi danza al bello mundo al que teme acercarse, seduciéndola con la dulzura de mis notas, con la algarabía de mi ritmo. Pero sé que todo es inútil, porque Munch, ese monstruo deleznable, no puso en ningún rincón de la oscura escena un violín, un arpa, ni tan siquiera un modesto traste de guitarra que permitiese a mi adorada niña escuchar alguna de mis notas.

Sólo soy un viejo vals, vagando interminablemente por los rincones de un museo, a la espera de que alguien se pare a observar a mi amor.

 

De Segundas personas.





Rafael Azcona

27 03 2008

Un verdugo, en conversación informal, justifica el desempeño de su oficio arguyendo que es una labor social, que alguien debe acabar con el mal social que supone el crimen y que, al mismo tiempo, alguien debe finiquitar con eficacia los sufrimientos del reo. Al preguntar a su interlocutor, a la sazón un simple empleado de funeraria, lo que piensa sobre el asunto, aquél contesta: “Hombre, yo lo que pienso es que la gente debe morir en su cama. Como todo el mundo”.

El autor de este sencillo y genial diálogo, en plena dictadura y con la pena de muerte tristemente de moda, falleció entre el domingo y el lunes. Se llamaba Rafael Azcona y era, sin lugar a dudas, un genio. Creó las peripecias de un transportista perdido en el laberinto de circunstancias que rodeaban en cierta navidad la campaña “Siente a un pobre en su mesa”; nos llevó a las preocupaciones de un joven que decidió casarse con una anciana para conseguir en heredad un piso y vio, tras la boda, como la salud de ella se fortalecía; nos mostró a un anciano Pepe Isbert que estaba empeñado en tener un cochecito. Sus personajes hablaban como habla la gente en la calle, con normalidad y hasta vulgaridad. Las cosas que decían eran las cosas que dicen los filósofos, los psicólogos y los sociólogos sin que, normalmente, nadie les comprenda.

En una época de grises y blanco y negro, Azcona lograba burlar con su humor inteligente las garras de la censura y mostrar las diferencias de clase, las contradicciones internas de un sistema absurdo como absurda es toda dictadura y toda legitimación del poder oligárquico que ha dominado el plano político en la historia de España en el siglo XX. La España de los curas, del señorito, de la señora marquesa, de la autoridad, pero también la del nuevo rico, la del burócrata, la del tiburón financiero, fue el blanco de su mordazidad implacable.

En tiempos de dictadura, pero también en tiempos de ese hipogrifo que se llamó “Transición”, Azcona representó la lucidez que constata los absurdos, la inteligencia que antepone la fuerza de la razón a la razón de la fuerza, la mirada a los seres humildes que los sistemas trituran.

El más grande de los guionistas españoles ha fallecido y ahora sólo nos queda recordar y volver a ver aquellas películas y asombrarnos de cómo siguen vigentes aquellas historias, porque hoy, como siempre, la legitimación ficticia del poder y el enmascaramiento de las contradicciones de clase siguen estando ahí y la inteligencia y el humor son, en ocasiones, las únicas armas con las que pueden ser desenmascaradas.





Cansancio

26 03 2008

 

Simplemente, por agotamiento, porque se cansó. Se cansó del trabajo, del siempre es lo mismo, del para qué, si da igual. Se cansó de los cines y los teatros con aquellas amigas, tan divorciadas, tan solteras, tan de mediana edad, tan solas como ella. Se cansó de las palabras, de los libros que contaban historias apasionantes que nunca eran la suya. Se cansó de la playa los sábados, de los almuerzos en familia los domingos. Se cansó de preocuparse por su hijo adolescente y ajeno, despreocupado de ella. Se cansó de sentirse extraña y comportarse de manera políticamente correcta cuando se encontraba con su ex, y de devolverle el saludo sonriente a la jovencita con quien ahora andaba. Se cansó, asimismo, de las salidas de los viernes. De los encuentros con los salidos de los viernes, de los intercambios de números de teléfono y correos electrónicos, de los ocasionales encuentros sexuales con hombres que no tenían nada mejor que hacer ni mejor mujer con la que acostarse, aunque persistieran, uno tras otro, en reeditar el torpe andamiaje de esa ficción donde ella era algo especial y querían volver a verla. Se cansó también de recordarlo a él, que no la recordaba, que a saber dónde andaría ahora, y con cuánta barriga y cuánta calva y cuántos hijos o nietos. Se cansó de todo. Especialmente se cansó de aquella jaula de cristal que ella misma se había construido y había llenado con figuritas, reproducciones de cuadros, discos compactos, recuerdos estúpidos como caracolas y piedras recogidas a la orilla del mar, fotos de viajes anuales a sitios exóticos que no lograban mitigar la soledad y el aislamiento, imperceptibles si uno no era ella. Fue por eso por lo que se metió en la cama, cerró los ojos y se borró a sí misma del mundo. Así la encontró, cuando al fin la echó en falta, su hijo. Tumbada. En silencio. Inmóvil. Inmutable. Otros dirán que renunció a la vida. Explicaciones, cada uno tendrá la suya. Ella sólo descansaba.  





Discapacidad

25 03 2008

Nunca fue aceptada como las demás. Era indefectible y minuciosamente expulsada de corrillos, grupos de juegos y festines en graneros. Le impedían participar, incluso, cuando sus hermanas devoraban colectivamente a un perro o un gato incauto que se había atrevido a hacerles frente. Y el motivo era algo de lo cual ella no tenía culpa alguna: su sordera. Para las demás, una rata sorda suponía una especie de afrenta que la naturaleza hacía a la comunidad. Así que se acostumbró a quedarse a un lado, a no seguir al resto en sus correrías, dada la dureza de los castigos que recibía normalmente.

Por eso, por miedo a las represalias, cuando las vio marchar en fila india tras aquel hombre tan extraño, no se atrevió a seguirlas. Porque, como todos sabían, las ratas de Hammelin podían llegar a ser muy crueles.





Averno

22 03 2008

Cuando supo que estaba en el infierno, que el averno era aquello y él lo habitaría para siempre, experimentó simultáneamente sorpresa y alivio.

No había allí torturas ni almas en pena inscritas en eternos círculos de dolor ni vejaciones inimaginables amplificadas por el dudoso don de la eternidad. Antes bien, el infierno era un pueblecito costero apacible y tranquilo, donde se encontró con queridos amigos a quienes había perdido hacía mucho. La gente paseaba divertida y cordial. Algunas mujeres lo miraban con deseo y los camareros le atendían con eficiencia y se negaban siempre a cobrar sus consumiciones. Había auditorio, cine y teatro, buena mesa, excelente conversación, plazas con cafés abarrotados de clientes donde, sin embargo, siempre conseguía mesa y entablaba relaciones enseguida. Además, no era difícil hacerse con libros y dejar morir el día tumbado en la playa, leyéndolos.

Entonces, se preguntaba, ¿en qué consistía el castigo al que se suponía destinada el alma enviada al orco?

Lo descubrió en el amanecer del tercer día, cuando despertó en la lujosa suite donde se hospedaba y constató que ella no estaba allí, que jamás volvería a verla.








A %d blogueros les gusta esto: