La violinista

11 08 2008

 

Hace tiempo que amo a la violinista del parque de Los Besos Robados. Paso el día contemplándola mientras interpreta una y otra vez las piezas que le procuran las monedas justas para sobrevivir. Como un Diógenes desocupado, deambulo a su alrededor, o me tumbo frente a ella, pero, de un modo u otro, siempre ella, siempre su música, siempre sus aromas. Su pelo negro recogido para que la barbilla pueda sostener la caja del instrumento contra ese cuello y ese hombro de piel bronceada pero tersa. Su sonrisa de diosa dormida, ampliándose unos segundos si alguien deposita una moneda en el terciopelo rojo del estuche del violín. Sus ojos negros y aindiados, entrecerrados cuando ejecuta los pasajes más difíciles, al mismo tiempo que muerde su labio inferior, ese belfo carnoso que es metáfora de otros que sueño.

Ella también me ama, aunque de otro modo. Me saluda siempre con afecto, llamándome por el nombre con que me he dejado bautizar y me acaricia. A veces hasta juega a hacerme cosquillas en el vientre. Yo me abro entonces a ella y le brindo mi sexo, pero ella nunca desciende más en sus caricias.

Otras veces soy yo quien va hasta ella. Le huelo los pies y las piernas y la hago sentirse algo turbada cuando mi nariz se sitúa entre sus muslos y aspiro el aroma de su sexo, en el que adivino sus temporadas de fertilidad, de menstruaciones, de deseo. En ese momento siempre me aparta, reprendiéndome con más sonrojo que severidad, como si comprendiera que aunque ella no me dará más de lo que me da, yo no puedo evitar desear más, que es algo superior a mis fuerzas y que mi misma naturaleza me impide dominarme. De cualquier modo, mis escarceos, por supuesto, llegan justo hasta ahí. Nunca me ha dejado aventurarme más allá en el contacto. Y sé que nunca lo hará.

Todo lo más, en sus descansos, cuando se sienta en el banco a comer su sándwich, me permite tumbarme a sus pies y me regala un trozo de una loncha de mortadela, que yo trago con avidez.

Luego, mientras aún engullo, me da palmaditas en la cabeza o el lomo. Yo la miro con dulzura y doy un suspiro, apoyando el hocico en su rodilla.

Aunque nuestra forma de amar sea distinta, creo que ninguno de los dos ha sentido nunca algo que se parezca más a la felicidad.

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