Entrada maleducada

20 10 2008
Quienes me conocen personalmente saben que soy, por educación o por carácter, esencialmente mal hablado, como suele decirse en mi pueblo. Quizá porque hay cosas a cuya descripción sólo puede acercarse un taco. En Ceremonias suelo publicar sólo textos literarios o pequeñas noticias. Nada personal, aunque algunos lectores puedan confundirme con mis personajes. El texto que sigue sí es personal. No he consultado los archivos, pero creo que es la segunda vez que lo hago. En todo caso, les advierto que mi lenguaje no será lo que se dice limpio, de lo cual quiero avisar desde ahora para que luego nadie se sienta ofendido. Hecha la advertencia, diré lo siguiente:

La muerte es una cabrona. Una auténtica hija de perra. Es cabrona y traidora. Además, la muy zorra tiene buen gusto, porque siempre se lleva a los buenos, a los justos, a los brillantes, a los bellos.

En los últimos tiempos me ha arrebatado a algunas personas cercanas, a quienes apreciaba por uno u otro motivo. Personas más o menos conocidas. Más o menos jóvenes. Pero todas ellas seres que hubiera deseado estuvieran aquí mucho más tiempo del que esa bastarda de Dios les permitió estar.

Hoy se cumple un año de la desaparición de Dolores Campos-Herrero, una de esas personas que no debieron irse. No se trataba sólo de una excelente escritora, sino de alguien de infinita generosidad personal, cuya labor alentó (y continúa alentando) a las nuevas generaciones de escritores en este lugar que tanto lo necesita. Sé que a ella no le hubiera agradado mi lenguaje, porque era una persona muy correcta, incapaz, que yo sepa, de insultar a nadie. Pero también sé que me hubiera aceptado tal como soy, me hubiera tolerado igual que siempre hizo con todos. Incluso se habría sonreído ligeramente ante mi salida de tono, con aquella sonrisa que quienes la conocimos no olvidamos.

Para conmemorarla, haremos algo que a ella le gustaba mucho: reunirnos a leer microrrelatos. Simplemente eso. Sin discursos ni seriedad. Estaremos muchos, de muchas edades, muchos gustos, muchas tendencias distintas y leeremos cuentos mínimos, eso que ella denominaba breverías (y que se le daba tan bien), improvisando el orden de las intervenciones.

Intentaremos, así, que ese espíritu inteligente y juguetón que era Lola continúe presente en esa Jam Session, como lo estuvo en todas las citas precedentes, a las que ella jamás faltó.

Será en el Matasombras de Cuasquías, (San Pedro, 2), a partir de las 20:30, hoy lunes, 20 de octubre. Estás invitado o invitada a asistir y, si escribes microrrelatos, también a leerlos.

Nos vemos allí, en el II Memorial Dolores Campos-Herrero.

Pasaremos un buen rato y haremos un esmerado corte de mangas a la solemnidad. Y, en cuanto a la muerte, por una vez, que se joda.

 

 





Para una dieta equilibrada

20 10 2008

 

En algún momento abandonó su dieta habitual y comenzó a alimentarse exclusivamente de recuerdos. Desayunaba canciones de Manzanero o Silvio Rodríguez. Almorzaba el olor de las manos de su madre o el tacto del cabello de Pablo una de aquellas tardes del verano en que hicieron por primera vez el amor. Cenaba cualquier cosa: domingos de excursiones campestres, la orla de su hermana menor, la tarde en que, al salir con Roberto del cine, comenzó a llover a cántaros y se refugiaron en la biblioteca pública.

Tardó poco en adelgazar y adquirir la apariencia cadavérica de quien se alimenta sólo de fantasmas. Aun así pasaba de largo ante mercados y restaurantes, desoyendo sus, para ella, vanos cantos de sirena.

Fue aislándose. Dejó de merendar con sus amigas, de ir a comer a casa de su madre, de salir de cena con su amante, que, desconcertado, no entendía por qué ella no respondía a sus llamadas.

Preciso es reconocerlo: se ahorraba un dineral. Pero con frecuencia se quedaba con hambre y pasaba las noches desvelada, masticando aquellos besos de su época de la universidad o lamiendo de su propia piel el salitre de unas vacaciones en Formentera.

Comenzó a sentirse mal. Terribles cefaleas, accesos de llanto, indescriptibles ardores de vientre.

Un jueves, para intentar distraerse del sufrimiento, abrió su álbum de fotos e intentó revivir primeras comuniones, cumpleaños, días del padre, orlas y entregas de diplomas, vacaciones con Roberto, fiestas con Pablo. Conocía bien todas aquellas instantáneas. Pero ya no eran las mismas. En éstas de ahora, se daba una extraña circunstancia: ella no aparecía con la edad que tenía en los momentos en que fueron tomadas. Ni siquiera con la de ahora, sino con una edad que aún no había cumplido. En las fotos, aparentaba tener unos setenta años. Era una anciana flaquísima, de pelo blanco, rostro tremendamente arrugado, labios secos y fruncidos en un mohín de hastío, ojos invariablemente tristes. Una vieja triste y sola que, a lo largo de los años, se había alimentado única y exclusivamente de recuerdos.

Al reconocerse en ella, comprendió.

Sacó del congelador un estofado que había sobrevivido a su no tan lejana etapa de omnívora y, mientras el microondas lo resucitaba, arrojó el álbum de fotos a la basura y marcó en su teléfono el número de su amante. Ese día no le apetecía cenar sola. 








A %d blogueros les gusta esto: