Ceremonias

24 06 2009

Éramos amantes. Ella venía en las tardes de los días de diario, con la excusa de la devolución o el préstamo de un libro, un disco, una película en deuvedé, ya que casualmente me pillaba de paso, ya que visité a una amiga que vive cerca y aproveché, ya que suspendieron la conferencia o, simplemente, en el último momento me arrepentí y no entré, porque tenía pinta de ser todo un rollo macabeo.

Solía traer pequeños obsequios: dulces caseros, manos de plátanos, ciruelas en julio, flores cogidas cerca de su casa del campo, de las cuales ninguno de los dos conocía el nombre y que yo ponía en un jarrón en el que se iban secando poco a poco.

Yo hacía café y lo acompañábamos de sus dulces o de unas galletas y conversábamos sobre su trabajo y el mío, sobre proyectos imposibles y películas que había que ver, hasta que cierto brillo en nuestros ojos acompañaba a ciertos silencios y determinadas sonrisas se prolongaban, convirtiendo nuestros labios en fauces de predador hambriento.

Entonces hacíamos el amor. Mientras a través de la ventana llegaba el ruido de los chicos del barrio jugando a la pelota, mientras los vecinos llegaban a casa o comenzaban a preguntarse qué harían de cenar, nosotros hacíamos el amor. Ajenos a la ciudad y al tedio, hacíamos el amor, con mis manos esculpiendo su cuerpo, con su boca dibujando el mío. El calor se convertía en sudor, en asfixia, en ardor insoportable que, sin embargo, buscábamos con avidez de enajenados. Hacíamos el amor, nos hacíamos el amor, nos deshacíamos en el amor. Sin preguntas, sin cortesías, sin concesiones. Con hedonismo feroz, con lasciva ternura, con acritud de palabra sucia susurrada al oído por labios pintados para la castidad.

En la noche cerrada, prendíamos cigarrillos, nos paseábamos desnudos por el dormitorio, nos descubríamos lunares y marcas, volvíamos a conversar sobre su trabajo o el mío, sobre películas que había que ver, sobre proyectos que ahora sí parecían posibles, cuando el deseo saciado hacía que nos temblaran las piernas y que el aire nos doliera en los pulmones.

Cuando la conversación comenzaba a languidecer, había algún gesto tierno, un beso, una caricia, una mano recorriendo la piel de un torso, unos dedos jugando con un sexo al mismo tiempo que la brisa de la noche penetraba en la habitación.

A esa hora, ella recordaba que debía irse. Desde la cama, la observaba recoger del suelo sus prendas, ponérselas con eficiencia, dirigirse al baño para arreglarse un poco.

Luego se marchaba para encontrarse con un marido que acababa de llegar a su casa y de quien nunca supe mucho más que el nombre y el oficio.

No sé exactamente cuándo ni cómo terminó aquello. Simplemente, dejó de venir a visitarme, dejamos de ser amantes.

Quizá abandonó a su marido. O abandonó la infidelidad. O ni una cosa ni la otra y, en este mismo instante, hace el amor con otro hombre solitario a quien ha obsequiado unos plátanos, una flor sin nombre conocido, unas ciruelas, ahora que es julio.

No lo lamento. No experimento nostalgia. Después de aquello, he amado mucho. Me han amado mucho.

Sin embargo, si me preguntaran por la felicidad, sin dudarlo un solo momento, hablaría de aquellos atardeceres de diario en que nos amábamos con un ansia tan egoísta como sincera, mientras afuera la ciudad seguía con su monótono devenir, ajena a ese dormitorio donde se desplegaban las ceremonias del deseo. 

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