Filtraciones

24 08 2009

angeles-de-la-guarda

Tras escuchar la noticia, apagó el televisor. En unos segundos comenzaría a sonar su móvil. Los de la oposición ya estarían aprovechando para criticar al Gobierno por la filtración, indignados ante la ausencia de cautela del Ministerio.

Desde niña le había producido una indescriptible inquietud la idea de tener un ángel de la guarda. Pensar en que hubiese día y noche un ser junto a ella, acompañándola en todo momento, siendo testigo de todas sus acciones y aun de sus pensamientos le producía, antes que bienestar, escalofríos, porque, aunque creía firmemente en la posibilidad de su existencia, no estaba tan segura de que su ángel de la guarda estuviera allí para protegerla. La cicatriz de su barbilla (columpio a los cinco años), la de su rodilla (bicicleta a los doce) y la de su corazón (Efraín Rodríguez, de 2º de BUP a los quince años) la habían inclinado siempre a pensar que su cometido era otro muy distinto.

Por eso, cuando entró a trabajar directamente a las órdenes del Ministro, se hizo el firme propósito de pensar lo menos posible en la información que manejaba, por si la teoría que había ido formulando a lo largo de los años era cierta. Ahora estaba segura. Ahí estaba la prueba. Nadie más que ella y el Ministro sabían lo del informe Sarabia. El Ministro era el menos interesado en filtrarlo. Y ella no lo había hecho. Así que, definitivamente, era cierto: los ángeles de la guarda existen. Pero su propósito no es guardarnos (en ese caso, el de los Kennedy, por ejemplo, era un absoluto incompetente), sino manejar información privilegiada y hacer uso de ella para sus propios fines.

Imaginó a su ángel de la guarda reuniéndose en secreto con el del candidato opositor y los de los rivales de Sarabia para traficar con su información privilegiada. Ni siquiera habrían tenido que buscar un parking solitario o un discreto cuarto de hotel. La reunión se habría celebrado en el éter, sin interrupciones ni testigos. Ventajas de ser los J. Edgar Hoover de la Creación, la KGB del Universo, los paparazzi de Dios.

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In Paradisum

24 08 2009

Sabio con espíritu mesiánico inventa mecanismo que permite a los elevadores ascender a los cielos. Realiza una prueba con primates. Dos mandriles pasan a engrosar, ese mismo día, las filas de los querubines, serafines y demás coristas celestiales. Noticia del invento del enésimo botón se hace pública. Fabricantes de ascensores incorporan de serie el botón del enésimo piso (o botón celeste). En poco tiempo, los cielos se pueblan de paralelepípedos de diversos colores y dimensiones, que atraviesan verticalmente el éter transportando a miles de ciudadanos de fe inquebrantable. Problemas de superpoblación en el Paraíso provocan la queja formal de las autoridades vaticanas en el nombre de Dios. Preocupadas por la posibilidad de despertar la Ira Divina, las autoridades de los países afectados (aquellos cuya población puede permitirse el elevado coste del enésimo botón) prohíben terminantemente el uso del artefacto. Aun así, plataformas ciudadanas exigen su derecho a ascender al Reino de los Cielos, sin escatimar en medios para la consecución de sus fines, incluidos el uso de la violencia o de la música de Fauré. El conflicto civil está servido. Se impone la Ley Marcial en todas las grandes capitales. Fauré es declarado indeseable. La primera noche, algunos contestatarios insisten en emprender el vuelo. Aquí y allá, sobre las grandes capitales, se observa a diversos elevadores alzándose más allá de las azoteas en actitud de franco desafío. Cuando están a punto de alcanzar las nubes, son derribados por misiles tierra-aire disparados por dispositivos antiaéreos. El ascenso a los cielos por esta vía, más tradicional, no resulta un espectáculo agradable y disuade a los últimos díscolos. Los botones celestes son desinstalados. Las fábricas de ascensores entran en crisis. El crecimiento demográfico del paraíso vuelve a sus niveles habituales. El sabio con espíritu mesiánico es defenestrado. Se permite volver a interpretar a Fauré en las grandes capitales, salvo su In Paradisum. Un niño filipino se despierta, aterrado, al sentir, flotando sobre su cama, la presencia de un mandril alado que aporrea una lira, insistiendo en un grito gutural que pretende ser el arrullo de su ángel de la guarda.








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