Filologías

3 08 2009

 

Dado tu profundo conocimiento de la lengua, procuraré amarte con faltas de ortografía. Disfrutaré cuando señales mis errores, gozaré con tus enmiendas y mi carne ágrafa se estremecerá al contacto con tu boca, que limpia, fija y da esplendor.

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Interlocutores de Dios

3 08 2009

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Ha sucedido en Tel Aviv. Un desalmado ha entrado en un centro juvenil para gays y lesbianas y la ha emprendido a tiros, hiriendo a una decena larga de personas y asesinando a dos: un joven de 26 años y una chica de 16.

Este hijo de perra aún no ha sido detenido. Iba encapuchado y vestido de negro y se le busca, al parecer, por todos los medios. Pero no será difícil encontrarle. Bastará con buscar a un sinvergüenza, catecúmeno de una de las tres religiones del libro (aunque seguramente sea un judío conservador, como el que acabó con la vida de Isaac Rabin), que piensa que todo el mundo debe ser tal y como una doctrina intelectualmente andrajosa y anacrónica por definición dice que hay que ser, y se comporta como si fuera el propietario exclusivo de la verdad. Razonar con él será imposible y, para más pistas, es muy probable que tras sus ademanes de macho de-los-de-toda-la-vida, se adivine fácilmente el trauma de una homosexualidad latente que no ha sabido aceptarse a sí misma. Y, sobre todo, este inútil será “defensor de la familia”.

Todos estos salvajes tienen ese denominador común: son defensores de la familia, de una familia tipo, un determinado concepto de familia, generalmente sometida a la autoridad de un pater familias (hombre, por supuesto) y consagrada a perpetuar unos valores tan anquilosados como espurios. Apelan a un ente abstracto denominado tradición (sustituye en sus argumentaciones a la racionalidad), cuyos contenidos varían sutil pero arbitrariamente dependiendo de los intereses que persiga el oráculo defensor-de-la-familia que ande de guardia ese día.

Defensores de la familia tenemos también unos cuantos por aquí. Son homófobos, contrarios a los matrimonios homosexuales y a la adopción por parte de parejas gays y lesbianas. Utilizan nociones sospechosas, como la de raza, patria o nacionalidad, y acusan de ideológicos a conceptos de la moderna sociología, como el de género (sí, los he oído decirlo sin ningún tipo de rubor en un canal de televisión que se llama Intereconomía TV). Se oponen (apelando, curiosa e incongruentemente, a los recursos de la democracia, los cuales  estiran a su antojo) a las cosas más dispares, como la eutanasia, el aborto, los métodos anticonceptivos, la educación para la ciudadanía, la laicidad de los centros educativos, la investigación con células madre, la integración de inmigrantes o la diversidad cultural. De igual modo confunden lo liberalista con lo libertario, y usurpan el término “libertad” para titular así a sus publicaciones. Y exigen (eso es lo más llamativo), tolerancia para las más variadas formas de intolerancia. Por eso no sienten ninguna vergüenza al organizar asociaciones pro vida al mismo tiempo que abogan por la pena de muerte; al exigir la presunción de inocencia para sus partidarios mientras piden la reinstauración de la cadena perpetua; al clamar por su derecho a difamar a diestro y siniestro (falseando, en caso necesario, hechos históricos y datos científicos) a la misma vez que llevan a los tribunales a los periodistas que destapan sus insidias. Son los de siempre: los defensores de la familia, de la tradición, del como está mandado, los que apelan a la libertad de credo para imponernos el suyo. Son (o piensan que son) los interlocutores de Dios: ayer impidieron que alguien tuviera una muerte digna, hoy disparan contra jóvenes que desean vivir su sexualidad de forma coherente con su vida pública, mañana puede que estén en tu playa, exigiendo que se oculten esos pechos que ellos desean sobajear.

Los de aquí casi nunca empuñan un M16. Disparan insultos, decretos, peticiones, protestas públicas (sí, han descubierto que existen las manifestaciones), protagonizan torpes insumisiones a las leyes progresistas. Pero en el fondo son los mismos: esos que emiten reportajes incitando al odio contra quien ellos consideran “no-normal” (como si ellos fueran normales en pleno siglo XXI) y confunden la mierda con la pomada en un discurso imbécil que les legitima como exclusivos poseedores de la verdad. De esa verdad dictada por Dios (o sus subordinados directos, porque creo que en agosto libra) que permite a un canalla tomar un arma y abrir fuego contra quienes no son ni tan ignorantes ni tan reprimidos como él.

En Israel o en España, me es indiferente, el que toma el fusil o el que lo azuza son mismo perro con distinto collar. Ambos me producen similares arcadas.








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