Onírica

16 06 2008

 

Cuando se cansó de buscarla sin éxito, decidió soñarla. La soñó joven, pero no demasiado. De mediana estatura y cuerpo menudo y elástico. La soñó con pelo negro cortado a la garçon, con cuello de cisne, ojos pardos y labios sensuales bajo una nariz angulosa y perfecta. Le soñó un trabajo hermoso e interesante, que requiriese de una previa generosidad personal: profesora de educación especial, trabajadora social, enfermera especializada en salud mental. Le soñó gustos parecidos a los suyos, lecturas similares, pasiones cinematográficas o musicales paralelas. Le soñó los olores, un aroma entre almendra y azahar en la piel, y a miel y hierbabuena en la boca. Y la soñó en el amor. La soñó tan lujuriosa como fiel, tan lúbrica como lúdica, tan ardiente y desinhibida en el lecho como tierna y divertida después, a la hora de las confesiones y los chistes íntimos.

La soñó, en fin, perfecta, única. La soñó por completo. Tan completamente que ni siquiera se quedó sin soñarle el nombre, el pasado, la familia, los orgasmos.

Y supo tan increíblemente bello aquel sueño, que decidió conformarse y no volver a intentar el acercamiento a ninguna de aquellas mujeres imperfectas que llevaba tantos años frecuentando. Tras hacerlo cada noche durante meses, acabó soñando también con ella en la vigilia, en las pausas para el café, en los almuerzos a solas, en los viajes en transporte público, en las solitarias travesías urbanas, cerrados los ojos a cualquier mujer real, porque ninguna era (porque ninguna sería nunca) la mujer soñada. Por eso, cuando se cruzó con ella, fue incapaz de reconocerla y prosiguió soñándola.








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