Visita al CEIP Bañaderos

20 06 2009

Les dejo un enlace entrañable, con el blog de la Biblioteca del CEIP Bañaderos, donde estuve de visita con Noelia Liria para charlar con los alumnos de Tercer Ciclo de Primaria acerca de La princesa cautiva.

libro_alexisravelo_laprincesacautiva

Fue un encuentro muy agradable y el reportaje fotográfico es muy bonito, música de Tchaikovski incluida.

Espero que lo disfruten. Yo, por mi parte, me lo guardo para la Egoteca.  

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Cuidado del vocabulario

20 06 2009

palabras

En cierto país hubo hace tiempo una mujer que acariciaba palabras.

Cuando aprendía una nueva, o recordaba alguna a la que amaba particularmente (esto último ocurría con mayor frecuencia), le pasaba los dedos por el lomo a la palabra elegida, iniciando una caricia interminable. Entonces, sus manos eran alas de pajarillo, lenguas de cachorritos de San Bernardo, sábanas recién lavadas tendidas hacia la brisa del poniente.

La inasible ternura que le producían hacía que sus manos no bastaran; así, las acariciaba con los ojos, con los labios, con la lengua, con los pies, con los lóbulos de las orejas, con la punta de la nariz, con su piel toda, hecha puro temblor.

Las palabras correspondían a su buen trato y se quedaban allí, flotando en torno a ella, con estremecimiento de letras y armonía de sonidos, hasta que les volvía a tocar su turno de caricias.

Y la mujer no hacía distingos. Amaba tanto a la palabra oso, pequeña, mimosa, reversible, como a la palabra ignominia, que no le sonaba tanto a iniquidad como a ignota, y traía, por tanto, a su mente, novelas de marinerías y aventuras que habían dado color a su infancia.

No obstante, tenía sus debilidades: lamía la palabra mirada, se derretía al entrar en contacto con la palabra  amante, revoloteaba en un paraíso azul cuando recordaba la palabra libélula, mientras que la palabra orgasmo la nimbaba de una turbación dulcemente acre, conduciéndola a la caricia de la palabra delicuescencia, la palabra éxtasis, la palabra lubricidad.

Las personas serias, las personas razonables, las que son como Dios manda o como hay que ser, le hacían notar los peligros de su democrática dulzura. Cuidado, le decían, las palabras son armas. Es preciso ponerlas en cuarentena, entre paréntesis. Entrecomillarlas. Taxonomizarlas. Agruparlas. Clasificarlas. Las caricias son, en primer término, arbitrarias; en segundo, inútiles; en último, dependiendo de la ocasión, podrían llegar a constituir un hábito peligroso, porque las palabras pueden estar cargadas de falsedad, de ira, de rencor, de los más insospechados venenos.

Pero la acariciadora de palabras respondía que no hay palabra mal dicha, sino mal comprendida, y persistía en sus costumbres. Alguna vez, incluso, cuando el plenilunio la llevaba a añorar querencias, las palabras se metían en su cama y le merodeaban la epidermis, sintiéndose privilegiadas y arrancándole suspiros de delicia.

La inagotable acariciadora llegó al final de su vida, que fue larga y feliz, acompañada por sus amadas, a las que había otorgado una pasión tan exclusiva como constante.

La hallaron en su lecho, sonriente y plácida, totalmente cubierta de un amable manto confuso de letras y sílabas. Dos acentos sellaban la comisura de sus labios. Una diéresis le cosquilleaba en la punta de la nariz. Un punto esperaba a su letra i convertido en lunar de su barbilla.

Nadie entendió (nadie ha entendido aún; acaso nunca nadie lo hará) que, al acariciar a las palabras, esta mujer única acariciaba las cosas que aquéllas designaban; que al acariciar a las palabras, estaba, en realidad, acariciando al mundo.








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