En defensa de los clásicos

18 08 2008

 

Sé que me apasiono demasiado cuando hablo de literatura. Pero, preciso es entenderlo, llevo treinta años dedicándome al oficio y mi propia obra ha sido objeto de malas interpretaciones, tergiversaciones e incomprensiones sin número. Y esto no me molesta tanto como la inexactitud al hablar u opinar sobre otras obras, perfectas, magistrales, que he amado desde siempre y que me han acompañado desde mi mocedad.

Me exaspera escuchar a un esnob, con un canapé en una mano y una copa de vino en la otra, despotricar contra Joyce sin haberlo leído, sólo porque está de moda decir que es un autor difícil; o presenciar cómo en un almuerzo un escaparatista que conoce a Shakespeare de oído coge una manzana a modo de calavera y dice “To be or not to be…” en lugar de “¡Oh, Poor Yorick…!”, que serían las palabras correspondientes a este gesto. O tempora! O mores!

Toda la ciudad conoce mi rigor, eso sí, algo vehemente, a la hora de defender la corrección en materias literarias. Por eso cuando Estrada insistió en que es Áyax y no Menelao quien abate a Pisandro en Ilíada, nadie se extrañó de que me indignara. Yo tenía razón. Lo he comprobado posteriormente. Quien desee, a su vez, hacerlo, no tiene más que acudir al Canto XIII de la obra del inmortal Homero. El caso es que Estrada insistía e insistía. Como ya sabrán ustedes, era una calurosa tarde de sábado. En la comida, ofrecida en homenaje a Viera Suárez, había otros escritores, como Bolaños y Medina. En efecto, habíamos bebido, pero sigo sosteniendo que mis facultades no se hallaban mermadas en absoluto. Nuestra conocida rivalidad literaria no tuvo nada que ver. Tampoco fue un ataque de locura, como alguien llegó a sugerir. Más bien, fue un ataque de ira, de ira incontenible ante esa desfachatez de quienes son encumbrados sin haberlo merecido; esa soberbia que, según creen, les da derecho a pisotear toda una tradición y a defender sus arbitrarias opiniones valiéndose más del carisma personal que de la razón.

Así que cuando pronunció aquella frase odiosa, aquel último escupitajo, aquel “Para ti la perra gorda, pero fue Áyax”, no pude refrenarme y le hundí en el cuello lo primero que tenía a mano. Quiso el destino que se tratara de mi estilográfica, con lo cual, le hice, quizá, un favor, ya que no se me ocurre fin paradójicamente más apropiado para un escritor, que morir por pluma ajena.

Eso fue todo. Yo no premedité nada. Pero tampoco me enajené. Fue la furia de un hombre justo la que acabó con la vida de Estrada. Nuestra rivalidad profesional no tuvo nada que ver. Y mucho menos el hecho de que Julia me hubiera dejado para irse con él. Esas cosas son soportables y superfluas. El menoscabo de los clásicos, no.

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