Ilusionismo

15 09 2009
Houdini

Houdini

Realmente, aquel ilusionista no había tenido demasiado éxito en los últimos años. Había ido envejeciendo al mismo ritmo que sus trucos. Sus palomas, sus conejos, sus bastones que se convertían en flores ya no impresionaban a nadie. Los naipes ya no eran su plato fuerte, porque aquellas manos eran más lentas, más temblorosas. Ahora había otros magos más jóvenes, más espectaculares, que combinaban gags humorísticos con rápidos números en los que atravesaban paredes o escapaban de trampas mortales.

Ya no le llamaban para amenizar cumpleaños infantiles ni para colorear fiestas en residencias de ancianos. Vio caer contrato tras contrato. El último local que aún solicitaba regularmente sus servicios cerró poco antes del invierno. Fue hacia el final de la primavera cuando decidió intentar el asalto al banco. Él no era un criminal. Nunca pensó que la pistola se dispararía en el forcejeo con el vigilante.

Durante meses confió en que los tribunales escucharan sus súplicas. Pero la justicia es ciega. Y en los países con pena de muerte suele ser, además, sorda.

Tras el rechazo de la última apelación, el ilusionista pidió al párroco de la prisión que le hiciera el favor de traerle sus libros. Pasó sus últimas semanas en su celda, dedicado al concienzudo estudio de sus viejos volúmenes de magia.

Finalmente, llegó el día en que le situaron en la cámara sellada. El ilusionista no se resistió. No pronunció unas últimas palabras implorando piedad. No lloró ni clamó al cielo. Se dejó tumbar en la camilla. Las sustancias letales comenzaron a penetrar en su organismo, sus ojos se cerraron y quedó definitivamente inerte mostrando una extraña sonrisa de placidez.

Nadie le había acompañado en vida y nadie lo haría ahora. Había donado su cuerpo a la ciencia. Una vez se hubieron marchado autoridades y testigos, los guardias entregaron el cadáver al Hospital Universitario, donde, esa noche, dos celadores contemplaron, asombrados, cómo el ilusionista se levantaba y, atravesando la pared, salía de la cámara para no regresar jamás.


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6 responses

15 09 2009
Maldini

Iluso…

15 09 2009
Aryán

¿y si las jaulas, aunque sea un instante, se vuelven pájaros?

15 09 2009
Puri

Hay algo en este relato que desdeña las normas de la verosimilitud literaria ¿qué le permite al mago superar los medicamnetos que le han inyectado? ¿Porque es Houdini? Sucedería lo mismo si dijeras que pudo detener el recorrido de la bala sólo con usar su mano.
De todas formas es un texto hermoso y sugerente y yo me apunto a quisquillosa.

15 09 2009
Sinnombre

Este relato va cargado de metáforas, al menos desde mi punto de vista.
– Primero el envejecimiento (tan temido) y la llegada de los más jóvenes.
– La desesperación (ya no puede cumplir siendo el mismo de antes y tiene que hacer algo para subsitir: aquí, roba un banco y casi sin querer -¿seguro?(*)-, mata a un hombre inocente).
– La impiedad de la sociedad en la que vive (confía, a pesar de todo, en la justicia que probablemente perdonará su único mal, salvándole la vida).
– La resignación (encarcelado, no protesta y acepta su destino, incluso es capaz de mostrar una sonrisa de despedida).
– La arrogancia final del que siempre ha sido esclavo de los aplausos y de la soledad de los mismos (nadie le había acompañado en vida y nadie lo haría ahora).
– Su profesionalidad por encima de todo, incluso de su muerte. Muy irónico este final a la vez que hermosamente triste.

Muy bien trabajado incluida la similitud con Houdini.

(*) Puede que su inconsciente deseara un final digno de un mago ilusionista.

16 09 2009
Alexis Ravelo

Gracias a todas y todos (o “todo”, Maldini) por leerlo tan atentamente. Hermosa idea, Aryán; sdigna de Juan Ismael.
Puri: Yo creo que hay un “pa cuento tiene que ser así”. Pero pienso que no está en el final (al fin y al cabo, es un ilusionista), sino en el hecho de que alguien así acabe robando un banco.
Sinnombre: Un análisis fino. Muchas gracias.

22 09 2009
Maldini

Puriiii!!!!!! “normas de la verosimilitud literaria “?
Enuméralas, plis?

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