Cuidado de los lápices

6 01 2009

 

Ese lunes le regalaron un lápiz. De madera pintada de amarillo. De buena marca. Con mina blanda. Número 2.

En cuanto lo vio, en cuanto lo tuvo, firme y ligero a un tiempo, en su mano, supo que sería un objeto importante en su vida, y como a tal decidió tratarlo. Lo guardó en un cajón de su escritorio a lo largo de la semana. Así nadie se lo pediría para anotar cualquier tontería y lo mantendría a salvo de pérdidas, maltratos o mordisqueos desaprensivos.

El viernes lo llevó a casa oculto en su maletín. La impaciencia le impidió conciliar el sueño. Durmió a tirones. Sufrió frecuentes pesadillas y se despertó varias veces durante la madrugada, pensando que ya había amanecido. Sin embargo, el sábado por la mañana se levantó muy temprano. Esperó a que su mujer (que también trabajaba los sábados) y su hijo (que tenía partido) se marcharan para sentarse a la mesa de su cuarto de trabajo con una resma de papel de cuatro gramos comprado el día anterior casi de forma clandestina, una goma a estrenar, un afilador y su flamante lápiz nuevo.

Lo afiló lenta, cuidadosamente, disfrutando del aroma a pino crudo y grafito que se desprendía a cada giro de cuchilla, hasta obtener una punta cónica perfecta, similar a la del dibujo de contraportada que mostraban los cuadernos de caligrafía de su infancia (aquellos cuadernos Rubio de papel rústico en los que aprendió a escribir), y que según el rótulo que había bajo él, representaba a un “lápiz correctamente afilado”.

Después, supo que había llegado el momento. Exhaló un suspiro y pensó. En aquel lápiz estaban los Panchatantra y Las mil y una noches, la Ilíada y la Eneida,  el Poema de Gilgamesh y la Divina comedia, todos los cuentos de Borges y todos los de Kafka, así como también estaban todas las historias de amor, de guerra, de marinerías. Todos los romances. Todas las elegías. Las conjuras de los necios. Los informes sobre ciegos. Las casas tomadas. Los desiertos de los tártaros. Los juguetes rabiosos.

Allí, entre su índice y su pulgar, apoyándose en su dedo corazón y el cuenco de su mano, se encontraban todas las ideas, todos los versos, todos los nombres, todas las palabras, todos los silencios.

Ahora (pero, ¿qué quiere decir “ahora”?) siente el lápiz insoportablemente pesado, indudablemente incómodo en su mano que ya no puede sostener en sus pobres dedos esa densidad de coloso.

Deja el lápiz sobre la mesa, a su derecha, perfectamente paralelo al lado más largo del papel y mira hacia la ventana. El tiempo pasa volando. Pronto será mediodía. Su mujer estará a punto de volver.





Gaza

6 01 2009

  

LOS ÁNGELES DE GAZA  

Los ángeles de Gaza

no acompañan a los niños a la escuela;

aunque de todas formas

hoy esté rodeada de soldados

y hayan amputado a los maestros

como cosa de media historia.

Los ángeles de Gaza

no velan por críos

recién operados de amigdalitis,

ni custodian las osadías en la playa,

no tienen una triste indigestión

que llevarse a las alas,

y es por eso que han resuelto

tramitar sin más demora

petición urgentísima de traslado.

Los ángeles de Gaza

no saldrán esta tarde a tirar piedras,

detestan correr descalzos

sobre países prestados.

Los ángeles de Gaza

sueñan con Zurich, o Melbourne,

se esconden y se mean bajo la cama

cuando echan abajo la puerta

y preguntan a mamá por los hermanos.

Los ángeles de Gaza,

también hoy,

corrieron a condenar las ventanas

cuando vieron que los niños

se alejaban de casa.

Pedro Flores, en Simple condicional, Las Palmas, 1994.

Ante la barbarie desatada nuevamente sobre el pueblo palestino, me he quedado sin palabras. He tenido que tomar prestadas las de Pedro Flores (hace ya tantos años y todo ha cambiado tan poco) y su poema de hace quince años, que no ha dejado de rondarme la memoria desde Nochebuena.

El sábado 10, a las 12:00, en la Plaza de las Ranas, hay una nueva concentración, convocada, entre otros colectivos, por la Comunidad Palestina y Mujeres por la Paz. Espero que nos veamos allí.








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