Vals triste

30 03 2008

…un último latido, un último dejo de color, rojo penetrante, rosa punzante, un suspiro, una niña que se aleja. V. Nabokov. Lolita.

 Sólo soy un pobre vals que vaga por la Galería Nacional a la espera de que alguien se pare a observar a mi amada y me entone ante ella. Deseo inútil, por lo demás, pues sé que ella no se percatará de mi presencia, que no podrá oírme, que nunca lograré hacerle sentir mi tres por cuatro en su interior, que jamás me bailará. Y, claro, cómo habría de hacerlo si ella es toda imagen, toda escena.

Por añadir detalles a mi martirio, diré que mi amor es la joven representada en un cuadro titulado Pubertad por Edvard Munch. Él es el causante de todos nuestros sufrimientos; él, por haberla pintado así, tan joven, tan indefensa, sentada al borde del lecho con las manos cruzadas sobre sus piernas temblorosas, con su blanquísimo cuerpo desnudo, los senos niños, la melena cayendo sobre sus hombros como las nubes negras de un mal día, los ojos grandes, desafiantes y temerosos, vacilantes pero seguros de la vida a la que su dueña despierta.

Yo llegué ya viejo al museo, un día de primavera, en los labios de un estudiante que, por aquel entonces, silbaba insistentemente mi melodía en la hora y lugar que le viniesen en gana, sin respetar la estudiosa seriedad de los usuarios de las bibliotecas, el aliento contenido de los visitantes de los centros de exposición.

Sin embargo, cuando se detuvo ante ella, quedé congelado en sus labios, incapaz de continuar vibrando en el aire, inmovilizado por la belleza inquietante de aquella pálida luna con forma de niña que encara su futuro de mujer.

Desde ese momento, olvidé todas las ajenas historias de amor de las que fui testigo, todos los salones que poblé en noches felices. Decidí permanecer aquí, apartado de conciertos, ensayos y duchas; maldigo mi popularidad. Temo que alguien vuelva a acordarse de mí y dé en tararearme, alejándome del ser querido.

Así dejo transcurrir mi existencia eterna, invadiendo a todo aquél que se para a observar a mi ninfa, e intentando en vano llamar su atención. Quisiera que me escuchase tan sólo una vez, para ser la más feliz de las partituras, el más hermoso de los sones; alejaría de ella sus miedos, sus inquietudes: la llevaría en mi danza al bello mundo al que teme acercarse, seduciéndola con la dulzura de mis notas, con la algarabía de mi ritmo. Pero sé que todo es inútil, porque Munch, ese monstruo deleznable, no puso en ningún rincón de la oscura escena un violín, un arpa, ni tan siquiera un modesto traste de guitarra que permitiese a mi adorada niña escuchar alguna de mis notas.

Sólo soy un viejo vals, vagando interminablemente por los rincones de un museo, a la espera de que alguien se pare a observar a mi amor.

 

De Segundas personas.


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2 responses

30 03 2008
Ana Padorno

Hola Alexis.

Pasaba por aquí como otras veces… y para que no me digas que nunca te escribo nada, esta vez te dejo esta nota para saludarte y que veas que te “rondo”, jajaja.

Con esto también ya tienes mi dirección de correo, o sea, que ya sabes como encontrarme…

Por cierto, ya te conté que te tengo en Favoritos como blog amigo, y nos encantaría que si te resulta interesante consideres “nuestra Web”, amiga también: http://www.manuelpadorno.es

Un beso, Ana.

30 03 2008
Alexis Ravelo

Gracias, Ana. Para mí es un honor y será un placer añadirlos a mis enlaces.
Un fuerte abrazo.

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