Cuidado de los zapatos

17 12 2008

 

Foto: Pedro Valtierra

Para Muntazer al Zaidi.

Me amenazó. Yo limpié mis zapatos.

Él y sus sicarios se acercaron a mi casa. Yo limpié mis zapatos.

Entraron en mi casa, mataron a mi hermano, vejaron a las mujeres de la familia sin dejarse atrás a las ancianas, a las niñas. Me torturaron. Cuando limpié mi sangre y la de los míos, comprobé si habían quedado intactos mis zapatos.

Son unos zapatos humildes. De fabricación en serie y bastante económicos. Pero son míos. Los he mantenido impolutos durante mucho tiempo. Todos pensaron que los utilizaría para huir. Sin embargo se mantuvieron firmes, con mis pies en su interior, en la entrada de mi casa.

Pronto llegará el momento de darles su utilidad. Él se acerca para despedirse; para mostrar la más hipócrita de sus sonrisas, disculparse levemente por lo que denomina sus errores, arrojar pelillos a la mar y acallar los llantos con sus aquí no ha pasado nada.

Cuando esté a mi alcance, simplemente me quitaré los zapatos y se los lanzaré a la cabeza. Ya imagino a sus esbirros, arrojándose sobre él para protegerle, sobre mí para apalearme, al grito asustado y desmedidamente absurdo de “¡Cuidado! ¡Va armado con unos zapatos!”  





Cuidado de los jarrones

17 12 2008

 

El jarrón azul había sido un regalo de boda de la tía Gertrudis y, como ambos la apreciaban mucho, ocupaba un lugar privilegiado en el comedor.

Durante años, él cuidó de que contuviera siempre flores nuevas, mientras que ella procuró diariamente agua limpia con su poquito de aspirina para que rosas, claveles o petunias no se marchitaran.

Dos décadas más tarde, seguía ahí, en el aparador, un poco más descolorido, con flores no tan frescas, con el agua no tan reciente, algo hedienta a pozo. Ellos, acostumbrados al olor, prácticamente no lo notaban y sólo incomodaba a las visitas, cada vez más infrecuentes.

Pero aún era el jarrón azul que la tía Gertrudis había hecho entrar en sus vidas el mismísimo día en que comenzaron a habitar aquella vivienda para convertirla en un hogar.

Lo hizo caer al suelo la vibración de un portazo la mañana en que él se fue.

Ella guardó los pedazos hasta su regreso.

Y, cuando eso ocurrió (porque después de veinte años es difícil dormir solo y hubieron de resignarse), los pegaron con mimo, trozo a trozo, con sincera buena intención y uno de esos adhesivos cuya acción es presuntamente irreversible.

El jarrón regresó a su sitio, en el aparador. Volvió de nuevo a ser el jarrón azul obsequiado por la tía Gertrudis, fallecida hace ya tanto.

A simple vista, parecía el mismo de toda la vida. No había ningún signo externo del trauma pasado ni del remedio posterior. Él continuó trayendo flores cada poco tiempo, pese a que ya no se conseguían rosas, petunias o claveles tan espléndidos como las de antes, porque los invernaderos ya no eran lo mismo. Y ella siguió, día a día, cuidando de que no les faltara agua, aunque resultaba imposible, pues alguna fisura quedó sin sellar y al cabo de las jornadas interminables acababa formándose un charquito bajo el aparador.

Ahora han hallado la solución: las flores de plástico. No requieren agua ni recambios. Y su fealdad no es tan grave.

Bastará pasar rápidamente junto a ellas, permitir que acumulen polvo con indiferencia, evitar mirarlas de frente para no reparar en su vano artificio, y obviar la evidente necesidad de deshacerse del jarrón azul, obsequio de tía Gertrudis, tan inútil, tan triste, tan gastado, que les recuerda que su hogar ha vuelto a convertirse en una mera vivienda.








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