Televidencias

26 11 2008

Ella lo abandonó un viernes. Él se pasó el fin de semana ante el televisor. El lunes decidió que debía salir de casa y bajó a comprar la prensa en el quiosco de enfrente. Y así fue como ocurrió la desgracia. No es cierto que se cruzara intencionadamente en la trayectoria del camión. Simplemente pasó que, al verlo venir, se quedó parado buscando junto a sí el mando a distancia.

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Lugares comunes: Al principio

26 11 2008

Anzuelos, patadas en la cara, trampas mortales, escotes sugerentes que te obligan a querer ver más. Son los comienzos. Quien golpea antes, golpea dos veces. La historia de la literatura está llena de buenos primeros golpes. Para empezar, el título de esta entrada, Al principio, es el comienzo de un libro de libros, la Biblia. Sabes que tengo de cristiano lo que un numerario del Opus de progresista, pero nunca he dejado de ser un lector fascinado (aunque laico) de ese libro.

Hay muchos comienzos, tantos como libros. Incluso hay comienzos magníficos de libros que luego no están tan bien ejecutados. También hay libros estupendos que no empiezan tan bien (Ulises, de James Joyce, pido perdón a los puristas, es un ejemplo de ello). Sin embargo, nunca ha dejado de impresionarme la habilidad de quien logra sumergirnos en la trama desde las primeras líneas. Aquí van algunos ejemplos elegidos casi al azar. Seguro que conoces la mayoría. En caso contrario, dime si resistirás la tentación de zambullirte en esos textos tras leer estos arranques. Me salto algunos eminentes, como El Quijote, e incluyo indistintamente cuentos, novelas y ensayos. Ahí van:

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un horrible insecto.

Franz Kafka. La metamorfosis.

Desde detrás de la hilera de arbustos que rodeaba el manantial, Popeye contempló al hombre que bebía. Una senda apenas marcada llevaba desde el camino hasta el manantial. Popeye había visto cómo el forastero –delgado y alto, sin sombrero, con unos gastados pantalones grises de franela y una chaqueta de tweed cruzada sobre el brazo- avanzaba por la senda y se arrodillaba a beber.

William Faulkner. Santuario.

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra.

Jorge Luis Borges. Las ruinas circulares.   

Estaba casado con una mujer lo arbitrariamente hermosa para que, a pesar de su juventud insultante, fuera superior a su juventud su hermosura. Ella se masturbaba cotidianamente sobre él, mientras besaba el retrato de un muchacho de suave bigote oscuro.

Agustín Espinosa. Crimen.

Tantas cosas que empiezan y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar el dibujo al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda vez te diste cuenta de que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre: la calle en su momento más solitario, ningún carro celular en las esquinas próximas, acercarse con indiferencia y nunca mirar los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés por la vidriera de al lado, yéndote enseguida.

Julio Cortázar. Grafitti.

La señora Dalloway dijo que ella misma se encargaría de comprar las flores.

Virginia Woolf. La señora Dalloway.

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en su padre lo llevó a conocer el hielo.

Gabriel García Márquez. Cien años de soledad.

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.

Albert Camus. Lo absurdo y el suicidio.

En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos. Cada mañana a primera hora salían de la casa en que vivían y, cogidos del brazo, bajaban por la calle en dirección al trabajo. Los dos amigos eran muy diferentes.

Carson McCullers. El corazón es un cazador solitario.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.

Juan Rulfo. Pedro Páramo.

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en ves de destruirlos o embotarlos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno.

Edgar Allan Poe. El corazón delator.

Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca. Me dijeron su nombre, el auténtico, y también algunos de los nombres falsos que había usado a lo largo de su vida secreta…

Antonio Muñoz Molina. Beltenebros.

Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estómago y de su vagina.

Juan Carlos Onetti. Cuando ya no importe.

Esta carta, amiga mía, será muy larga. He leído con frecuencia que las palabras traicionan al pensamiento, pero me parece que las palabras escritas lo traicionan todavía más.

Marguerite Yourcenar. Alexis, o el Tratado del inútil combate.

Hasta aquí. El resto en tu biblioteca. Esto no es más que el principio.








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