Querencia de las manos

11 01 2009

Es que amaba sus manos. Adoraba, por supuesto, muchas otras cosas suyas: el pecho hirsuto, recio y acogedor a un tiempo; la sonrisa pueril y maliciosa; su mirada, y cómo esta pasaba de la inteligencia a la franca lascivia. Pero sus manos la perdían. Sus manos de pianista, grandes y tiernas, suaves y firmes, sabias y lúdicas. Amaba sus manos y lo que hacía con ellas. La forma en que enredaban los dedos en su pelo, recorrían su cuello y su espalda, manipulaban su sexo, ávido y lúbrico en cuanto ella comenzaba a fantasear con la posibilidad de que él la tocara con aquellas manos que sabían convertirla en un animal en celo; aquellas manos que en los momentos de éxtasis llevaban sus orgasmos hasta más allá de donde ella hubiera nunca imaginado, moldeando sus senos, apretando sus nalgas, borrándole la boca a caricias. Sí. Definitivamente, amaba muchas cosas en él, mas, de todas esas cosas amadas, las más amadas eran sus manos.

Era como si su cuerpo hubiera sido hecho para ser tocado por ellas. Lo sintió desde su primer encuentro: jamás un hombre la había tocado así; jamás otro conseguiría hacerlo.

No era tonta. Ni joven. Ni inexperta. Sabía que ella no era la primera. Sabía que no sería la última. Aquellas manos, aquella boca, aquellos ojos, aquel miembro, se cansarían en cualquier instante de acariciarla, de besarla, de mirarla, de penetrarla. Más tarde o más temprano, aparecería otra más joven, más atractiva, más interesante o, simplemente, menos vista, y él (como había hecho al aparecer ella), prolongaría aún sus contactos durante unas semanas, mientras iba asegurándose de que su nueva amante resultaba también satisfactoria, antes de finiquitar eso que ella llamaba relación y él, seguramente, lío.

Y, como no era tonta ni joven ni inexperta, al llegar el momento, identificó la disminución de sus citas, el vago enfriamiento de su lenguaje amoroso, el aumento de los silencios como signos inequívocos de la temida aparición de una rival. Lo dejó correr durante unos días, pero, al fin, una tarde de lunes, reflexionó sobre el hecho de que pronto se acabaría todo.

Ciertamente, no le hubiera importado demasiado salvo por el hecho ineluctable de que sus manos no volverían a hacerla morir de delicia. Podía pasar sin verlo, sin su voz de barítono, sin sus charlas, sin sus halagos, sin sus miradas, sin sus noches de sexo y su abrazo mientras buscaban el sueño. Podía renunciar a todo. No obstante, ¿qué iba a hacer sin aquellas manos? Debía tomar una decisión. Pronto. A poder ser, aquel mismo día.

Quizá porque ya lo había previsto, quizá porque era mujer de encarar los problemas de frente, no tardó más de una taza de Earl Grey en adoptar una determinación. Lo telefoneó y le dijo que iba a ir a su casa, porque debían tratar sobre un asunto. Él (confirmación de sus sospechas) estuvo de acuerdo y añadió que precisamente en esos días había estado buscando un momento apropiado para hablar con ella. Se citaron a las seis.

Tras colgar el teléfono, ella consultó su reloj: eran las cinco.  Tenía el tiempo justo de arreglarse y salir en dirección a su casa, parando por el camino en el centro comercial, para comprar aquella sierra eléctrica que, además, estaba de oferta.








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