Viajes perfectos

6 10 2009

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Soñó que por fin conseguía tomar ese vuelo al Caribe. La travesía transcurría con tranquilidad. El tiempo era sereno. Las turbulencias, mínimas. El interior del avión era más amplio, más confortable de lo habitual. Todo era perfecto. Faltarían unos minutos para llegar a su destino cuando se percató de la desaparición de los auxiliares de vuelo, quienes hasta ese momento se habían comportado de manera refinadamente amable. Poco después, escuchó, con pavor, la voz del comandante que surgía de los altoparlantes diciendo:

-Señores pasajeros, esto es una grabación…

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Indignación

6 10 2009

Hay un señor bajito que se indigna. Se indigna por las pintas de los jóvenes de hoy, por sus modos inciviles, por su lenguaje degradado, por sus impúdicas demostraciones de afecto en público. Se indigna por las ancianas, que cotorrean incesantemente en los mercados o guardan silencio mirándole con húmedos ojos de cachorrillo cuando no encuentran asiento en la guagua y él sí. Se indigna por esa acera que el ayuntamiento nunca arregla y por las obras públicas que jamás-cesan-de-terminar-de-acabar.

Y le indignan sus vecinos. Le indignan porque cierran sus puertas o porque las mantienen abiertas; porque escuchan a Javier Solís o a Alfredo Kraus; porque canturrean coplas mientras friegan los platos o se empeñan en alimentar y cuidar canarios, gatos, perros, loros o cualquier otro bicho inmundo que no sirva más que para comer, ciscarse, armar escándalo o transmitir enfermedades (las peceras no suelen indignarle, pero sí le indigna la desagradecida indiferencia de los peces). También le indignan sus vecinos ancianos, que esperan como vírgenes edulcoradas la semanal y ruidosa peregrinación de hijos y nietos, pero no le resultan tan indignantes como los vecinos jóvenes y su persistente hábito de hacer el amor. A propósito, y dicho sea de paso, le indigna el desmesurado crecimiento de la población, las abortistas, las píldoras anticonceptivas, los diafragmas, los preservativos, el coito oral y el onanismo.

Pero las cosas que más le indignan no provienen de la vecindad, sino del exterior.

Le indignan la televisión, los fumadores, la clase política, los sindicatos, los conciertos al aire libre, la patronal, los conductores, los desheredados, los ciclistas, la clase media, los patinadores, el clero, los funcionarios, los inmigrantes y los de aquí.

Sus ataques de indignación son cotidianos, explosivos, expansivos. Cada mañana despierta con su diaria semillita de  sorda indignación contra algo o alguien, y la indignación va creciendo en su interior durante el día. Por la tarde, nada más llegar del trabajo, corre a su ordenador y escribe. Escribe largas cartas de queja, con profusión de mayúsculas, negritas y subrayados. Redacta manifiestos, confecciona archivos de Power Point e incluso graba vídeos reivindicativos, en los que denuncia con nombre y apellidos (cuando los sabe) a los causantes de su indignación. No tiene pruebas, pero no duda en acusarles, porque él-sabe-que-le-asiste-la-razón. Luego los envía masivamente (mantiene contactos con muchas otras personas, tan indignadas como él, que contribuirán a su difusión), los cuelga en las redes sociales y en alguno de sus numerosos blogs (que firma, eso sí, con pseudónimo).

Estos trabajos le dejan exhausto pero despiertan en él tal entusiasmo que, cuando llega la noche, con la satisfacción del deber cumplido, se dispone a llamar a su mujer para contarle sus últimos progresos en el liberador ejercicio de la indignación.

Pero no llega a hacerlo, porque, cuando está a punto de pronunciar su nombre, recuerda que ella ya no está. Lo que no consigue recordar, por más que lo intente, es cuándo se fue, en qué preciso instante decidió desaparecer. No consigue averiguar si su marcha ocurrió poco antes, o bien poco después, del momento en que él adquirió la costumbre de indignarse.





Factoría de Ficciones en la Biblioteca Pública del Estado

5 10 2009

Aún continúa abierto el plazo de inscripción para el Taller de Literatura Anroart (recuerda que se acaba el día 9), pero, si sólo dispones de 13 semanas y te interesa especialmente el cuento (relato breve contemporáneo, relato corto o como lo denomine el académico de turno), la próxima semana comienza la segunda edición de Factoría de Ficciones en la Biblioteca Pública del Estado. La matrícula es gratuita, pero las plazas limitadas.

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Tras el éxito de su primera edición, entre marzo y junio de este año (cuyos resultados serán publicados en breve en un volumen colectivo), el martes, 13 de octubre, a las 18:30, en la Biblioteca Pública del Estado de Las Palmas, dará comienzo Factoría de Ficciones, un taller de escritura creativa en torno al cuento contemporáneo. Factoría de Ficciones es una actividad destinada a adultos con inquietudes literarias e interés por el relato breve. Se propone como un acercamiento teórico-práctico al género, a través del análisis de las técnicas de algunos maestros eminentes y su aplicación a la propia producción de los participantes.

A lo largo de las trece semanas de duración del taller, se abordarán, entre otros asuntos, el paso del cuento tradicional al cuento literario, el punto de vista narrativo, el diálogo, el tratamiento temporal, las técnicas de asociación libre o la orientación hacia la minificción, mediante textos de autores consagrados, como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan José Arreola y Ambrose Bierce, y prestando especial atención al relato fantástico.

Por otra parte, se prevé el seguimiento digital de las creaciones elaboradas por los participantes, y su publicación en el blog http://factoriadeficciones.wordpress.com

Las sesiones tendrán lugar los martes, en horario de 18:30 a 20:30 y la inscripción es de carácter gratuito. Los interesados podrán solicitar información y matrícula en la Biblioteca del Estado en Las Palmas, calle Muelle de Las Palmas s/n, así como en los teléfonos 928 432343  y 928 431019 y el correo electrónico bibliolp.cultura@gobiernodecanarias.org.





Un fogonazo: Veinticuatro horas en la vida de una mujer

1 10 2009

Por si andamos despistados: Stefan Zweig es un escritor austríaco nacido en 1881 y fallecido en Brasil en 1941, adonde había llegado huyendo del nazismo y donde se suicidó junto a su mujer, tras la caída de Singapur, pues no deseaban vivir en un mundo dominado por el totalitarismo.

(Nota macabra: Cuando buscaba una foto del autor para mostrarla aquí, me encontré con una terrible, en la que vemos su cadáver y el de su esposa, cuando acababan de envenenarse, en su cama de la ciudad de Petrópolis. Nunca me gustó esa foto. Prefiero pensar a ese hombre en la plenitud de su militancia pacifista.)

Fue muy prolífico y muy popular en su momento y es muy célebre, entre otras cosas, como biógrafo. Vale la pena leer sus biografías de Magallanes, María Estuardo o Fouché, el secretario de Napoleón (sí, ese que según las malas lenguas, “consolaba” a Josefina durante las largas ausencias de Napoleón). Pero sus obras más célebres (y en mi opinión, más deliciosas) son sus cuentos (si puedes encontrarlo, no te pierdas “Leporella”) y sus muchas novelas cortas, que Acantilado está editando desde hace varios años. Te sonará una de ellas, Carta a una desconocida (hay dos versiones cinematográficas, además de muchas cursis imitaciones. La primera de las adaptaciones es un clásico imprescindible del maestro Max Ophuls), pero también firmó muchas otras, como esta que te traigo hoy: Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

Está ambientada en la época de entreguerras en la Costa Azul. La anécdota es sencilla: En un hotel de vacaciones, la huida de una mujer casada con su amante provoca un escándalo y, posteriormente, una agria polémica  entre los huéspedes, en la cual el narrador defiende el punto de vista de la adúltera. A raíz de ese enfrentamiento, una anciana dama  que también se hospeda allí, le cuenta, tras muchos reparos, una secreta, breve e intensa pasión vivida muchos años atrás, hacia un joven jugador arruinado con quien se encontrara en Montecarlo. La mujer, entonces viuda reciente, de mediana edad y posición elevada, se verá, casi sin darse cuenta, envuelta en una aventura en la que, más que actuar, se deja arrastrar por las circunstancias por primera (y única) vez en su vida. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una historia que habla sobre la naturaleza de la atracción y el enamoramiento, sobre la transgresión de los convencionalismos sociales, sobre la generosidad personal y sobre lo que ocurre cuando cabeza y corazón no se ponen de acuerdo.

Repito: la anécdota es sencilla. Seguro que otros contaron antes esta historia. Puede que muchos más la contaran después. Pero apuesto mi ejemplar ilustrado de La metamorfosis a que nadie la ha contado como Zweig.

Tres motivos para leer a Zweig: la elegancia de su estilo, su habilidad en el tratamiento de la psicología de los personajes y su diestro manejo de la intriga novelesca. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, en fin, un centenar de páginas de la más alta literatura, uno de esos libros que se convierten en algo inolvidable, un fogonazo de extremada belleza en medio de la plúmbea oscuridad.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Barcelona, Acantilado, 2007, 102 páginas.





Arozarena

1 10 2009

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Tengo la sensación de que últimamente doy demasiadas malas noticias. Poco después del fallecimiento de José María Millares, se nos va otro de los grandes.

Rafael Arozarena era “el poeta” en el interesante grupo de los fetasianos (Isaac de Vega, Antonio Bermejo, José Antonio Padrón, Francisco Pimentel) y es el más conocido por el gran público, paradójicamente, por su narrativa. Pero Arozarena es, en mi opinión, tan popular como en realidad desconocido.

Popular por su novela Mararía, que, sospecho, es el mejor intento novelístico de creación de aquella mitología conductora propuesta por Espinosa, además de una novela inolvidable que aplica recursos cinematográficos en su esquema argumental (nunca pude pensarla sin recordar Ciudadano Kane) y cuyo arranque aún no tiene igual, en cuanto a eficacia, en la narrativa de las Islas. Desconocido porque el público ignora mucho del resto de su excelente trabajo. Apenas Cerveza de grano rojo. Poco de sus prosas (tiene cuentos que deberías leer, como “Abuela Paz” y “El extraño caso del timonel”). Casi nada de su poesía. Hoy la prensa habla de su Romancero canario,  de los años cuarenta, que remeda los intentos lorquianos. Pero habría que recordar Alto crecen los cardos, Aprisa cantan los gallos, El ómnibus pintado de cerezas, Silbato de tinta amarilla, Desfile otoñal de los obispos licenciosos, Amor de la mora siete… Títulos tan llamativos como epatantes son los poemas que albergan; poemas que oscilan temáticamente entre la isla y el individuo (en medio, todos los aspectos de la realidad), orientados a la potencialidad, ostentando una audaz libertad formal que hace guiños a Eluard, a Ungaretti, a Tzara.

Confieso que desde hace un tiempo, en la pila de libros que tengo en casa pendientes de lectura (esa pila que crece cada día) hay un ejemplar de la que fue una de sus últimas novelas: Los ciegos de la media luna. Aún no he podido leerla, pero sé que, cuando lo haga, seguramente no me defraudará. Nunca me ocurrió con ninguno de sus libros.

La última vez que le vi en televisión (en febrero de este año, en un reportaje con motivo del Día de las Letras Canarias), dijo algo parecido a que para escribir había primero que vivir, que uno no es escritor hasta que no ha cumplido setenta años. Desde entonces, pienso mucho en ello. Y cada vez estoy más convencido de que no le faltaba razón.





Imperfecciones 5

1 10 2009

Ahora vivimos los tres juntos y se supone que deberíamos ser felices. Pero, qué quieres que te diga, no me siento a gusto. Para empezar, estos dos son unos cerdos. Tienen la casa hecha un sindiós. Se ciscan en cualquier lado, desordenan mis libros y mis sellos. El otro día, vomitaron sobre mi ejemplar de las Sátiras de Juvenal. A la hora de comer, como soy el más tonto (eso es lo que insisten en afirmar), siempre voy el último en el reparto y tengo que conformarme con unas migajas. Mira cómo me he quedado. En los puros huesos.  Estoy de los nervios, además.Ya no puedo dedicar las veladas a leer o a ordenar mi colección de sellos, porque se pasan la sobremesa cantando y bailando como si toda la semana fuera un eterno sábado, como si existiera algún motivo en este mundo para ser feliz. Y, por la noche, la estancia se llena con sus ronquidos y otros ruidos (y olores) aun más desagradables, que son como la peor de las plagas. Como la casa había sido pensada para un solo habitante, el sofoco, el hedor, la incomodidad, en suma, son constantes, insoportables. Me paso la noche saliendo de la casa, entrando en el bosque, vagando por aquí y por allá, sumido en mis recuerdos y en mis pensamientos. Sé que se dice que soy el más tonto de los tres (probablemente lo sea), pero algo hay en esta cabeza. A veces me pregunto, por ejemplo, quién ha fabricado todas esas estrellas. O (esto puede que te sorprenda), pienso en ti. Sí, amigo mío, pienso en ti y me pregunto en por qué estamos hechos así: tú para perseguirnos, nosotros para huir. Fantaseo con la posible existencia de otro mundo, un mundo paralelo en el que tú seas tú y nosotros seamos nosotros, pero en el que tú no intentes hacernos daño y nosotros no temamos tu presencia. Sin embargo, sé que es una tontería. Después de todo, soy el más tonto de los tres. En este mundo, las cosas son como son. Y supongo que no hay más mundos que este. Cuando regreso a la casa, en los pocos instantes en que consigo conciliar el sueño antes de que me despierte un gruñido o una ventosidad, sueño con mi casa, mi verdadera casa, aquella humilde choza donde fui tan feliz. En fin, como ves, no eres el único que ha salido perdiendo. Están acabando conmigo. No aguanto más. Me están sacando de quicio y sé que pronto enloqueceré e intentaré cortar por lo sano. Estoy a punto de hacer una barbaridad. Pero, al fin y al cabo, son mis hermanos. Hay algo ahí, en mi interior, que me dice que en el último instante sería incapaz de consumar el crimen. Así que he pensado en esta solución. Mañana por la noche, aprovechando mi insomnio, me ausentaré, como tantas otras veces, internándome en el corazón del bosque. Te dejaré una llave bajo el felpudo. Podrás entrar y devorarlos con tranquilidad: sin testigos, sin prisas, sin más inconveniente que la posible saciedad. Volveré por la mañana y daré parte a la autoridad, que ya había sido informada de los antiguos sobresaltos que nos causaste. Nadie sospechará nada. Sé que esta forma de hacer las cosas no es, posiblemente, la mejor, pero piénsalo bien. Presenta ciertas ventajas: tú conseguirás casi todo lo que quieres. Yo, aunque no vuelva ya jamás a tener mi choza, no tardaré en acostumbrarme a habitar sin compañía esa hermosa casa de piedra que fue pensada sólo para uno.








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