Cuidado de las piedras

2 01 2009

Suponía que tendría que ver con su infancia, con aquel pasado de hijo de cabrero en un pueblo ignominioso, donde, como solía decir, entre don Tomás el cura, don Adelino Rebollo, el propietario, y su hijo, Rebollo (que debía de tener un nombre pero a quien en sus confidencias él siempre se refirió apelándolo por el apellido: Rebollo, así a secas, como el maestro debía de mencionarle, un niño seboso, mimado y abusón), le habían amargado la existencia. Sabía eso, pero no sabía más, aparte de que a ella siempre la sacó de quicio aquella manía suya de la piedra de marras. Qué se le iba a hacer, Andrés era así, tenía esas rarezas.

Cuando se conocieron, la piedra ya estaba allí, en su cuarto de la pensión donde la beca le permitía malvivir, como pisapapeles en el escritorio mínimo en el que se quemaba las pestañas. Jamás se separó de ella mientras aprobaba curso tras curso, o se graduaba, o iba obteniendo sus primeros trabajos. Se la llevó consigo más tarde, al piso de soltero donde, en los días en que planeaban la inauguración del primer almacén, concibieron a la niña.  

La piedra fue con ellos de luna de miel, pese al estupor de Marta. El día en que se mudaron a la casa nueva, intentó aprovechar la oportunidad para convencerlo de que se deshiciera de ella, pero él, como siempre, dijo aquello de que la tenía desde niño y, aunque, como era su costumbre, no explicó exactamente por qué, ella asumió, también como acostumbraba, que debía de ser especialmente significativa para él y Marta lamentó aquel nuevo intento de hacerla desaparecer.  

En vacaciones, siempre la descubría allí, en un rincón de alguna de las maletas, viajando con la familia igual que sus cepillos de dientes o sus colonias. Innecesaria, fea, repugnante: la piedra vulgar de forma redondeada y el tamaño de un puño. Ni siquiera era de cuarzo o feldespato. Tampoco era una piedra volcánica o una cornubianita. No tenía una forma especialmente singular. No era más que una piedra corriente y moliente, como una de tantas que hoy día aún era habitual encontrar en el pueblucho en que Andrés se crió y al que sólo habían vuelto para ir enterrando a sus familiares. “La tengo desde niño”, fue siempre su explicación. Por más que Marta preguntara insistentemente, él no respondió nunca más que eso. Todo lo más, en alguna ocasión llegó a añadir: “Es un recuerdo”.  

A lo largo de los años, Marta llegó a estar incluso celosa de la piedra, que podía ser un regalo de un primer amor, o el símbolo del recuerdo de un primer beso, una primera caricia, un primer deseo. Lo que no imaginó cuando se conocieron, fue que la piedra continuaría acompañándoles aún en la vejez. Incluso en aquel mismo viaje que hicieron para celebrar su jubilación, con el negocio en manos de los chicos. Pero mucho menos imaginó (piensa que Andrés tampoco, pero sobre eso no se atrevería ya a asegurar nada), que en la misma estación de esquí a la que habían ido a pasar esas vacaciones (las últimas para Andrés), coincidirían con aquel anciano gordo y calvo que resultaría ser, precisamente, Rebollo. Así se lo dijo Andrés, señalando con la mirada al otro lado del comedor, donde el gordo se abalanzaba sobre un pavo indefenso, rodeado de quienes debían de ser sus hijos y nietos. Unos segundos después, se excusó con ella y se levantó. Marta supuso que iría a saludar al conocido de la infancia, quien, por muy hijo de terrateniente que fuese, se alegraría del encuentro. Pero no. Andrés desapareció del comedor por la puerta que daba a las habitaciones y no volvió hasta pasados unos diez minutos.  

Marta lo vio todo desde lejos: su marido, algo encorvado ya, pero siempre aquel hombre alto y fornido cuya forma de caminar aún la enamoraba, reapareciendo en la sala repleta de comensales; haciéndole un guiño cómplice y algo burlón al pasar junto a ella; avanzando sin detenerse hasta la mitad del comedor, a unos diez metros de donde su paisano se encontraba; parándose allí con algo en la mano derecha. Le dio un vuelco el corazón en el instante en que Andrés hizo una cosa de la que ella nunca le creyó capaz: gritar a todo pulmón un nombre, llamando la atención de todos los comensales, que se callaron al momento y miraron en su dirección, igual que Rebollo, el aludido, que hizo girar su enorme cabeza sobre su seboso cuello de toro e inició una sonrisa al reconocer a Andrés. Y entonces, ocurrió algo aún más inaudito: como si ocurriese a cámara lenta, la mano de su marido se alzó, tomando impulso, y arrojó hacia la cabeza abominable aquel objeto de la infancia, aquella piedra que siempre imaginó recubierta de cariño, y que, por el contrario, estaba barnizada con el amargo engrudo de la hiel.  

“Te devuelvo lo que le diste a mi padre”, añadió Andrés, resignado ya a la tangana posterior, que resultó incruenta gracias a la rápida intervención de los camareros, quienes evitaron que dos de los hijos de Rebollo lo hiciesen trizas mientras sus mujeres y una hermana socorrían al otro, que no había salido tan mal parado, pues la piedra no le había dado de lleno y no tenía más que una pequeña brecha en la sien.  

Mientras hacían las maletas y escuchaban las explicaciones del director del hotel (debían comprender que dado el conflicto que se creaba, y teniendo en cuenta que el agredido etc. etc.) ella decidió que no podía hacer otra cosa que apoyarle, aunque no pareciera necesitarlo, porque, cosa curiosa, observó, por primera vez en su rostro, una sonrisa de dimensiones y profundidad inéditas. La única sonrisa realmente feliz que había mostrado en su vida. Aceptaron la expulsión del hotel sin resistirse ni protestar. La única condición de Andrés, inexcusable, fue rápidamente atendida: la devolución de la piedra.  La demanda de Rebollo no llegó a juicio, ya que la apoplejía de Andrés tuvo lugar solo una semana más tarde. Cuando le sobrevino, todavía conservaba aquella felicidad silenciosa.  

Ahora, cuando ya casi acaba el velatorio y van a cerrar el ataúd, la viuda pide quedarse un momento a solas con el cadáver de su marido. Ruega a sus hijos, a los familiares, a los amigos que la dejen sola con él unos minutos antes de que el capellán venga decir el responso.  

Por primera vez desde el fallecimiento, deja de llorar, seca sus lágrimas, se suena, saca de su bolso un objeto redondo y vulgar, una mera piedra de camino que un día debió de tocar la frente de un hombre noble (aunque años más tarde, golpeara también la de un hombre vil), y la coloca dentro del féretro, justo al alcance de la mano derecha del difunto, aquella mano que tantas veces tuvo entre las suyas, aquella que tanto la acarició, y que solo una vez se levantó para ejercer la violencia, haciendo, justo al mismo tiempo, justicia.        


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17 responses

2 01 2009
El nieto del abuelo

Alexis, consigues siempre sorprenderme. Todos guardamos piedras en nuestros trasteros. Lo que pasa es que no siempre reunirmos el coraje de lanzarlas contra quienes se lo merecen. Enhorabueno por este relato.

2 01 2009
auai alvarado

No soy amiga de venganzas; es más, creo que hay que tener paciencia para que sea la vida quien la ejerza en nuestro nombre, lo cual casi siempre ocurre.
Pero… por si acaso, no está de más guardar una piedra en el bolsillo, y poder irnos con una sonrisa de satisfacción. ¡Hay tantos rebollos impunes!
Un beso, Alexis, y que el nuevo año sea estupendo para tí.

2 01 2009
susi alvarado

Ves? Te dije que no era amiga de venganzas…la vengativa es auai, no yo.
Hasta el ordenador lo sabe y cambia las letras, je, je.

2 01 2009
Alexis Ravelo

Gracias, Ricardo. Ya he visto las locuciones de García Cabrera y me gustaron mucho.
Gracias y buen año para ti también, Susi. Es un placer que te pases por aquí.
Y que les conste, yo tampoco soy amigo de venganzas. Pero sí de hacer justicia, aunque sea simbólica. Así que propongo: ni un Rebollo sin su piedra, ni un Bush sin su zapato, ni un Pinochet sin su juicio, ni una fosa común sin abrir.

2 01 2009
Gonzalo Berzosa

Genuino. Sorprendente. Yo tampoco soy amigo de venganzas… pero, he de reconocer que me he quedado agusto con este final. Como con casi todos tus relatos. Por cierto; ya leí “Tres funerales para Eladio Monroy”. Joder! estoy deseando leer el siguiente libro!! Paso por “Ceremonias” furibunda pero intensamente. Un abrazo.

2 01 2009
Alexis Ravelo

Un abrazo, Gonzalo. Cuánto tiempo sin saber de ti. Espero que los hados te estén siendo favorables.

2 01 2009
Atiarcar

A veces sólo quien se siente libre de culpas se muestra reacio a arrojar la primera piedra; carece de imaginación. En otros momentos son mayoría quienes se agachan para que la piedra nos les golpee; tienen reflejos aunque les falte vergüenza.
Muy bueno Alenjandrito, pero ¡coño! ¿Por qué el malo siempre es calvo?
-Buen y solidario 2009.

2 01 2009
Alexis Ravelo

En este caso, porque es viejo, Atiarcarcito… También es gordo. jejejejejeje

2 01 2009
Lunática

Empezé a leer e imaginaba otro final.
Todos parecen estar de acuerdo con la “no venganza” y yo no voy a ser diferente a ese parecer. Es una lástima, sin emnargo, que toda su vida haya estado esperando para hacer “justicia” ya que de esa manera se olvidó de sonreír..y cuando lo hizo, se murió.
No quiero pasar por la vida así: esperando.

(Este cuento me ha recordado “un amuleto” de la adolescencia. Era un pequeño colgante de cristal de color azul en forma de delfín que me encontré por casulidad en la calle. Iba conmigo a todas partes, especialmente en los acontecimientos importantes como podía ser un examen. Aún lo guardo en algún cajón oculto de las miradas indiscretas, pero creo que lo mejor que hice fue deshacerme de su influjo “maligno”. Ahora sonrío. No espero).
Besos, Alex.

3 01 2009
Alexis Ravelo

Una sonrisa es el mejor amuleto, Lunática.
No quería escribir una historia sobre la venganza, sino sobre la constancia. En este mundo de hoy donde todo es tan confortable y nos quejamos tanto, uno echa de menos la forma de ser de las personas de otras generaciones que, pese a todo sus defectos, solían poseer esa virtud, que bien podría confundirse con la mera cabezonería. Me interesaba indagar en eso.
En cuanto al motivo (que viene, como sabes, del latín motivus, termino que se refiere al movimiento, y que en ética alude al “motor”, que mueve las acciones), me venía muy bien, como tema, la afrenta hecha impunemente por alguien poderoso a alguien humilde, en una época en que esto era normal. Creo que es un símbolo de muchos años de historias de ignominia entre poderosos y humildes en este país que ahora tiende a la “amnesia general”. Quizá muchos de los males socio-políticos de la España de hoy provengan de ese empeño en perdonarlo todo, que pasa por el olvido, no ya sólo de las afrentas, sino de los crímenes.
Nuestra generación es heredera de esa meliflua tradición de la amnesia. Y cuando se habla cosas como el Pazo de Meirás, la Banca March o las fosas comunes que ahora empiezan a abrirse, yo siempre recuerdo las palabras de Dolores Ibárruri: “Ni olvido ni perdón”. Y no lo hago porque sea un hombre vengativo, o un jacobino irredento. Sino, simplemente, porque lo contrario no es sano. Las piedras manchadas con la sangre de gente indefensa no desaparecen. Siguen ahí, con su presencia inalterable que recuerda la infamia e impide que una sociedad se convierta en una sociedad de cimientos sólidos mientras no se imparta justicia.
Y, por una vez, citaré a José María Aznar: “Vaya rollo que he soltao”.

3 01 2009
Dulce

Si, es verdad que a todos nos asusta tomarnos la justicia o la venganza por nuestra mano, pero tampoco se puede olvidar, ni dejar pasar impune una ofensa, una injusticia, una maldad…La vida lo deja todo en su sitio, otras veces hay que ayudarla un poquito.

6 01 2009
Piel Canela

Totalmente de acuerdo con Dulce.
Yo no le llamaría venganza, simplemente justicia…. y la vida hace justicia por si misma pero es mas reconfortante ver que esto sucede con una ayudadita. Además es como las leyes creadas por el hombre cuando se dicta una sentencia.
😉

9 01 2009
Maite

No me parece que hayas soltao un rollo…
Yo que soy de perdonar, pero más por uno mismo, por el lastre que uno suelta. Digo que no hay que confundir “perdón” y “olvido” con “injusticia”. Con: me es más fácil, mirar para otro lado, cerrar oídos, ojos y boca. Dar la espalda a todo con la excusa de: “eso no va conmigo”…
La “constancia”, palabra mágica, conseguidora de tantas cosas, imposibles de alcanzar sin ella.
La “amnesia”, bonito placebo, mucho peor que la “ignorancia”, por convencimiento.

12 01 2009
Ani

Escribes Un globo , dos globos, tres globos y Lunatica tiene que decir siempre que le falta algo, le sobra algo, a uno lo inflaron menos que al otro porque el inflador de globos tenía un problema existencial y le dió por ahí … Una cosa es pensar con las historias, que realmente son para pensar y otra cosa es leer una cosa y ponerse a rebuscar como si hubiese que descifrar un gelogrífico. Si las historias son muy claras, aunque cada uno las interpreta según su vida, es una interpretación, no es para tanto. Si oye el Unicornio Azul de Sivio, capáz y dice que no es un Unicornio, que es la burra de Tejeda, la Sofía. Es como el empollón de la clase. Relaciono a algunas personas con cierto libro que me leí en el que se habla de un chat de literatura en el que había un personaje similar

12 01 2009
Ani

Alexis, una historia preciosa,la que más me gustó de todas las que están en el foro. Y perdona por mi comentario de antes,es que tengo una mochila llena de piedras y me las estoy quitando a base de sinceridad.Un Saludo…

13 01 2009
Carlos de la Fé

Ani, estoy contigo, desde lo más profundo de mi mochila. Allá cada quien con la suya. Lunática tiene el maldito don de saber escribir, dónde sea, cuándo sea, a la hora que sea, incluso cuando no está escribiendo, y tiene todo el derecho del mundo a escirbir sobre lo que le recordó una frase en un texto que tenia la palabra exacta que le dijo el chico de quinto C, en cuarto grado cuando el gato se estaba quedando sin pelo y le pegaron un pelotazo que le recordó aquella primera vez que… Ummmm, ya iba siendo hora de que te quitaras las piedras a base de sinceridad, pero las piedras, no necesariamente hay que quitárselas tirándolas contra los demás, a pesar o gracias al maravilloso cuento de Ale; a veces basta con dejarlas caer de la mochila y preguntarse por qué carajos iba yo cargando con este peso. En cualquier caso, no comparto tu opinión, pero mataría por el derecho que tienes a expresarla y, si fuera necesario, me presto como blanco (mucha puntería has de tener para acertarle a un esqueleto).
Ufff, ya, no?
Ahí nos vemos, o no.

13 01 2009
Ani

Tienes razón Carlos, igual no he estado muy acertada, pero me ha molestado mucho un comentario que ha hecho de otro tema donde utiliza la palabra ” mediocridad” de una forma que no me parece lógica, es una palabra que está muy de moda ahora y para mi gusto se le está haciendo un uso indebido de ella. Creo que todos tenemos que tener en cuenta que ésto es público y que algunos comentarios pueden molestar . Que Alexis lo haya escrito en un relato, vale, es un relato, pero utilizarla de manera ofensiva y totalmente fuera de contexto no me parece bien. Que conste que no voy a por nadie, es como el relato, que cada uno tome de su propio veneno, lo que pasa es que yo dirijo claramente mi critica hacia la persona y hay gente que lo hace al grupo

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