Atardeceres de Ítaca

13 06 2009

ulises-calypso

No podría negarlo: ningún vino más dulce que el de Ítaca, ninguna compañía mejor que la de Telémaco, ningún vientre más cálido que el de Penélope. Sin embargo, algunos atardeceres, Ulises da en contemplar el mar y, en silencio, añora las cóncavas grutas de Calipso.

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Amaneceres de Ítaca

13 06 2009

penelope

Por supuesto que se siente feliz. El retorno de su amado fue durante años su mayor anhelo. Él trajo de nuevo el orden a Ítaca. Ahuyentó a  los arrogantes pretendientes. Impuso respeto en su casa.  Pero, en ocasiones, cuando la Aurora de rosáceos dedos invade el cielo, Penélope se demora en el lecho, experimentando ciertas dudas acerca del futuro junto a ese cuerpo cansado que reposa junto a ella y que ya no es el mismo del héroe vigoroso de antaño. Entonces, aunque jamás lo confesaría, se pregunta qué habrá sido de aquellos altivos galanes que gozaban en su patio.





Retornos

13 06 2009

Me despierta la voz de mi madre, pronunciando palabras como “café”, “desayuno”, “enfriar” y “tarde”. Abro los ojos y la veo, anciana y activa, con su ropa de andar por casa, mostrando una de esas sonrisas presurosas de tantas mañanas de mi adolescencia.

Cuando se va, miro a mi alrededor y reconozco mi habitación en la antigua casa familiar, con mi cartel de Novecento y los muebles que en los años ochenta ya se habían quedado viejos. Del día anterior, recuerdo la última discusión a gritos, los insultos que Susana me escupió, los que yo le devolví, sus gritos horadando el atardecer, antes de marcharse dando un portazo, el horroroso silencio que invadió el apartamento mientras yo me refugiaba en el balcón con la tentación de arrojarme al vacío, pensando, quizá absurdamente, que en caso de no hacerlo, no sería más que un muerto en vida, una especie de zombi deambulando por una existencia que no le pertenece.

Y ahora estoy aquí, en casa de mi familia. He pasado la noche en mi cuarto de soltero, en esta cama a cuyo borde estoy ahora sentado, buscando las pantuflas de toda la vida, sabiendo que no puede ser, que este calzado en el que se están introduciendo mis pies no puede estar aquí, ya que hace décadas que acabó en el cubo de la basura.

En la cocina, tomo un sándwich de jamón con un café con leche, mientras miro a mi madre fregar la loza del desayuno de mi padre, que ha salido hace un rato a comprar el periódico y estirar las piernas. Volverá a media mañana y lo leerá en el jardín. Ella, sin dejar sus tareas (ha acabado de fregar y seca el poyo, pone en remojo unas verduras, vuelve a meter la leche en la nevera), habla de los precios del mercado de Buenavista, del trabajo nuevo de mi hermana, del estirón que ha dado mi sobrino, de la hinchazón de sus piernas.

Yo la escucho, incrédulo, con la certeza que nada de esto puede estar ocurriendo. El mercado de Buenavista lleva cerrado más de diez años. Mi hermana no ha cambiado de empleo en quince. Mi sobrino dejó de crecer hace tiempo, está casado y tiene hijos. Y las piernas de mi madre no pueden estar hinchadas, por la sencilla razón que mi madre murió en 1993. De hecho, mi hermana y yo decidimos vender la casa tras la muerte de mi padre, que la sobrevivió pocos años más. Así que es imposible que yo esté ahí, desayunando y escuchando hablar a mi madre. Y, sin embargo, vaya si es posible, vaya si estoy aquí en este mismo instante. Sé que es posible porque me lo dicen mis sentidos, porque el café con leche está dulce y caliente, porque el sándwich tiene el sabor cremoso y salado del pan tostado a la plancha, tal y como siempre me ha gustado, porque la voz de mi madre no cesa de hacerse oír, hablando de cosas que pasaron hace años como si estuvieran teniendo lugar en estos días. 

Regreso a mi habitación, me visto con las ropas que llevaba el día anterior (estaban ahí, hechas un ovillo, sobre la cómoda) y me quedo junto a la ventana, contemplando el jardín donde buganvillas y geranios despliegan la colorida fertilidad que enorgullece a mi madre. Me pregunto cómo puede estar ocurriendo esta abominación que, estoy seguro, no es un sueño.

Y, justo cuando me lo pregunto, siento que no estoy solo. Me vuelvo y veo, en el vano de la puerta, la figura pequeña y serena de mi madre, que me observa en silencio, con una leve sonrisa en la que se mezclan la conmiseración y la ternura. Sé que ella sabe lo que ocurre. Y yo comienzo a entenderlo, gracias a ella. La interrogo con la mirada y, ampliando su sonrisa, asiente. Después me dice que estoy muy flaco, pero que ella se encargará de solucionar eso. Antes de marcharse, agrega que hoy preparará estofado con especias de carne al toro, como a mí me gusta. Mientras sus pasos se alejan por el corredor, me pregunto dónde estará Susana y, casi instantáneamente, me respondo que no importa. Recuerdo que es domingo, buen día para proponer a mi padre que vayamos a pescar.








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