Otro viejo cuento con palabras nuevas

21 04 2008
(Inspirado por Sueño del aposento rojo, de Tsao Hsue-King, recogido por Jorge Luis Borges en Libro de los sueños)

Soñé que estaba ante una casa exactamente igual a la mía.

Cuando me acercaba al umbral para inspeccionarla más detenidamente (no podía ser que los rosales y los geranios del jardincito fuesen iguales hoja a hoja, pétalo a pétalo), una mujer idéntica a mi esposa me adelantó y abrió la puerta. De pronto se volvió:

-¿No piensas entrar? –me dijo.

Una vez frente a ella, la mujer cambió, sin embargo, de actitud:

-Oh, perdóneme. Creí que era mi esposo.

-Pero, si soy yo… –le respondí.

Ella, con algo de alarma, me dijo que no. Que yo me parecía bastante, pero que no era él. Ella lo hubiese distinguido entre miles de hombres idénticos a él, por el brillo de sus ojos, el destello de la sonrisa. Dicho esto, se despidió y entró en la casa.

Un momento después, me decidí a penetrar en la vivienda  y, comprobé que era, también por dentro, igual a la mía: la misma biblioteca con los mismos libros en el salón, el mismo pasillo atestado de fotos enmarcadas pendiendo de las paredes, el mismo dormitorio, en cuya cama yacía un hombre exactamente igual a mí. Observé a ese otro yo que dormía, algo inquieto, mascullando algunas palabras ininteligibles.

En ese instante, la mujer idéntica a la mía entró en la habitación con la bandeja del café y me dijo:

-¿Ves? Ese sí es mi marido.

Puso la bandeja sobre la mesa de noche, le dio un beso en la frente al durmiente y salió del cuarto.

El otro se despertó y vio la bandeja a su lado y después me miró.

Entonces me desperté, al notar el beso que mi mujer depositó en mi frente antes de salir del dormitorio.

Vi la bandeja del café a mi lado, alargué la vista y vi a un hombre, idéntico a mí, que me observaba.

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