Bajo el signo de Espinosa

26 01 2009

 

Acaso sea mejor no leer a Agustín Espinosa. Al fin y al cabo, enfrentarse a su obra supone abrir las puertas de diversas estancias que, en ocasiones, no resulta cómodo transitar. Quizá sería mejor dejar esas puertas cerradas. Ignorar la atracción que ejercen sobre nosotros. Darles de lado. Fingir que no están ahí. Pero rara vez lo hacemos.

El encuentro ocurre, normalmente, con el comienzo de Crimen, porque ese título nos parece atractivo o algún amigo nos lo ha recomendado. Sea como fuere, desembocamos un buen día en esas primeras páginas donde sangre, sexo, subversión de valores, provocación y crueldad conviven en unos párrafos de impecable factura poética que son, si ciertos estudiosos no se equivocan, la primera y decidida incursión de la narrativa hispana en el surrealismo. Y en algún momento de esos pasajes, al leer por ejemplo las palabras “menstrua alba de mi crimen”, ya hemos caído en la trampa Espinosa. Estamos atrapados irremediablemente en su telaraña, de secreta aunque exacta geometría. A partir de ahí, uno ya no puede evitar frecuentarlo, seguir su estela, sufrir sus pesadillas, inmerso en el pesimismo primordial y el vitalismo exacerbado que palpitan a un tiempo en su inclasificable producción.

En El placer del texto, Roland Barthes contrapone, a los textos de placer, los textos de goce. Mientras que los primeros “están ligados a una práctica confortable de la lectura”, en los textos de goce “se desacomoda, se hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector”. Al conocer, hace unos años, estas nociones barthesianas, pensé inmediatamente en Crimen. Después en Justine, en El azul del cielo, en Malone muere y en tantos otros libros desasosegantes. Pero, primero, en Crimen. También en Lancelot 28º-7º, que busca crear una “mitología conductora” para el paisaje de Lanzarote (porque “una tierra sin tradición fuerte, sin atmósfera poética sufre la amenaza de un difumino fatal”), o en Media hora jugando a los dados, que debió haber sido una simple charla para acompañar a una exposición de José Jorge Oramas y acabó convirtiéndose en una onírica indagación en la especificidad del creador insular. 

Es casi un lugar común decir que Agustín Espinosa fue hombre de su tiempo. Quizá fue más de su tiempo que ninguno de sus contemporáneos. Se aleja del regionalismo porque está convencido de que se queda en la superficie de las cosas. Cambia la tradición decimonónica por la vindicación del XVIII, “la centuria más musculada de Canarias”. Se acerca a los extremos porque los límites, como los géneros, existen precisamente para ser violados por los poetas. En su obra conviven con naturalidad el humor y la ontología, el juego y el rigor. Continuamente se pregunta (y hace que nos preguntemos con él) en qué consiste la realidad, en qué puntos del engañoso mundo sensible están esas rendijas de lo estético que se abren a ella. Receptor privilegiado de las vanguardias, indaga mediante el lenguaje en la geografía insular para reinventarla como paisaje universal; europeísta con oído atento a la isla y mirada certera para la elección de perspectivas inéditas abiertas a una multivocidad esencial. Sí, Espinosa fue, en efecto, hombre de su tiempo. Pero su tiempo ya pasó y, sin embargo, sus obras no envejecen. Antes bien, cumplen con creces uno de los requisitos que, siempre se nos dijo, han de cumplir los clásicos para poder serlo, probablemente el único imprescindible: nunca acaban de comunicarnos del todo su sentido; sus implicaciones últimas se nos escapan siempre.
Supongo que hay muchos motivos para leer a Espinosa. Quien desee buscar algunos, puede leer el excelente estudio de Pérez Corrales Agustín Espinosa, entre el Mito y el Sueño. Anoto algunos al azar: su rabiosa actualidad, su habilidad inigualable para los juegos conceptuales y lingüísticos, su impactante plasticidad, sus enumeraciones impensables, sus adjetivos sorprendentes, la provocación que late en cada línea, el hecho de que sus textos no parezcan escritos hace más de setenta años, sino pasado mañana. No obstante, yo, que he leído a Espinosa por todas esas razones, y algunas más, a lo largo de los años, pienso que, en el fondo, hay una que justifica por sí sola el hecho de leerlo y releerlo: la simple y pura fruición de gozar de una obra de belleza poética incuestionable.  





Para la posteridad

26 01 2009

 

Al principio le resultó un poco extraño que no le situaran en el centro de la mesa, sino que él mismo tuviera que buscarse un sitio en un extremo, acercándose a duras penas al micrófono que habría de compartir con el representante de la sala de conferencias. Pero él siempre fue hombre humilde. Incluso cuando comenzó a alcanzar cierto éxito, continuó conservando la normalidad en las formas, la amabilidad en el gesto, la sonrisa a los desconocidos que se acercaban a decirle que le conocían bien gracias a sus libros, que se sentían reconocidos en ellos y que habían pasado tantos buenos momentos gracias e él. Y sentía un gran orgullo de esa humildad; quizá el peor de los orgullos. En cualquier caso, no le molestó esa exclusión del ecuador de la mesa, pese a ser su libro el que se presentaba. Después de todo, aquella ciudad no era la suya; podía ser que las costumbres fuesen distintas. Lo que sí le molestó un poco más fue que nadie acudiera a recibirle al aeropuerto. De hecho se había perdido buscando el hotel y se le había hecho tarde, así que había venido al acto sin tan siquiera cambiarse de ropa ni darse una ducha. Ya descansaría dentro de un rato, después de la presentación, la firma de ejemplares y la cena de rigor.

Aun así, estaba contento. La pluma y la daga, el libro en el que había estado trabajando casi a hurtadillas durante diez años, mientras escribía otros que le proporcionaban el sustento, pero con la pasión de un amante obsesionado, veía al fin la luz. Le había costado convencer al editor, pero tras cuatro éxitos consecutivos, no había podido continuar negándose. Y La pluma y la daga no era más que el principio. El forjador, la segunda novela de la serie, ya tenía unos primeros capítulos y un planteamiento general. Aquella trilogía sería su Comedia humana, su En busca del tiempo perdido, su Cuarteto de Alejandría. Algo así explicaba el presentador (un profesor de aquella ciudad, que mediante correo electrónico no había parado de declararse rendido admirador suyo y que, curiosamente, no le había dirigido la palabra en ningún momento antes del comienzo del acto). Peroró durante casi media hora sobre las virtudes de la novela. Le molestó que destripara el argumento, contando que Clara acabaría siendo estrangulada por Santos, pero habló en todo momento de la obra como si se tratara de un nuevo Tristam Shandy. Incluso llegó a comparar La pluma y la daga con Santuario, lo cual, a él, le colmó de un orgullo indescriptible. Pero entonces el presentador añadió:

-Desgraciadamente, jamás llegaremos a conocer el resto. El forjador, la novela en la que me consta que trabajaba ya con denuedo, quedará, para siempre, en un mero proyecto. Habremos de conformarnos con lo que ya tenemos de él: sus libros de poemas, sus seis novelas anteriores, sus guiones de cine y su estupenda humanidad, que llenó de poesía y compromiso la vida pública de este país que tanto necesitaba, y necesita, mentes como la suya. Y, por supuesto, esta estupenda novela de la cual hemos hablado hoy, un testamento literario inigualable. Gracias a este libro, siento que su autor está hoy entre nosotros, que su presencia puebla esta sala como pueblan nuestras memorias, sus palabras. Muchas gracias.

El público rompió en aplausos mientras el presentador meneaba la cabeza con falsa modestia. Ya no le extrañó que todos se levantaran y fueran a saludar al presentador y no a él. También le resultó natural que no le concedieran la palabra, o que todos pasaran ante él sin reparar en su presencia.

Los saludos, los comentarios, los apretones de manos y las felicitaciones demoraron veinte, treinta minutos.

La sala se quedó al fin vacía. Él se levantó, cogió su maleta y se preguntó dónde pasaría la noche. Allí no conocía a nadie. 








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