Rafael Azcona

27 03 2008

Un verdugo, en conversación informal, justifica el desempeño de su oficio arguyendo que es una labor social, que alguien debe acabar con el mal social que supone el crimen y que, al mismo tiempo, alguien debe finiquitar con eficacia los sufrimientos del reo. Al preguntar a su interlocutor, a la sazón un simple empleado de funeraria, lo que piensa sobre el asunto, aquél contesta: “Hombre, yo lo que pienso es que la gente debe morir en su cama. Como todo el mundo”.

El autor de este sencillo y genial diálogo, en plena dictadura y con la pena de muerte tristemente de moda, falleció entre el domingo y el lunes. Se llamaba Rafael Azcona y era, sin lugar a dudas, un genio. Creó las peripecias de un transportista perdido en el laberinto de circunstancias que rodeaban en cierta navidad la campaña “Siente a un pobre en su mesa”; nos llevó a las preocupaciones de un joven que decidió casarse con una anciana para conseguir en heredad un piso y vio, tras la boda, como la salud de ella se fortalecía; nos mostró a un anciano Pepe Isbert que estaba empeñado en tener un cochecito. Sus personajes hablaban como habla la gente en la calle, con normalidad y hasta vulgaridad. Las cosas que decían eran las cosas que dicen los filósofos, los psicólogos y los sociólogos sin que, normalmente, nadie les comprenda.

En una época de grises y blanco y negro, Azcona lograba burlar con su humor inteligente las garras de la censura y mostrar las diferencias de clase, las contradicciones internas de un sistema absurdo como absurda es toda dictadura y toda legitimación del poder oligárquico que ha dominado el plano político en la historia de España en el siglo XX. La España de los curas, del señorito, de la señora marquesa, de la autoridad, pero también la del nuevo rico, la del burócrata, la del tiburón financiero, fue el blanco de su mordazidad implacable.

En tiempos de dictadura, pero también en tiempos de ese hipogrifo que se llamó “Transición”, Azcona representó la lucidez que constata los absurdos, la inteligencia que antepone la fuerza de la razón a la razón de la fuerza, la mirada a los seres humildes que los sistemas trituran.

El más grande de los guionistas españoles ha fallecido y ahora sólo nos queda recordar y volver a ver aquellas películas y asombrarnos de cómo siguen vigentes aquellas historias, porque hoy, como siempre, la legitimación ficticia del poder y el enmascaramiento de las contradicciones de clase siguen estando ahí y la inteligencia y el humor son, en ocasiones, las únicas armas con las que pueden ser desenmascaradas.

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