La carretera, de Cormac McCarthy: para cuando aún estemos vivos

8 06 2009

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Un hombre y un niño recorren a pie una carretera que atraviesa de Norte a Sur el territorio de los Estados Unidos en una época, no muy lejana en el futuro, en que la vida en el planeta se ha extinguido casi por completo. La esperanza no es más que un vago incentivo. Lo único que les queda es el irracional empeño por sobrevivir. Sobrevivir al hambre y el agotamiento, sobrevivir al frío y a la enfermedad, sobrevivir a los grupos de maleantes y caníbales que deambulan por ese mundo sembrado de poblaciones y cadáveres calcinados, donde la luz del sol no es más que una espectral sospecha tras una eterna lluvia de ceniza. Sobrevivir porque ellos son el último signo de civilización, porque, tal y como el hombre le hace recitar al niño, son ellos quienes “llevan el fuego”.

El hombre sabe que debe adiestrar al niño en los hábitos del superviviente, pero sin permitir que nada perturbe su candor y, sobre todo, evitando que se resquebraje una fe que él mismo no profesa. Tentado por el suicidio, acosado por las múltiples carencias y peligros a los que ambos están sometidos, el hombre se debate constantemente entre su propia y necesaria crueldad y la temeraria bondad del pequeño, nacido tras la hecatombe.

Ese es el argumento de La carretera, de Cormac McCarthy. Se trata de una singular novela de eterna postergación (como El castillo, como El desierto de los tártaros), apocalíptica, hipnótica y poética, tremendamente plástica y reflexiva, en la que el inventario y la manipulación de los objetos toman el mismo papel central y simbólico que en Robinson Crusoe. Está escrita a rápidos párrafos que cierran secuencias completas, donde el norteamericano hace alarde de su habitual habilidad para interpolar con naturalidad en el relato los monólogos y, sobre todo, los diálogos de los personajes, verosímiles y, a la vez, sorprendentes. Se hace leer con fascinación, con horror, con emoción, como un largo poema sobre la inocencia, la memoria, la muerte, la solidaridad, la existencia de Dios y muchos otros temas, entre los cuales destaca, como suele suceder en la obra de McCarthy, la misma condición humana, la pregunta sobre cómo continuar siendo un ser humano en un mundo donde “no hay interlocutores de Dios”.

 

 

La Carretera, de Cormac McCarthy (Trad. de Luis Murillo Fort), Barcelona, DeBolsillo, 2009, 210 páginas.

 

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