Oratoria

26 10 2008

 

Había un hombre al que le gustaba mucho hablar. Pero más que hablar, le gustaba escucharse. Como este hombre era profesor de universidad, doctor y especialista en diversos autores bastante desconocidos para el gran público pero muy apreciados por los académicos y la crítica, tenía muchas oportunidades para hacer aquello que más le gustaba y  no sólo cobraba por ello, sino que, al finalizar, le daban la mano, le palmeaban la espalda y le permitían ser el centro de los banquetes posteriores, donde, ahora gratis, continuaba hablando sin parar, escuchándose a sí mismo con fruición infinita.

Pasaron los años y el hombre hablaba y hablaba, escuchando con atención, casi con idolatría, las frases que salían de sus propios labios, las cuales le parecían siempre muy brillantes. Tanto le gustaba escucharse a sí mismo que sus orejas comenzaron a crecer y a crecer. Pero al hombre no le interesaba en absoluto lo que pudieran decir los demás, probablemente menos inteligentes y sin duda menos ingeniosos que él. Por tanto, sus enormes orejas de chimpancé fueron orientándose, poco a poco, pero inevitablemente, hacia su boca, hasta que casi ocultaron su rostro por completo. Aún quedaba entre los lóbulos una rendija que cumplía la doble función de permitir entrar el oxígeno y la salida de sus importantes palabras para que el auditorio pudiese también disfrutar de su arte. Desgraciadamente, esa exigua abertura desapareció una tarde en que este señor tan serio y tan elocuente explicaba su proyecto de escribir una serie de setenta y ocho poemas dedicados a una parada del metro en la que había perdido su Mont Blanc. Tan original e interesante le resultaba la idea, tan eficaz le parecía la forma de expresarla, que sus orejas acabaron por taponar completamente su boca y sus fosas nasales. Así que el hombre pereció asfixiado en medio de su discurso, dándose la terrible circunstancia de que lo hizo sin poder escuchar las que hubieran sido sus últimas palabras, sin saber cuál sería la última gran sentencia que regalara a la posteridad.








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