Hilaridad

14 10 2009

Sueño con una mujer. Una mujer zurda. Una mujer zurda que ríe.

Golpeando el aire con una raqueta de tenis, la mujer pasea en traje de noche por un jardín inmenso y ríe.

La sigue de cerca un anciano que lleva babero en lugar de camisa y agita las manos intentando atrapar algo invisible en el aire que hay tras ella. El anciano, barbudo y calvo, se parece a Pablo Picasso, a Ernest Hemingway, a Ben Kingsley, a Milan Kundera en un mal día.

La mujer ríe y su risa es una golondrina que los sobrevuela antes de partir a países cálidos. Vuelve a reír y su risa se transforma ahora en millones de gotas de rocío que el viejo intenta atrapar infructuosamente. Ríe otra vez y su risa es un millar de moras que flotan a su alrededor unos instantes y de las cuales él consigue atrapar un puñado, antes de entregarse a la actividad de consumirlas con fruición, una por una, deleitándose como si cada una de ellas fuera la última.

La mujer continúa andando alrededor de los parterres y riendo una y otra vez. Y sus carcajadas se convierten en pétalos de rosa azul, en bombones de licor, en colibríes, ruiseñores o conejitos que comen tréboles, en azahares lanzados a manos de bellos adolescentes.

Pero el hombre ya no la sigue en su deambular por el jardín. Se ha quedado atrás, bajo un flamboyán, dándole la espalda, comiendo moras.

Ya no es un anciano. No está encorvado. Cuando se vuelve, sus arrugas han desaparecido. Su barba cana y rizada es ahora un uniforme manto de color azabache.

La mujer cesa de reír. Sus carcajadas se convierten  en una luminosa sonrisa. Deja de caminar y le mira con hermosos ojos color miel en cuya profundidad se adivina un paraíso esmeralda.

Ahora están uno junto al otro, pese a que ninguno de los dos ha hecho el menor movimiento (cosas de los sueños) y la mano de la mujer suelta la raqueta (que queda suspendida en el aire) para posarse levemente sobre la mejilla del hombre, que ríe con la alegría despreocupada de un niño, cada vez más ruidoso, cada vez más joven.

Al despertar, me pregunto si ella reiría para mí. En todo caso, tras inspeccionar concienzudamente mi rostro en el espejo, decido que ha llegado el momento de recortarme la barba.

Anuncios







A %d blogueros les gusta esto: