Un fogonazo: Veinticuatro horas en la vida de una mujer

1 10 2009

Por si andamos despistados: Stefan Zweig es un escritor austríaco nacido en 1881 y fallecido en Brasil en 1941, adonde había llegado huyendo del nazismo y donde se suicidó junto a su mujer, tras la caída de Singapur, pues no deseaban vivir en un mundo dominado por el totalitarismo.

(Nota macabra: Cuando buscaba una foto del autor para mostrarla aquí, me encontré con una terrible, en la que vemos su cadáver y el de su esposa, cuando acababan de envenenarse, en su cama de la ciudad de Petrópolis. Nunca me gustó esa foto. Prefiero pensar a ese hombre en la plenitud de su militancia pacifista.)

Fue muy prolífico y muy popular en su momento y es muy célebre, entre otras cosas, como biógrafo. Vale la pena leer sus biografías de Magallanes, María Estuardo o Fouché, el secretario de Napoleón (sí, ese que según las malas lenguas, “consolaba” a Josefina durante las largas ausencias de Napoleón). Pero sus obras más célebres (y en mi opinión, más deliciosas) son sus cuentos (si puedes encontrarlo, no te pierdas “Leporella”) y sus muchas novelas cortas, que Acantilado está editando desde hace varios años. Te sonará una de ellas, Carta a una desconocida (hay dos versiones cinematográficas, además de muchas cursis imitaciones. La primera de las adaptaciones es un clásico imprescindible del maestro Max Ophuls), pero también firmó muchas otras, como esta que te traigo hoy: Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Está ambientada en la época de entreguerras en la Costa Azul. La anécdota es sencilla: En un hotel de vacaciones, la huida de una mujer casada con su amante provoca un escándalo y, posteriormente, una agria polémica  entre los huéspedes, en la cual el narrador defiende el punto de vista de la adúltera. A raíz de ese enfrentamiento, una anciana dama  que también se hospeda allí, le cuenta, tras muchos reparos, una secreta, breve e intensa pasión vivida muchos años atrás, hacia un joven jugador arruinado con quien se encontrara en Montecarlo. La mujer, entonces viuda reciente, de mediana edad y posición elevada, se verá, casi sin darse cuenta, envuelta en una aventura en la que, más que actuar, se deja arrastrar por las circunstancias por primera (y única) vez en su vida. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una historia que habla sobre la naturaleza de la atracción y el enamoramiento, sobre la transgresión de los convencionalismos sociales, sobre la generosidad personal y sobre lo que ocurre cuando cabeza y corazón no se ponen de acuerdo.

Repito: la anécdota es sencilla. Seguro que otros contaron antes esta historia. Puede que muchos más la contaran después. Pero apuesto mi ejemplar ilustrado de La metamorfosis a que nadie la ha contado como Zweig.

Tres motivos para leer a Zweig: la elegancia de su estilo, su habilidad en el tratamiento de la psicología de los personajes y su diestro manejo de la intriga novelesca. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, en fin, un centenar de páginas de la más alta literatura, uno de esos libros que se convierten en algo inolvidable, un fogonazo de extremada belleza en medio de la plúmbea oscuridad.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Barcelona, Acantilado, 2007, 102 páginas.

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Arozarena

1 10 2009

Aro

Tengo la sensación de que últimamente doy demasiadas malas noticias. Poco después del fallecimiento de José María Millares, se nos va otro de los grandes.

Rafael Arozarena era “el poeta” en el interesante grupo de los fetasianos (Isaac de Vega, Antonio Bermejo, José Antonio Padrón, Francisco Pimentel) y es el más conocido por el gran público, paradójicamente, por su narrativa. Pero Arozarena es, en mi opinión, tan popular como en realidad desconocido.

Popular por su novela Mararía, que, sospecho, es el mejor intento novelístico de creación de aquella mitología conductora propuesta por Espinosa, además de una novela inolvidable que aplica recursos cinematográficos en su esquema argumental (nunca pude pensarla sin recordar Ciudadano Kane) y cuyo arranque aún no tiene igual, en cuanto a eficacia, en la narrativa de las Islas. Desconocido porque el público ignora mucho del resto de su excelente trabajo. Apenas Cerveza de grano rojo. Poco de sus prosas (tiene cuentos que deberías leer, como “Abuela Paz” y “El extraño caso del timonel”). Casi nada de su poesía. Hoy la prensa habla de su Romancero canario,  de los años cuarenta, que remeda los intentos lorquianos. Pero habría que recordar Alto crecen los cardos, Aprisa cantan los gallos, El ómnibus pintado de cerezas, Silbato de tinta amarilla, Desfile otoñal de los obispos licenciosos, Amor de la mora siete… Títulos tan llamativos como epatantes son los poemas que albergan; poemas que oscilan temáticamente entre la isla y el individuo (en medio, todos los aspectos de la realidad), orientados a la potencialidad, ostentando una audaz libertad formal que hace guiños a Eluard, a Ungaretti, a Tzara.

Confieso que desde hace un tiempo, en la pila de libros que tengo en casa pendientes de lectura (esa pila que crece cada día) hay un ejemplar de la que fue una de sus últimas novelas: Los ciegos de la media luna. Aún no he podido leerla, pero sé que, cuando lo haga, seguramente no me defraudará. Nunca me ocurrió con ninguno de sus libros.

La última vez que le vi en televisión (en febrero de este año, en un reportaje con motivo del Día de las Letras Canarias), dijo algo parecido a que para escribir había primero que vivir, que uno no es escritor hasta que no ha cumplido setenta años. Desde entonces, pienso mucho en ello. Y cada vez estoy más convencido de que no le faltaba razón.





Imperfecciones 5

1 10 2009

Ahora vivimos los tres juntos y se supone que deberíamos ser felices. Pero, qué quieres que te diga, no me siento a gusto. Para empezar, estos dos son unos cerdos. Tienen la casa hecha un sindiós. Se ciscan en cualquier lado, desordenan mis libros y mis sellos. El otro día, vomitaron sobre mi ejemplar de las Sátiras de Juvenal. A la hora de comer, como soy el más tonto (eso es lo que insisten en afirmar), siempre voy el último en el reparto y tengo que conformarme con unas migajas. Mira cómo me he quedado. En los puros huesos.  Estoy de los nervios, además.Ya no puedo dedicar las veladas a leer o a ordenar mi colección de sellos, porque se pasan la sobremesa cantando y bailando como si toda la semana fuera un eterno sábado, como si existiera algún motivo en este mundo para ser feliz. Y, por la noche, la estancia se llena con sus ronquidos y otros ruidos (y olores) aun más desagradables, que son como la peor de las plagas. Como la casa había sido pensada para un solo habitante, el sofoco, el hedor, la incomodidad, en suma, son constantes, insoportables. Me paso la noche saliendo de la casa, entrando en el bosque, vagando por aquí y por allá, sumido en mis recuerdos y en mis pensamientos. Sé que se dice que soy el más tonto de los tres (probablemente lo sea), pero algo hay en esta cabeza. A veces me pregunto, por ejemplo, quién ha fabricado todas esas estrellas. O (esto puede que te sorprenda), pienso en ti. Sí, amigo mío, pienso en ti y me pregunto en por qué estamos hechos así: tú para perseguirnos, nosotros para huir. Fantaseo con la posible existencia de otro mundo, un mundo paralelo en el que tú seas tú y nosotros seamos nosotros, pero en el que tú no intentes hacernos daño y nosotros no temamos tu presencia. Sin embargo, sé que es una tontería. Después de todo, soy el más tonto de los tres. En este mundo, las cosas son como son. Y supongo que no hay más mundos que este. Cuando regreso a la casa, en los pocos instantes en que consigo conciliar el sueño antes de que me despierte un gruñido o una ventosidad, sueño con mi casa, mi verdadera casa, aquella humilde choza donde fui tan feliz. En fin, como ves, no eres el único que ha salido perdiendo. Están acabando conmigo. No aguanto más. Me están sacando de quicio y sé que pronto enloqueceré e intentaré cortar por lo sano. Estoy a punto de hacer una barbaridad. Pero, al fin y al cabo, son mis hermanos. Hay algo ahí, en mi interior, que me dice que en el último instante sería incapaz de consumar el crimen. Así que he pensado en esta solución. Mañana por la noche, aprovechando mi insomnio, me ausentaré, como tantas otras veces, internándome en el corazón del bosque. Te dejaré una llave bajo el felpudo. Podrás entrar y devorarlos con tranquilidad: sin testigos, sin prisas, sin más inconveniente que la posible saciedad. Volveré por la mañana y daré parte a la autoridad, que ya había sido informada de los antiguos sobresaltos que nos causaste. Nadie sospechará nada. Sé que esta forma de hacer las cosas no es, posiblemente, la mejor, pero piénsalo bien. Presenta ciertas ventajas: tú conseguirás casi todo lo que quieres. Yo, aunque no vuelva ya jamás a tener mi choza, no tardaré en acostumbrarme a habitar sin compañía esa hermosa casa de piedra que fue pensada sólo para uno.








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