Cuidado del vocabulario

20 06 2009

palabras

En cierto país hubo hace tiempo una mujer que acariciaba palabras.

Cuando aprendía una nueva, o recordaba alguna a la que amaba particularmente (esto último ocurría con mayor frecuencia), le pasaba los dedos por el lomo a la palabra elegida, iniciando una caricia interminable. Entonces, sus manos eran alas de pajarillo, lenguas de cachorritos de San Bernardo, sábanas recién lavadas tendidas hacia la brisa del poniente.

La inasible ternura que le producían hacía que sus manos no bastaran; así, las acariciaba con los ojos, con los labios, con la lengua, con los pies, con los lóbulos de las orejas, con la punta de la nariz, con su piel toda, hecha puro temblor.

Las palabras correspondían a su buen trato y se quedaban allí, flotando en torno a ella, con estremecimiento de letras y armonía de sonidos, hasta que les volvía a tocar su turno de caricias.

Y la mujer no hacía distingos. Amaba tanto a la palabra oso, pequeña, mimosa, reversible, como a la palabra ignominia, que no le sonaba tanto a iniquidad como a ignota, y traía, por tanto, a su mente, novelas de marinerías y aventuras que habían dado color a su infancia.

No obstante, tenía sus debilidades: lamía la palabra mirada, se derretía al entrar en contacto con la palabra  amante, revoloteaba en un paraíso azul cuando recordaba la palabra libélula, mientras que la palabra orgasmo la nimbaba de una turbación dulcemente acre, conduciéndola a la caricia de la palabra delicuescencia, la palabra éxtasis, la palabra lubricidad.

Las personas serias, las personas razonables, las que son como Dios manda o como hay que ser, le hacían notar los peligros de su democrática dulzura. Cuidado, le decían, las palabras son armas. Es preciso ponerlas en cuarentena, entre paréntesis. Entrecomillarlas. Taxonomizarlas. Agruparlas. Clasificarlas. Las caricias son, en primer término, arbitrarias; en segundo, inútiles; en último, dependiendo de la ocasión, podrían llegar a constituir un hábito peligroso, porque las palabras pueden estar cargadas de falsedad, de ira, de rencor, de los más insospechados venenos.

Pero la acariciadora de palabras respondía que no hay palabra mal dicha, sino mal comprendida, y persistía en sus costumbres. Alguna vez, incluso, cuando el plenilunio la llevaba a añorar querencias, las palabras se metían en su cama y le merodeaban la epidermis, sintiéndose privilegiadas y arrancándole suspiros de delicia.

La inagotable acariciadora llegó al final de su vida, que fue larga y feliz, acompañada por sus amadas, a las que había otorgado una pasión tan exclusiva como constante.

La hallaron en su lecho, sonriente y plácida, totalmente cubierta de un amable manto confuso de letras y sílabas. Dos acentos sellaban la comisura de sus labios. Una diéresis le cosquilleaba en la punta de la nariz. Un punto esperaba a su letra i convertido en lunar de su barbilla.

Nadie entendió (nadie ha entendido aún; acaso nunca nadie lo hará) que, al acariciar a las palabras, esta mujer única acariciaba las cosas que aquéllas designaban; que al acariciar a las palabras, estaba, en realidad, acariciando al mundo.


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8 responses

20 06 2009
Eduardo

Nominalista te veo, y muy lírico. Te estás ablandando, chaval. De todas formas, muy bonito. Saludos.

20 06 2009
VALK

¡¡Bellísimo!!…….(pero no leas bellísimo, acaricia esta palabra, el resto, ya lo escribiste……..) Un Saludo.

21 06 2009
Sevillana por un día

Acaricio la palabra calor y la palabra flamenco y la palabra baile y la palabra río… ¿no será que las estoy viviendo?
Me ha gustado mucho.

21 06 2009
Alexis Ravelo

Eduardo: Ya sabes que bajo esta apariencia de miserable se esconde, en realidad, un ser humano repugnante. jejejeje
Valk: muchas gracias y un saludo para ti también.
Sevillana: que sea por alegrías. Un abrazote.

21 06 2009
Aryán

“instrucciones desde un jardín alfabético”

re-aprender a balbucir

atragantarse de torpes sonidos

como olas batientes en la boca

marea a marea

dejar que millones de vocales

resbalen por su garganta

cada noche

y que lo aún indescifrable riegue

despacio

cada rincón

despertando su carne ciega…

hasta que su danza diga el mundo

desoyendo el viento

y los diccionarios

21 06 2009
Brida

Me encanta, aunque, quizás, esa mujer, absorta en las palabras, no veía más allá. Su mundo, al conocerlo solamente por las pablras, realmente quedó limitado por el lenguaje. (Lo que escribiste me parece bastante utópico, en fin… Pero como toda utopía es precioso, fe ciega en la palabra)

22 06 2009
VALK

Hola, he vuelto a leerlo, y esta vez me ha calado más hondo. Lo creas o no, lograste que sintiera las palabras, lograste que mis manos sonrieran al acariciarlas, y con esa sonrisa final envuelta en ese manto amable, me emcionaste. Supongo que a tus lectores les sucederá lo mismo, porque sabes llegar adentro; más que un relato parace un poema. Siempre vibro con tus escritos por diferentes razones. Con éste en especial, me sentí la acariciadora. Admiro tu elocuencia, y tu privilegiada capacidad de recursos. Tú si que eres un Buen Acariciador de Palabras, porque cada vez que enlazas esos hiperactivos pensamientos que nacen de la inagotable inventiva (cosa que también admiro), creo que, haces posible que el lector (opinión particular) se disocie, y por unos instantes, que más tarde terminan siendo infinitos, se sienta que forma parte de ese Mundo que has Creado. No eres un escribidor, eres un Escritor…. Que, a qué viene todo ésto, pues, a que como soy cristalina, cuando terminé de leer, volví a ser “Una”, es decir, me “des-disocié” (jejeje) y todo lo que he escrito, es lo que he pensado al acabar la lectura, puro y duro. Cuando algo me gusta de Verdad, tengo que soltar todo lo que me inspira. Sigue escribiendo tan bien, para seguir disociándome en tus tan diversos mundos literarios. Así lo he sentido, y así lo he dicho…………(¡Qué bella la frase: “cuando el plenilunio la llevaba a añorar querencias” )………Desde aquí, catorce arrumacos, y un asterísco en el centro de mis labios con un par de alitas, jeje……(me voy mimí, que Rafa debe andar ya por el noveno sueño más o menos.jiji) Nasdenois.

23 06 2009
Belisa Crepusculario

Esa es mi profesión y mi destino: vender palabras.

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