El anfitrión

22 10 2008

 

Los escritores fueron convocados. Como se les dijo que habría cóctel y canapés, acudieron todos sin excepción, desde el incierto diletante al maestro indiscutible. Palmeándose o mostrándose espaldas, mirándose de frente, de reojo o desde arriba, según quién y a quién, estrechándose manos o intercambiando besos, disfrutando del que ellos suponían merecido ágape cuando, de pronto, sonó la voz del anfitrión, quien ordenó la amputación de las manos de todos los asistentes, un momento antes de que un ejército de verdugos, enormes e imperturbables, se aplicara rápida y eficazmente a la tarea. Fueron trasladados después a sus respectivos domicilios, previa asistencia sanitaria, mientras aún se oían las quejas y los sollozos de quienes no se habían desmayado.

Un mes más tarde, casi la mitad de los escritores había aprendido a escribir con los pies. El anfitrión volvió a convocarlos, prometiendo un suntuoso banquete de desagravio. Cuando estuvieron reunidos, los verdugos se pusieron rápidamente a trabajar. Pero en esta ocasión decapitaron a todos aquellos que no habían aprendido a escribir con los pies, y cortaron los pies de quienes sí lo habían hecho.

Nuevamente en su casa, la mayoría de los escritores supervivientes desistieron de proseguir con su oficio. Pero, unos pocos, en concreto, diez, aprendieron a teclear con la nariz.

Para la siguiente atrocidad no hubo convocatoria pública. Los verdugos, organizaron en pelotones nocturnos, fueron entrando en las casas de los escritores y llevaron a cabo la matanza en una sola madrugada de cuchillos sanguinolentos e inútiles peticiones de clemencia. Ejecutaron a todos los escritores, menos, por supuesto, a aquellos diez nasoamanuenses, a quienes cortaron la nariz.

De esos diez, tres aprendieron a utilizar la pluma con la boca. Los restantes fueron ejecutados anoche.

Hoy nos convocó nuevamente el anfitrión. Tres suntuosos carruajes vinieron a buscarnos. Asistimos, resignados, a las que creíamos nuestras últimas horas.

El anfitrión nos agasajó con un majestuoso banquete y nos agradeció, no sólo nuestra asistencia, sino lo que él describió como nuestra paciencia infinita. Luego se comprometió a mantenernos durante el resto de nuestras vidas, y, cuando éstas cesaran, a publicar nuestras obras completas, erigir monumentos conmemorativos en nuestra memoria, poner nuestros nombres a calles, bibliotecas y centros educativos. También se responsabilizó, en adelante, de liberar cualquier suma que considerásemos, y satisfacer cualesquiera necesidades (o caprichos) que llegásemos a imaginar. Pero todo esto con una única aunque ineludible condición: que continuásemos escribiendo.

En mi casa, al regreso de esa visita en la que temí hallar la muerte, he entendido el verdadero propósito del anfitrión, el objetivo que se escondía tras su aparente crueldad.

La pluma se desliza con lentitud sobre el papel. Mi saliva produce borrones en los senderos tortuosos de la tinta, pero ahora (sólo ahora) sé cuál es el verdadero sentido de mi existencia. 


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7 responses

22 10 2008
Dánae

Shhh!! Estoy en el cole, en el aula virtual y mientras habla la profe leo tus cuentos. Me gustan mucho, más que los poemas esos que estabas escribiendo últimamente. Estoy estudiando mucho para ser como tu de mayor, jejeje. Aunque en ocasiones, me ocurren estas cosas y me distraigo. Mira, te propongo la cita de la semana, que tiene que ver algo con este relato y que es de nuestro amigo Unamuno:
“Digámoslo de una vez: no se trata de evitar el dolor, porque el dolor es inevitable; se trata de escoger las consecuencias del dolor.” Muchos besos grandote.

22 10 2008
Alexis Ravelo

Bueno, si quieres ser calva y desvergonzada, allá tú… jajaja.

22 10 2008
Maldini

Ahora ya entiendo por qué se llama Matasombras (aunque Berbel se empeñe en querer llamarlo Mataluces).
Creo que el año que vien estré gravemente efermo o terriblemente muerto o definivamente Nobel.

Si yo hubiera sido uno de los tres… hubiera cogido la pluma, esa, de las de antes, con punta y afiladas, y la baba se me hubiera mezclado con la tinta sangre de mi corazón. Plumazo a plumazo, puñalda a puñalada me hubiera descorazona, y ya no sería ni escritor ni nada que se le pareciera a un ser humano, o sea, escritor.

Si otro hubiera sido el pinche Becerra, yo le hubiera dejado la lengua; todo lo contrario que hicieron con Jara, para que siguiera improvisando con palabras lo que debería plasmar en papel aunque fuera con la punta de la p… pluma.

Y si el otro superviviente hubieras sido tú….

Bueno, no quiero pensar en quién demonios era el anfitrión, pero seguro que era editor.

PD: Cabrón

22 10 2008
Alexis Ravelo

Qué va, Maldini… El anfitrión mola…

PD: Déjate de visitar blogs y escribe, mamón.

23 10 2008
Dulce

Si es que os empeñais en escribir cuando lo más interesante es la tradición oral, a que no les cortó la lengua??? Cuentacuentos!!! Jeje con cariño.

23 10 2008
Lunática

Se nace como se muere…se vive como uno es.
Anfitriones, escritores, amigos, cuentacuentos, escultores, pintores, poetas…Todos lo son desde su inicio en la existencia.
Los crueles también…y la vanidad ayuda a todos

25 10 2008
Dánae

Calva no!! Desvergonzada un poco si que soy, pero no tanto como tu, pero si algo tenemos en común es que los dos desayunamos alpiste, jajajajaj.

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