Imperfecciones 5

1 10 2009

Ahora vivimos los tres juntos y se supone que deberíamos ser felices. Pero, qué quieres que te diga, no me siento a gusto. Para empezar, estos dos son unos cerdos. Tienen la casa hecha un sindiós. Se ciscan en cualquier lado, desordenan mis libros y mis sellos. El otro día, vomitaron sobre mi ejemplar de las Sátiras de Juvenal. A la hora de comer, como soy el más tonto (eso es lo que insisten en afirmar), siempre voy el último en el reparto y tengo que conformarme con unas migajas. Mira cómo me he quedado. En los puros huesos.  Estoy de los nervios, además.Ya no puedo dedicar las veladas a leer o a ordenar mi colección de sellos, porque se pasan la sobremesa cantando y bailando como si toda la semana fuera un eterno sábado, como si existiera algún motivo en este mundo para ser feliz. Y, por la noche, la estancia se llena con sus ronquidos y otros ruidos (y olores) aun más desagradables, que son como la peor de las plagas. Como la casa había sido pensada para un solo habitante, el sofoco, el hedor, la incomodidad, en suma, son constantes, insoportables. Me paso la noche saliendo de la casa, entrando en el bosque, vagando por aquí y por allá, sumido en mis recuerdos y en mis pensamientos. Sé que se dice que soy el más tonto de los tres (probablemente lo sea), pero algo hay en esta cabeza. A veces me pregunto, por ejemplo, quién ha fabricado todas esas estrellas. O (esto puede que te sorprenda), pienso en ti. Sí, amigo mío, pienso en ti y me pregunto en por qué estamos hechos así: tú para perseguirnos, nosotros para huir. Fantaseo con la posible existencia de otro mundo, un mundo paralelo en el que tú seas tú y nosotros seamos nosotros, pero en el que tú no intentes hacernos daño y nosotros no temamos tu presencia. Sin embargo, sé que es una tontería. Después de todo, soy el más tonto de los tres. En este mundo, las cosas son como son. Y supongo que no hay más mundos que este. Cuando regreso a la casa, en los pocos instantes en que consigo conciliar el sueño antes de que me despierte un gruñido o una ventosidad, sueño con mi casa, mi verdadera casa, aquella humilde choza donde fui tan feliz. En fin, como ves, no eres el único que ha salido perdiendo. Están acabando conmigo. No aguanto más. Me están sacando de quicio y sé que pronto enloqueceré e intentaré cortar por lo sano. Estoy a punto de hacer una barbaridad. Pero, al fin y al cabo, son mis hermanos. Hay algo ahí, en mi interior, que me dice que en el último instante sería incapaz de consumar el crimen. Así que he pensado en esta solución. Mañana por la noche, aprovechando mi insomnio, me ausentaré, como tantas otras veces, internándome en el corazón del bosque. Te dejaré una llave bajo el felpudo. Podrás entrar y devorarlos con tranquilidad: sin testigos, sin prisas, sin más inconveniente que la posible saciedad. Volveré por la mañana y daré parte a la autoridad, que ya había sido informada de los antiguos sobresaltos que nos causaste. Nadie sospechará nada. Sé que esta forma de hacer las cosas no es, posiblemente, la mejor, pero piénsalo bien. Presenta ciertas ventajas: tú conseguirás casi todo lo que quieres. Yo, aunque no vuelva ya jamás a tener mi choza, no tardaré en acostumbrarme a habitar sin compañía esa hermosa casa de piedra que fue pensada sólo para uno.


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1 10 2009
Aryán

¿Por qué “nace” siempre el poder, sobre todo entre los más “correctos” y “fuertes” de la sociedad, cuando aparecen los “otros” y se establece como forma de relación?
Inquietante imaginar que ese otro mundo canino se parecería quizá mucho al de “El planeta de los simios”, nuevo espejo de la estupidez humana…

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