Infundios

8 07 2009

Periodista de investigación resuelve enigma existencia de Dios. Dios existe, pero está de vacaciones. Aporta testimonio gráfico: amplio reportaje de Dios tomando el sol en lejana isla griega. Fotos robadas inundan portadas de periódicos en todo el mundo. Noticia provoca agrias polémicas. Dios lanza desmentidos. Anuncia demandas. Amenaza con ira divina. Periodista de investigación rectifica. Error en la identificación. Un millonario excéntrico más. Sin noticias de Dios. Todo vuelve a la normalidad. En una aldea centroafricana, alguien sigue reflexionando sobre la impunidad del absentismo laboral del alto funcionariado.

Anuncios




El misterio

8 07 2009

mono-escritor-mejor-calidad

Clara y yo tuvimos diez años felices. Después llegó El misterio y todo se pudrió.

Empezó con un mero correo electrónico, enviado por una de esas amigas divorciadas e insatisfechas porque no saben qué hacer con su libertad.

Clara comenzó entonces a frecuentar una página web que contenía los secretos de El misterio. Luego compró libros de iniciación, asistió a reuniones, compró libros avanzados y, un buen día, descubrí que no hablaba de otra cosa: era capaz de relacionar absolutamente cualquier tema (desde la crisis económica a la mecánica cuántica, pasando por la ornitología y los Juegos Olímpicos) con las supuestas enseñanzas de esos libros y ejercía esa capacidad con obstinación de tábano tropical.

En realidad, El misterio no era más que una mezcla cómoda, facilona y consoladora de sentencias tomadas aquí y allá; un batiburrillo puesto al servicio de cualquiera que estuviese lo bastante descontento consigo mismo o lo suficientemente aburrido como para tragárselo.

En las explicaciones que Clara (proselitista inconsciente) me daba, llegué a captar fragmentos (no atribuidos, por supuesto) de Platón, Aristóteles, Confucio, Nietzsche, Martin Heidegger, Wittgenstein, Cioran y San Agustín, entre otros, quienes eran introducidos con calzador en un discurso plagado de contradicciones internas. Pero, cuando se las hacía notar, me espetaba: “Deberías ser menos incrédulo y leer estos libros. Crecerías y hallarías todo eso que hay en tu interior. Porque todo, absolutamente todo, está en ti. Sólo tienes que visualizarlo”.

Unos meses más tarde, le hice visualizar los papeles del divorcio.

Con Susana todo era al contrario que con Clara. No existía equilibrio: la vida era continuo movimiento, intensidad, pasión incansable. Me sentía más joven, más vigoroso. Mas, una tarde de verano, después de hacer el amor en su cocina, Susana me recomendó El misterio.

Ya nada fue igual. Comenzó a hablar a todas horas de lo mismo y, al mismo tiempo, empecé a sentir una abulia mortal. No tardé en conocer a Ana y refugiarme en su compañía. Lentamente, charla sobre El misterio a charla sobre El misterio, fui alejándome de Susana, hasta que de ella sólo quedó un eco enloquecido, que me gritaba que era un imbécil, que la felicidad estaba ante mis narices y que no sabía visualizarla.

Ana era todo lo que se puede pedir. Filóloga, trabajaba desde hacía años como asesora de una editorial. Libre, culta, inteligente, generosa, segura de sí misma, sensual. No tenía problemas de autoestima ni parecía una persona susceptible de ser embaucada por cuatro desaprensivos.  Nos vimos unas cuantas veces, pasamos algunos fines de semana juntos y sentí que era ella la mujer con quien quería estar. Hasta el lunes pasado, día de mi cumpleaños, cuando, además de una estilográfica y una camisa, me regaló, con una sonrisa en la que se mezclaban el placer y la suficiencia, el libro que más éxito tiene de los del catálogo de su editorial. Ese libro está ahora sobre mi escritorio. Antes de sentarme a escribir, releí su dedicatoria:

Para que descubras todo aquello que hay en tu interior.

Con amor, Ana.

Ana acaba de enviarme un correo electrónico, preguntándome si ya he comenzado a leerlo. Hace un rato borré los veinte o treinta correos de hoy (llegan a docenas cada día), enviados por amigos y conocidos, que incluían referencias a El misterio. Esta mañana, en una tertulia radiofónica, uno de los tertulianos peroró durante un cuarto de hora sobre los saberes que esconde este extraño culto para pequeños burgueses con problemas de autoestima. Me siento sitiado, aislado, completamente rodeado de personas que se empeñan infructuosamente en aparentar felicidad y, lo que es peor, que insisten en que me una a ellos. Como en una película de invasores extraterrestres, clamo en un desierto de frías sonrisas impertérritas, que persisten en el interior y la visualización. Sólo me quedan un par de soluciones. Una, hacerme pasar por converso. Quizá, así, pueda dejar de oír hablar, aunque sea durante diez minutos, de El misterio. Pero, si estás leyendo esto, es que he optado por la otra solución, acaso desmedida, pero de eficacia indudable.








A %d blogueros les gusta esto: