Ambrose Gwinnett Bierce

12 11 2008

Un lector es un bicho que se pasa la vida encontrándose y reencontrándose con determinados textos y autores. Así me ocurrió a mí con Ambrose Bierce, de quien fui teniendo noticia de forma intermitente a lo largo de los años. Cuando hace algún tiempo Eduardo González Ascanio me habló de su interés por él, yo casi no recordaba que había leído Un habitante de Carcosa en Los mitos de Cthulhu, la estupenda antología que en torno al denominado Círculo de Lovecraft publicó Rafael Llopis en 1969 y que destrocé a fuerza de manosearla a partir de mediados de los ochenta. Tampoco recordaba que Carlos Fuentes se había inspirado en su biografía para escribir Gringo viejo ni conocía muchos detalles de aquella. En esos días, gracias a González Ascanio, que siempre me descubre o me hace reparar en universos literarios que desconozco (son tantos), leí sus cuentos de soldados y de civiles, los de su Club de los parricidas y algunos de los de fantasmas, además de una selección de entradas de su Diccionario del Diablo. Cuentos como Aceite de perro o Un encargo infructuoso se cuentan hoy entre mis favoritos.

Sepa quien aún lo desconozca, que Bierce fue famoso por su ironía, su espíritu sarcástico, sus sátiras políticas y sus cuentos de horror. Dipsómano y asocial, en ocasiones violento, pero siempre brillante, fue llamado “el hombre más perverso de San Francisco” y su talento era tal que un joven y ambicioso William Randolph Hearst hizo lo imposible por incluirlo en su nómina. No obstante, lo que más parece atraer de su vida es, paradójicamente, el fin de la misma, cuando, ya anciano, decidió viajar solo al México revolucionario y desapareció para siempre sin dejar rastro.

Si he vuelto a acordarme de él y su literatura es porque en los últimos días, por esas cosas de los paseos por las librerías en el día de cobro, ha caído en mis manos una edición completa y bastante cuidada de Diccionario del Diablo y nunca me parece mal momento para recomendar la lectura de este iconoclasta irredento.

Porque para botón una muestra y porque a Bierce es mejor leerlo que comentarlo, transcribo algunas definiciones, escogidas más bien al azar:

abstruso, adj. Cebo de un anzuelo vacío.

academia, s. Originariamente, un bosquecillo en el que los filósofos buscaban un sentido en la naturaleza; hoy en día es una escuela en la que los imbéciles por naturaleza buscan un sentido en la filosofía.

boda, s. Ceremonia en la que dos personas se comprometen a volverse una; una acepta no ser nada; y la nada se compromete a ser tolerable.

cañón, s. Instrumento utilizado para la rectificación de las fronteras nacionales.

culpable, adj. El otro.

invasión, s. El método más utilizado por el patriota para demostrar su amor por su país.

mano, s. Curioso instrumento que se encuentra en el extremo del brazo humano y tiende a introducirse en los bolsillos ajenos.

oyente, s. Persona que encuentra en los comentarios de un orador algo especialmente estimulante para pensar en sus propios asuntos.

santo, s. Pecador difunto, corregido y revisado.

una vez, loc. adv. Más que suficiente.

vanidad, s. Homenaje de un necio a la valía del asno más próximo.


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3 responses

12 11 2008
Eduardo González Ascanio

No conocía esa caricuatura de Bierce, que tan bien le cuadra. Esta reseña me trae recuerdos. Por ejemplo, las definiciones de Diccionario del Diablo repartidas en folio entre el público, en el Cuasquías.
Gracias por enlazar mi blog. Hasta otra.

12 11 2008
Alexis Ravelo

Vale por El puente sobre el río del Búho que no te he devuelto. Un abrazo.

21 04 2012
Bierce, la crueldad inteligente « Ceremonias

[…] los parricidas y otras historias macabras, un libro de un escritor genial del XIX norteamericano: Ambrose Gwinnett Bierce. El clan de los parricidas y otras historias macabras, de Ambrose Gwinnett Bierce, Madrid, […]

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