Revival

28 10 2009

Fue una sorpresa encontrármelo este martes, en medio del ajetreo matinal de la zona de los bancos, mientras yo me dirigía a hacer una gestión y él, simplemente, no sé adónde, aunque ahora lo imagino. Alguna vez, hace mucho, Tomás y yo desarrollamos una leve amistad, una relación tibia entre solitarios. Los divorciados recientes que éramos entonces mitigaban el vacío de las alcobas en el otro vacío, más amable y etílico, de la barra del Roxy. Solíamos vernos los miércoles o los jueves, en aquel local decadente donde pasábamos varias horas bebiendo con algún otro parroquiano o solos, esnifando cocaína y pidiendo a Berto que pinchara canciones de Pink Floid, Supertramp, los Rolling o los Creedence mientras charlábamos sobre lo humano y lo divino, intentando olvidar que a ambos nos esperaba una cama fría donde intentaríamos dormir unas horas antes de ir a trabajar. Los fines de semana no nos veíamos, porque siempre había un asadero o una cena con amigos de verdad, una salida al campo, una obra de teatro, con suerte una querida. Nunca intercambiamos números de teléfono o direcciones de correo electrónico. Ni siquiera supimos jamás nuestros apellidos. Yo sabía que era abogado, que había tocado la batería en un grupo de rock y que tenía un hijo o una hija a quien veía cada dos fines de semana. Poco más. Nuestro contacto era Berto y nuestro territorio común el Roxy. Y, sin embargo, creo que nos apreciábamos sinceramente y que él disfrutaba tanto de mis charletas sobre libros y cine (esos saberes de Trivial Pursuit que los demás confunden con erudición) como yo con sus anécdotas sobre los juzgados y sus conocimientos sobre la era dorada del rock sinfónico.

No obstante, eso había ocurrido hacía algunos años. Luego habíamos ido dejando la cocaína, la soltería y, finalmente, el Roxy. No recuerdo si fue él o si fui yo el primero en abandonar aquellos hábitos; sólo que cuando comencé a verme con Laura los encuentros en lo de Berto fueron haciéndose más esporádicos, más breves, más desganados, hasta que un día caí en la cuenta de que llevaba semanas sin ir al Roxy y que no tenía ganas de volver por allí, no porque me resultara desagradable, sino porque ya no sentía necesidad de hacerlo.

No solía pensar en Tomás, pero le recordaba con simpatía. Por eso cuando nos encontramos anteayer por la mañana en la zona de los bancos, me alegró reconocer en él al pelirrojo del traje gris que agitaba su mano en la acera de enfrente. Estaba algo más pálido, algo más hinchado, pero, por lo demás, era el mismo cuarentón de sonrisa afable y gesto abierto. Crucé la calle (el banco al que iba está en esa acera) y, tras el abrazo, intercambiamos algunas frases amables, rememorando una vieja intimidad que realmente jamás tuvimos. Me preguntó por mi vida y yo le pregunté por la suya. Al parecer, estaba más tranquilo que nunca. Todo le iba sobre ruedas y se sentía equilibrado, centrado. Ya no bebía ni perseguía lolitas ni iba al Roxy. De hecho, me pidió que, si pasaba por allí, diera recuerdos suyos a Berto. Le dije que yo tampoco iba hacía mucho y que, si por casualidad él lo hacía, le saludara también de mi parte. “El tiempo lo pone todo en su sitio”, me dijo poco antes de que nos separáramos. Fui yo quien se marchó, porque se me hacía tarde para mis gestiones. Él se quedó allí, parado entre la gente que iba y venía.  Pero, cuando había caminado unos metros en dirección al banco, me volví y no pude verle. Sencillamente, ya no estaba allí. Ahora pienso que quizá nunca había estado.

He pensado durante varios días en ese encuentro. En el hombre que fui y en el hombre que soy, justo ahora que empiezo a tener esta crisis con Laura. En aquella frase, por lo demás nada insólita: “El tiempo lo pone todo en su sitio”.

No sé exactamente lo que me impulsó a hacerlo, pero anoche me excusé con Laura y fui al Roxy. Por el local no habían pasado los años: las mismas guitarras eléctricas y los carteles de grupos de Rock decorando las paredes. El neón negro, ya pasado de moda en los viejos tiempos, con el nombre del local sobre la barra. La pesada figura de Berto moviéndose entre la caja registradora y la cabina incrustada delante del office. Me reconoció al instante. Algo más le costó recordar mi nombre. Pero conservaba frescos todos los demás detalles. Para él, yo era cerveza o etiqueta negra con agua sin gas, chistes políticos, libros que él no había leído y Money y Wish You Were Here. No había demasiada clientela, así que, en mi honor, Berto se permitió pinchar a Pink Floid y servirse un chupito de Jack Daniel’s para acompañarme. Durante un rato, charlamos sobre cómo le iba el negocio, sobre cómo me iba a mí. Luego pasamos a los viejos tiempos, que ambos recordábamos con fingida nostalgia. Finalmente, le hablé del encuentro con Tomás y le di recuerdos suyos. Al principio, pensó que le estaba tomando el pelo. Así me lo dijo. Eso me dejó completamente desconcertado. Quizá Tomás y él habían tenido algún desencuentro, alguna discusión, alguna cuenta sin pagar que había enfriado sus relaciones.

-No –dijo-. Tomás y yo siempre nos llevamos de puta madre. Lo que no puede ser es que le hayas visto. Tienes que haberte confundido.

-¿Cómo me voy a confundir? –insistí-. Era Tomás. El de siempre.

-¿Tomás el abogado? ¿El que tocaba la batería?

-Sí.

-Pues no puede ser.

-¿Y por qué no?

Durante unos momentos pareció buscar las palabras adecuadas para responderme pero, de pronto, pareció recordar algo, fue al office y volvió unos momentos después con un periódico algo estropeado que puso ante mí. Lo había abierto por la página de las esquelas y, señalándome una con el dedo, me pidió que leyera. Aunque yo nunca había sabido sus apellidos, todos los datos coincidían. No cabía duda. Además, por si la había, la fotografía de tamaño carné mostraba el rostro de Tomás, el mismo rostro regordete (ahora menos pálido, menos sonriente) del hombre con quien yo había conversado el martes por la mañana. Miré la fecha del periódico: era del viernes pasado.

-Parece que fue un cáncer –decía Berto mientras yo intentaba atar cabos, con los ojos clavados en el papel-. Me enteré así, por la prensa, porque hacía años que no venía. Pero fui al velatorio, y le vi metido en la caja. Así que tienes que estar equivocado. No puede ser de otra manera.

-Eso es cierto: no puede ser de otra manera. Tengo que estar equivocado –le dije al fin, porque las otras explicaciones eran tan imposibles como abominables.

En este mismo instante, tengo esa esquela ante mí. Berto me permitió recortarla y llevármela para tener así al menos un dato verificable al que aferrarme. Porque, aunque sé que es imposible, que Tomás murió la semana pasada, también que el martes por la mañana vi a ese mismo Tomás, le di un abrazo y conversamos durante unos minutos. La miro ahora que Laura acaba de marcharse dando un portazo tras la enésima discusión, una de las tantas que presagian el principio del fin. Y yo me pregunto por qué vi el martes por la mañana a ese hombre que un día compartió su soledad conmigo. Por qué precisamente yo y por qué precisamente ahora que estoy a punto de ingresar nuevamente en el territorio que ambos explorábamos juntos. Ahora que, como siempre, las piezas del puzzle se van colocando. Ahora que, como siempre, el tiempo lo pone todo en su sitio.





Lavanderas

21 10 2009
Renoir. Las Lavanderas

Renoir. Las Lavanderas

Siempre me pareció poderosamente cautivadora la imagen de las lavanderas en el río, sus cuerpos arrodillados en la orilla remojando, restregando, retorciendo. Yo bajaba cada mañana a la ribera a observar sus evoluciones de ninfas rurales ignorantes de sí mismas, ajenas a la espectacular belleza que se extendía desde sus grupas a sus manos laboriosas, para subir luego a los escotes que alguna gota de agua tenía el privilegio de salpicar antes de descender por el valle existente entre sus pechos. Ese fue durante años mi pasatiempo favorito, hasta que un mal día la mayor de ellas se percató de mi presencia y me arrojó al rostro un frasco de lejía. No creo que esa fuera su intención, pero el líquido alcanzó mis cuencas, dañándome irreparablemente las pupilas. Desde entonces, mi pasión por las lavanderas no es la misma. No es que hayan dejado de parecerme una hermosa estampa, pero ya no paso las horas muertas espiando sus evoluciones. No sé. Quizá, sencillamente, lo que ocurre es que las miro con otros ojos.





Volvieron a estar allí

20 10 2009

Como ya sabrás, si sigues este blog, ayer tuvo lugar el III Memorial Dolores Campos-Herrero, una jam session de microrrelatos que Matasombras organiza cada año por estas fechas. Esta pequeña fiesta de la minificción (o la brevería, como prefería denominarla Dolores) resultó particularmente emocionante este año. A sala llena, tras la proyección de un vídeo de Campos-Herrero leyendo en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria en 2006, la jam comenzó con varios micros de la autora de Santos y pecadores por parte de Marisol Campos-Herrero.

Después, fue la sorpresa continua: una treintena de autores de ambos sexos, todas las edades y tendencias. Desde los más veteranos a los más jóvenes, desde los procedentes del periodismo a los más cercanos a la lírica, todos tuvieron a bien traer y compartir sus textos, haciendo que la ficción cabalgara a lomos de sus palabras por el patio de la sala Cuasquías. Anoche, allí, mientras se compartían cervezas y vinos, se escucharon textos de Dolores Campos-Herrero, Lisandro Rodríguez, José Manuel Brito, Antolín Dávila, Nayra Pérez, José A. Luján, Puri Santana, Isabel Suárez, Eduardo González Ascanio, Juan Carlos Domínguez Siemens, Michel Jorge Millares, Judith Bosch Molina, Maite Figueira, Sara Godoy, Juan Carlos de Sancho, Pepa Marrero, Guadalupe Alemán, Ruymán J. Jiménez, Moisés Morán Vega, César Socorro, Pepe Oribe, Antonio Vega, Teresa Delgado, Rayco Arbelo, Fernando Adrian Mítolo, Belkys Rodríguez, Juanjo Mendoza, Menchu Pérez Reyes, Pedro Kepa Hernando y Aquiles García. Hubo otras personas que quisieron venir pero a quienes les fue imposible en el último momento (viajes, trabajos, lejanías, pequeños problemas de salud), como Carlos Álvarez, Ángeles Jurado, Emilio González Déniz, Carlos de la Fe, Pepe Olivares, Maribel Lacave.

Quizá lo más hermoso de la noche fue constatar la pequeña avalancha de nuevos autores (algunos leían en público por primera vez) que vienen empujando fuerte de esta forma estética tan popular y tan poco comprendida.

A todos ellos (nuevos y consagrados) tanto Antonio Becerra como yo (esos dos espectros que aún somos Matasombras) deseamos darles las gracias, por su presencia y por demostrar  una vez más que, en medio de un mundo que a veces es algo gris y ajeno, aún nos queda algo para el mañana: la palabra.





La fiesta del microrrelato: III Memorial Dolores Campos-Herrero en el Matasombras de Cuasquías

15 10 2009

dolores

Varias generaciones de narradores se darán cita en la sala Cuasquías para celebrar, como cada año por estas fechas, una lectura improvisada de microrrelatos. El III Memorial Dolores Campos-Herrero, llamado así en honor de la desaparecida escritora y periodista, está organizado por Matasombras y tendrá lugar el próximo lunes 19 de octubre, a las 20:30 horas en el emblemático local de la calle San Pedro, número 2, con entrada libre.

En esta ocasión, además de la lectura de textos de esta singular autora, por parte de Marisol y Chus Campos-Herrero, está prevista la intervención de los escritores Eduardo González Ascanio, Antolín Dávila, Ángeles Jurado, Nayra Pérez, Santiago Gil, Juan Carlos de Sancho, Puri Santana, Antonio Vega, Judith Bosch Molina, Sara Godoy, Manuel Estupiñán Verona, Michel Jorge Millares y Fernando Adrian Mitolo, junto a los organizadores del evento, Antonio Becerra y Alexis Ravelo.

Sin embargo, la convocatoria de esta jam session de microrrelatos tiene carácter abierto, ya que los organizadores invitan a todos aquellos autores que así lo deseen a intervenir sin aviso previo leyendo minicuentos de su propia creación,  siempre que se ajusten a las características de esta peculiar forma estética: textos narrativos en prosa con singularidad temática, que tiendan a la máxima concisión. En este caso, la organización establece como convención que la extensión de los textos será inferior a las quinientas palabras.

Dolores Campos-Herrero, fallecida el 20 de octubre de 2007, cultivó, entre otros, el género narrativo, especialmente, en su vertiente de la minificción, de la cual fue pionera en el ámbito insular, formando, además, a nuevos autores a través de sus talleres y colaborando con todas aquellas actividades que contribuyeran a popularizarlo.





Hilaridad

14 10 2009

Sueño con una mujer. Una mujer zurda. Una mujer zurda que ríe.

Golpeando el aire con una raqueta de tenis, la mujer pasea en traje de noche por un jardín inmenso y ríe.

La sigue de cerca un anciano que lleva babero en lugar de camisa y agita las manos intentando atrapar algo invisible en el aire que hay tras ella. El anciano, barbudo y calvo, se parece a Pablo Picasso, a Ernest Hemingway, a Ben Kingsley, a Milan Kundera en un mal día.

La mujer ríe y su risa es una golondrina que los sobrevuela antes de partir a países cálidos. Vuelve a reír y su risa se transforma ahora en millones de gotas de rocío que el viejo intenta atrapar infructuosamente. Ríe otra vez y su risa es un millar de moras que flotan a su alrededor unos instantes y de las cuales él consigue atrapar un puñado, antes de entregarse a la actividad de consumirlas con fruición, una por una, deleitándose como si cada una de ellas fuera la última.

La mujer continúa andando alrededor de los parterres y riendo una y otra vez. Y sus carcajadas se convierten en pétalos de rosa azul, en bombones de licor, en colibríes, ruiseñores o conejitos que comen tréboles, en azahares lanzados a manos de bellos adolescentes.

Pero el hombre ya no la sigue en su deambular por el jardín. Se ha quedado atrás, bajo un flamboyán, dándole la espalda, comiendo moras.

Ya no es un anciano. No está encorvado. Cuando se vuelve, sus arrugas han desaparecido. Su barba cana y rizada es ahora un uniforme manto de color azabache.

La mujer cesa de reír. Sus carcajadas se convierten  en una luminosa sonrisa. Deja de caminar y le mira con hermosos ojos color miel en cuya profundidad se adivina un paraíso esmeralda.

Ahora están uno junto al otro, pese a que ninguno de los dos ha hecho el menor movimiento (cosas de los sueños) y la mano de la mujer suelta la raqueta (que queda suspendida en el aire) para posarse levemente sobre la mejilla del hombre, que ríe con la alegría despreocupada de un niño, cada vez más ruidoso, cada vez más joven.

Al despertar, me pregunto si ella reiría para mí. En todo caso, tras inspeccionar concienzudamente mi rostro en el espejo, decido que ha llegado el momento de recortarme la barba.





A vueltas con los energúmenos seniles

10 10 2009

Hace unos meses publiqué una entrada en la que incluía un texto satírico dedicado al periodista (por llamarlo de alguna manera) José Rodríguez, director (por llamarlo de alguna manera) y propietario del periódico (por llamarlo de alguna manera) El Día. En su momento, nos reímos mucho con la gracia.

Ahora este ancianito, que avergüenza a todos los canarios en general y a los tinerfeños en particular, ha vuelto a hacer de las suyas con un par de editoriales (por llamarlos de alguna manera) en los cuales exhibe su particular visión de la Historia, la Geografía Política (e incluso la Física) y la Antropología. Me perdonarás si me niego a enlazar con su página web desde este blog. Me niego a hacerle el favor de aumentar el número de sus anonadados lectores. Si quieres saber de qué va la cosa, puedes informarte en Canariasahora, por ejemplo.

Pero como en marzo quizá no andabas por aquí aún, te remito a aquella entrada, titulada “¿Un nuevo peligro?”. Si quieres leerla, ahí continúa, para que puedas comprobar cómo, tristemente, en ocasiones es cierto el viejo adagio y  la realidad supera a la ficción. Eso no hará que este señor (por llamarlo de alguna manera) se retire, pero quizá te eches unas risas, lo que tampoco es paja.





Saki y la sonrisa de las bestias

7 10 2009

Se supone que los escritores, antes de morir, dejan una frase genial para la humanidad. Goethe, en su delirio, pidió, al parecer: “¡Luz, más luz!”. Y Cesare Pavese, justo antes de suicidarse, anotó en su diario: “No más palabras. Un gesto. No escribiré más”. La última frase que pronunció Hector Hugh Munro, el hombre que firmaba sus libros como Saki, la dijo en una trinchera de Beaumont-Hamel, en Francia, en la noche del 13 de noviembre de 1916 antes de que un tirador enemigo le pegara un tiro en la cabeza. Esa frase fue: “Put that damned cigarette out!”, que viene a ser, en román paladino, variedad canaria: “¡Apaguen el jodido cigarro!”.

Esta anécdota parece sacada de uno de sus propios cuentos, que suelen combinar lo macabro y lo horroroso con lo satírico y humorístico. Saki tiene un particular ingenio para el humor negro, así como para la intriga, que maneja soberbiamente. En sus cuentos hay continuas sorpresas, giros argumentales inesperados que provocan indistintamente la sonrisa y el escalofrío. Hay, además, una constante denuncia de la hipocresía de la sociedad victoriana, tan vacua como anquilosada.

Munro había nacido en 1870, en Birmania, donde su padre era policía colonial. Huérfano de madre (la corneó una vaca cuando él tenía dos años), lo enviaron más tarde a Inglaterra, donde fue educado por su abuela y sus tías, puritanas, ignorantes y severas. Quizá de ahí le vino el desprecio por las capas altas de la sociedad británica que recorre como un hilo conductor prácticamente toda su narrativa. Más tarde, a Munro le pareció buena idea volver a Birmania e ingresar, como su padre, en la policía. Pero a la malaria no le pareció tan buena idea y hubo de volver a Inglaterra, donde se dedicó plenamente a la literatura.

saki2pf0

Anagrama reúne en Cuentos de humor y de horror veinte de sus relatos más célebres, muchos de ellos con Clovis, su cínico y agudo observador, como personaje principal. Es una interesante reunión de fantasmas indolentes, caníbales, que sonríen mientras cuentan sus iniquidades, gatos que hablan más de lo conveniente, damas encopetadas, tan necias como malignas, señores circunspectos tan malignos como necios y, en general, seres que no están donde deben estar, y haciendo cosas que no deberían hacer, como, por ejemplo, una hiena en medio de la campiña británica zampándose gitanillos.

En resumen, Cuentos de humor y de horror proporciona lo que su título promete: inquietud y risas a partes iguales, pero, al mismo tiempo, una ácida crítica social que, en último término, se convierte en reflexión sobre la condición humana. Jorge Luis Borges, Graham Greene, Tom Sharpe y Roald Dahl han manifestado su admiración por Saki. Por algo será.

Cuentos de humor y de horror, de Saki, Barcelona, Anagrama, 142 páginas.








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