Factoría de Ficciones en la U.L.P.G.C.

17 01 2009

 FACTORÍA DE FICCIONES

Taller literario en torno al cuento contemporáneo

en laU.L.P.G.C. 

27 al 30 de enero, de 16:30 a 20:30

Sala de Grados de Humanidades

Universidad de Las Palmas de Gran Canaria 

Impartido por Alexis Ravelo 

Inscripción gratuita. Plazas limitadas

Información:

alexisravelo@gmail.com  abecerra@dfe.ulpgc.es  





El álbum de fotos del abuelo

17 01 2009

Parece que estamos en la semana de la autopromoción en Ceremonias. Lo siento. Cuando toca, toca, y actualidad manda. Mañana sábado, a las 20:30, en el Auditorio de Teror, es el estreno mundial de El álbum de fotos del abuelo, un espectáculo de la Parranda Araguaney, con Manuel Estupiñán al frente, el mago Elu Arroyo interpretando el rol principal y conmigo tomando parte en la escritura. Quedan entradas (a diez euros), pero poquitas. Si no vas, tú te lo pierdes. En todo caso, abrígate, porque en Teror hace frío.





Giraluna

15 01 2009

Aquí te dejo el enlace con Giraluna. Un programa de televisión hecho con poquito dinero y mucha imaginación. Presenta Fermín Romero y me han entrevistado incluso a mí. Advertencia: la tele engorda. Sobre todo si la ves con un enorme bol de roscas, como hago yo.





De un lugar llamado Bárbara

15 01 2009

Tengo delante Cuentos del Bárbara Bar, de Eduardo González Ascanio (Las Palmas de Gran Canaria, Domibari Ediciones, 2008). Como punto de partida, un aviso para navegantes: no me atrevo a calificar formalmente este libro. En principio podría parecer un libro de cuentos. Teóricamente se trata de historias independientes que comienzan y terminan entre uno y otro epígrafe. Pero no estoy seguro de que esos epígrafes señalen el comienzo de un cuento o, por el contrario, el comienzo de un capítulo. Me ocurre exactamente igual con otros libros, tan dispares como Crimen, de Agustín Espinosa, Crónicas marcianas, de Ray Bradbury o El candor del padre Brown, de G. K. Chesterton, en los que, lo que parecerían cuentos, se hallan tan íntimamente imbricados en una trama, un ambiente o unas peripecias comunes que uno tiene la sensación de que su lectura independiente les haría perder algo (o mucho) de su belleza original.

En cuanto al tema o los temas que trata esta novela o este libro de cuentos, ya habrás adivinado por el título que vas a encontrarte con un universo de personajes de muy diversa índole que coinciden en un bar. Abundarán estafadoras y estafadores, policías corruptos, ladrones y solitarios sin nombre, que, sin embargo, irán contando sus vidas, a veces en servilletas guardadas celosamente por el propietario del bar y gracias a las cuales, conoceremos ciertas historias marginales o el reverso de algunas de las centrales en el argumento. Cada uno de esos personajes tiene una historia que contar, un momento en especial que le hizo merecedor de que alguien se fijara en ella y se tomase el trabajo de escribirla, si no se trató del mismo protagonista. Esas historias, a veces contadas a través de una simple conversación que es poco más que un cuchicheo, se cruzan, se separan, corren en paralelo a las de otros, pero con frecuencia acaban convergiendo en torno a uno o dos personajes fundamentales que iremos conociendo más de cerca sólo hacia el final del libro y que no acabaremos jamás de conocer del todo. Y esos, para el resto de los personajes, son conocidos de todos los días, pero también son una leyenda, cuyo reverso humano no iremos descubriendo hasta esas últimas páginas. Sobre esos dos personajes no te desvelaré nada, pero son verdaderos filones narrativos, a quienes sorprendemos en el último cuento (o capítulo) en un momento fundamental, tanto para sus propias vidas como para la historia reciente de este país, tan lleno de bares a cuyo calor transcurren tantas anónimas biografías.

Cuentos del Bárbara Bar atrapa sin que te des cuenta. González Ascanio lo consigue con esas artes de los buenos hacedores de historias, que, cuando ya llevamos un buen número de páginas recorridas, nos descubren sin rubor que nos han tendido una trampa desde la primera, en este caso, con una frase contundente y enigmática, digna de E. M. Cioran: “¡Cada hombre es una secta!”; una trampa que, como una corriente marina, nos llevará a través de un océano hasta un momento que, personalmente (quizá porque sucede en un taxi y uno no puede dejar de recordar Noche en la tierra) a mí me evocó lo mejor del cine de Jim Jarmusch. Ese océano que es Cuentos del Bárbara Bar, está salpicado de islas en las que hay recuerdos dolorosos y esperanzas, erotismo no convencional y sentimentalismo sin complejos ni cursilería, gargantas con arena y olor a cenicero y cerveza derramada, traiciones razonables y lealtades absurdas, hules pegajosos por el ectoplasma de la grasa y mujeres maltratadas por la vida que despiertan la impotente obsesión de hombres solitarios por quienes tal vez se dejen amar.

Mientras lo leía pensaba con frecuencia en Onetti, amigo de la deconstrucción de los tópicos, de la indagación en los sótanos de las pasiones humanas, de la frase lacerante y las situaciones sin salida. Creo que a él le habría agradado Cuentos del Bárbara Bar.





Querencia de las manos

11 01 2009

Es que amaba sus manos. Adoraba, por supuesto, muchas otras cosas suyas: el pecho hirsuto, recio y acogedor a un tiempo; la sonrisa pueril y maliciosa; su mirada, y cómo esta pasaba de la inteligencia a la franca lascivia. Pero sus manos la perdían. Sus manos de pianista, grandes y tiernas, suaves y firmes, sabias y lúdicas. Amaba sus manos y lo que hacía con ellas. La forma en que enredaban los dedos en su pelo, recorrían su cuello y su espalda, manipulaban su sexo, ávido y lúbrico en cuanto ella comenzaba a fantasear con la posibilidad de que él la tocara con aquellas manos que sabían convertirla en un animal en celo; aquellas manos que en los momentos de éxtasis llevaban sus orgasmos hasta más allá de donde ella hubiera nunca imaginado, moldeando sus senos, apretando sus nalgas, borrándole la boca a caricias. Sí. Definitivamente, amaba muchas cosas en él, mas, de todas esas cosas amadas, las más amadas eran sus manos.

Era como si su cuerpo hubiera sido hecho para ser tocado por ellas. Lo sintió desde su primer encuentro: jamás un hombre la había tocado así; jamás otro conseguiría hacerlo.

No era tonta. Ni joven. Ni inexperta. Sabía que ella no era la primera. Sabía que no sería la última. Aquellas manos, aquella boca, aquellos ojos, aquel miembro, se cansarían en cualquier instante de acariciarla, de besarla, de mirarla, de penetrarla. Más tarde o más temprano, aparecería otra más joven, más atractiva, más interesante o, simplemente, menos vista, y él (como había hecho al aparecer ella), prolongaría aún sus contactos durante unas semanas, mientras iba asegurándose de que su nueva amante resultaba también satisfactoria, antes de finiquitar eso que ella llamaba relación y él, seguramente, lío.

Y, como no era tonta ni joven ni inexperta, al llegar el momento, identificó la disminución de sus citas, el vago enfriamiento de su lenguaje amoroso, el aumento de los silencios como signos inequívocos de la temida aparición de una rival. Lo dejó correr durante unos días, pero, al fin, una tarde de lunes, reflexionó sobre el hecho de que pronto se acabaría todo.

Ciertamente, no le hubiera importado demasiado salvo por el hecho ineluctable de que sus manos no volverían a hacerla morir de delicia. Podía pasar sin verlo, sin su voz de barítono, sin sus charlas, sin sus halagos, sin sus miradas, sin sus noches de sexo y su abrazo mientras buscaban el sueño. Podía renunciar a todo. No obstante, ¿qué iba a hacer sin aquellas manos? Debía tomar una decisión. Pronto. A poder ser, aquel mismo día.

Quizá porque ya lo había previsto, quizá porque era mujer de encarar los problemas de frente, no tardó más de una taza de Earl Grey en adoptar una determinación. Lo telefoneó y le dijo que iba a ir a su casa, porque debían tratar sobre un asunto. Él (confirmación de sus sospechas) estuvo de acuerdo y añadió que precisamente en esos días había estado buscando un momento apropiado para hablar con ella. Se citaron a las seis.

Tras colgar el teléfono, ella consultó su reloj: eran las cinco.  Tenía el tiempo justo de arreglarse y salir en dirección a su casa, parando por el camino en el centro comercial, para comprar aquella sierra eléctrica que, además, estaba de oferta.





9 01 2009

Si sientes la misma vergüenza, la misma indignación, el mismo horror que yo cuando ves los informativos o lees la prensa, nos vemos allá.





Cuidado de los lápices

6 01 2009

 

Ese lunes le regalaron un lápiz. De madera pintada de amarillo. De buena marca. Con mina blanda. Número 2.

En cuanto lo vio, en cuanto lo tuvo, firme y ligero a un tiempo, en su mano, supo que sería un objeto importante en su vida, y como a tal decidió tratarlo. Lo guardó en un cajón de su escritorio a lo largo de la semana. Así nadie se lo pediría para anotar cualquier tontería y lo mantendría a salvo de pérdidas, maltratos o mordisqueos desaprensivos.

El viernes lo llevó a casa oculto en su maletín. La impaciencia le impidió conciliar el sueño. Durmió a tirones. Sufrió frecuentes pesadillas y se despertó varias veces durante la madrugada, pensando que ya había amanecido. Sin embargo, el sábado por la mañana se levantó muy temprano. Esperó a que su mujer (que también trabajaba los sábados) y su hijo (que tenía partido) se marcharan para sentarse a la mesa de su cuarto de trabajo con una resma de papel de cuatro gramos comprado el día anterior casi de forma clandestina, una goma a estrenar, un afilador y su flamante lápiz nuevo.

Lo afiló lenta, cuidadosamente, disfrutando del aroma a pino crudo y grafito que se desprendía a cada giro de cuchilla, hasta obtener una punta cónica perfecta, similar a la del dibujo de contraportada que mostraban los cuadernos de caligrafía de su infancia (aquellos cuadernos Rubio de papel rústico en los que aprendió a escribir), y que según el rótulo que había bajo él, representaba a un “lápiz correctamente afilado”.

Después, supo que había llegado el momento. Exhaló un suspiro y pensó. En aquel lápiz estaban los Panchatantra y Las mil y una noches, la Ilíada y la Eneida,  el Poema de Gilgamesh y la Divina comedia, todos los cuentos de Borges y todos los de Kafka, así como también estaban todas las historias de amor, de guerra, de marinerías. Todos los romances. Todas las elegías. Las conjuras de los necios. Los informes sobre ciegos. Las casas tomadas. Los desiertos de los tártaros. Los juguetes rabiosos.

Allí, entre su índice y su pulgar, apoyándose en su dedo corazón y el cuenco de su mano, se encontraban todas las ideas, todos los versos, todos los nombres, todas las palabras, todos los silencios.

Ahora (pero, ¿qué quiere decir “ahora”?) siente el lápiz insoportablemente pesado, indudablemente incómodo en su mano que ya no puede sostener en sus pobres dedos esa densidad de coloso.

Deja el lápiz sobre la mesa, a su derecha, perfectamente paralelo al lado más largo del papel y mira hacia la ventana. El tiempo pasa volando. Pronto será mediodía. Su mujer estará a punto de volver.








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