El vigía

15 10 2008

Vivo en el octavo de un edificio de once pisos. Antes de acostarme, cosa que nunca hago antes de las tres de la madrugada, acostumbro a fumar un cigarrillo en el balcón contemplando el parquecito que me separa del edificio gemelo. Este es un barrio tranquilo. A esa hora hay pocas luces encendidas. Nadie se asoma ya a ventanas o balcones, salvo el viejo del séptimo. Ahí enfrente, a la luz de lo que debe ser su dormitorio, están siempre su cabeza calva, su camisilla blanca, sus manos prendiendo un cigarrillo tras otro.

El viejo, inmóvil, mira al parque y mira a mi balcón. Yo, igualmente inmóvil, miro al parque y miro a su ventana. Nunca miramos al cielo. Sólo adelante y abajo, con esa atracción que el abismo ejerce sobre nuestra condición de noctámbulos solitarios.

Cuando acabo mi cigarrillo, me vengo a la cama y olvido que he visto, una noche más, al viejo. Olvido que lo he visto y olvido que ese apartamento donde lo veo lleva seis meses vacío, desde que el anciano solitario que habitaba allí se arrojó por la ventana. Nadie sabe por qué lo hizo. Como siempre, en su momento se habló de abandono, de viudez, de depresión, de soledad. Quizá esa fue la única fórmula que se le ocurrió para conciliar el sueño.

Por supuesto, no puedo contar a nadie que lo veo ahí, cada noche, fumando y mirándome. Así que he decidido escribir esto, para que alguien pueda atar cabos si mi insomnio empeora.








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