Sobre la producción de humo

12 12 2008

 

Había un hombre que vendía humo. Sus principales clientes eran políticos, asesores de políticos, o asistentes de asesores de políticos. Quedaban, por lo general, muy contentos con el resultado de la compra a aquel vendedor de humo, que era un vendedor de humo realmente bueno, elegante, intelectual, con varias licenciaturas, un prestigio a prueba de críticas de la oposición y una fama de hombre de mundo que nadie había puesto jamás en duda. Sus viajes por los cinco continentes, su amistad con un primo segundo de Gabo, la historia de un encuentro casual con Borges y Kodama en el aeropuerto de La Guardia, por ejemplo, eran aceptados en la región como verdades axiomáticas.

El vendedor de humo era asiduo de cócteles, jornadas, congresos, mesas redondas y homenajes; jurado eterno en concursos y premios; invitado de honor en fiestas patronales y habitual pregonero de fastos en toda la comarca, pero como se trataba de una persona humilde, solía convertirse él mismo en padrino y ocasional anfitrión de jóvenes aspirantes a vendedores de humo o valedor y vindicador de viejos vendedores de humo caídos en desgracia, a quienes asistía en sus horas bajas, aprovechando, además, para producir con esta excusa mucho más humo y cuidando de que, ni jóvenes ni viejos, invadieran su cuota de venta, pues, sabido es, mientras que la producción de humo puede llegar a ser infinita, los recursos destinados a su compra son siempre limitados, sobre todo en época de crisis.

Por supuesto, el vendedor de humo se cuidaba de no nombrar por su nombre a la mercancía. De hecho, el nombre del humo que vendía este vendedor, así como su forma de presentación, cambiaban a cada ejercicio para que políticos, asesores de políticos y asistentes de asesores de políticos pudieran presumir de su buen hacer a la hora de invertir los fondos públicos en propuestas innovadoras y útiles a la sociedad.

Hoy, desaparecido el vendedor de humo (el humo es eterno; el hombre no), hay una placita, con busto y placa conmemorativa, que lleva su nombre, y su figura como maestro en la venta de humo es homenajeada frecuentemente por las nuevas generaciones de vendedores de humo, quienes aprovechan la ocasión para producir, envasar y vender más humo (eso sí, un humo más moderno, más sofisticado, más a la altura de los tiempos, pero, al fin, el mismo humo) a políticos, asesores de políticos y asistentes de asesores de políticos, que se muestran encantados y así, dale que va, renovando humos, reproduciendo medriocridad.








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