Para poéticos

20 01 2009
Un querido amigo, músico, actor, humorista y rojo, todo lo cual le convierte en un tipo de mal vivir, me recuerda un aniversario que me sirve como excusa para recordar a un maestro, así que procedo a redactar el texto de rigor.  

 

Edgar Allan Poe nació el 19 de enero de 1809. Murió cuarenta años después. Utilizó bien ese tiempo: revolucionó la literatura.

Uno se encuentra con Poe casi siempre en la adolescencia. Si tiene suerte, en la espléndida traducción de Julio Cortázar, prologada con su Vida de Edgar Allan Poe. Los de mi generación y las inmediatamente anteriores, tuvimos acaso noticia primera de él por las películas de Roger Corman, que le homenajeaba constantemente. Pero, en cualquier caso, el encuentro con las Narraciones extraordinarias es crucial en la vida de todo lector. Después uno se va enterando de la fascinación que ejerció sobre Baudelaire, Rubén Darío, Horacio Quiroga y Borges, o de que aquella canción que cantaba Radio Futura, y que utilizó para enamorar a cierta joven, estaba basada en su poema Anabell Lee. Y se dice: “ya decía yo”, y se explica por qué no puede separarse de sus libros de Poe y por qué no puede olvidar algunos (o muchos) de sus cuentos: William Wilson, Ligeia, Berenice, La caída de la casa Usher, El misterio de Marie Roget, El entierro prematuro, El corazón delator, El gato negro, El tonel de amontillado, El extraño caso del señor Valdemar... Añade tu favorito.

Casi sin darse cuenta, Poe fue haciendo cosas que, tomada cada una independientemente, le harían ya fundamental para entender toda la literatura posterior, pero que, juntas, le confirman como un referente imprescindible: refundó el cuento gótico de horror, inventó el cuento de detectives y abrió la puerta para la escisión entre éste y la literatura negra, acabó de fijar la poesía trascendentalista norteamericana, reflexionó ampliamente sobre su labor narrativa. Y, por si fuera poco, dio a luz cuentos que, formalmente, estaban mucho más allá de su tiempo, que eran el germen de lo que hoy llamamos cuento literario contemporáneo.

Imposible escribir hoy sin su ironía, sin sus atmósferas opresivas, sin sus amores que van más allá de la muerte en una vaga necrofilia, sin sus personajes atormentados, sus asesinos verosímiles, sin sus pesadillas hechas realidad, al menos sobre el papel.

El 7 de octubre de 1849, Poe moría, delirante y solo, entre desconocidos, tras una agonía de varios días, en la que todos los suyos ignoraban que se encontrase. La desgracia le sobrevivió varios años, porque uno de sus enemigos vino a convertirse en su albacea literario, cubriendo su memoria con la mancha de la infamia.

Hoy hace doscientos años que comenzó su andadura sobre la faz de la tierra. Curiosamente, yo llevaba varios días recordando, insistentemente, un cuento suyo, El hombre de la multitud. No sabía por qué. Ahora, al reparar en la fecha, lo he descubierto. Mañana buscaré un rato durante el día para releerlo. Propongo a los poéticos del mundo que hagamos todos lo mismo: leamos un cuento de Poe. Ya no es 19, sino 20. Pero cualquier día es bueno para hacerlo. 





Cuidado del celibato

20 01 2009

 

No volverá a caer. Dos matrimonios rotos y unas cuantos desastres amorosos más ya le han enseñado todo aquello que ha de saber sobre el asunto. No renunciará, por ejemplo, a hacer sonar a Brahms a todo volumen, como ahora mismo resuena su cuarta sinfonía por toda la casa. Ni a sus películas de Peckimpah o Kurosawa cuando le venga en gana. Le ha cogido el truco a la soltería. Por lo demás, nunca ha faltado gente que comparta noches con él. Ese nunca fue el problema y, al menos hasta dentro de unos diez años, no lo será. Él es feliz así. O lo era. Porque ahora ha aparecido ella con sus ojos de agua y su sonrisa paralizante y tras unos cuantos encuentros, ha sentido la tentación de intentarlo otra vez. Pero no, no volverá a caer. Sabe que el infierno habita bajo ese escote. Que el dolor se esconde en ese sexo que hace sólo unas horas le acogía con calor y humedad de trópico. No volverá a intentar adaptarse. No volverá a hacer un hueco. Ni a intentar ser mejor para una persona. No volverá a sufrir el fuego del temor a perderla. Seguirá así, siendo sólo su amante. Y cuando se agote la pasión o cambien las circunstancias, simplemente, finiquitarán en un café, tan amigos y a otra cosa y a telefonearse de cuando en cuando, en onomásticas o cumpleaños. Tal vez incluso algún otro encuentro, una cena en aquel restaurante, por-lo-que-fuimos, y pasar alguna noche más haciendo el amor con esa camaradería generosa de los amantes que se conocen bien. Así que todo claro. Todo decidido. No ha sido más que un instante de debilidad al despertarse, hoy domingo, pensando en ella y echándola en falta cuando aún la almohada conservaba el olor de su cabello. Por supuesto, esperará otra semana para el siguiente encuentro. O casi. La llamará el viernes y la invitará a cenar. Hacerlo antes supondría reconocer que hay algo más que sexo entre ellos. Que está interesado de otra manera. Y eso sí que no. Le ha costado mucho descubrirse a sí mismo. Puede que su vida no sea perfecta, pero, por lo menos, nadie puede dañarle. Lo descubrió hace tiempo. Seguirá solo y tranquilo. No volverá a caer. Eso sería una estupidez, piensa mientras baja el volumen de la música, localiza en la agenda su número de teléfono y lo marca, aclarándose la garganta para poner esa voz suave que a ella tanto le gusta.








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