A solas con Roco

4 12 2009

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De entre todas las costumbres de Roco, la que más le agradó siempre era aquella que tenía de dormir en la cama con él, a sus pies. Sólo interrumpida por sus idas a la cocina, para comer o beber agua, la presencia del animal allí, dándole calor en la oscuridad del dormitorio, en medio de aquella otra oscuridad, más angosta y gélida, de la casa, le reconfortaba del goteo incesante de la cisterna, le tranquilizaba tras el sobresalto de los crujidos de los muebles. Siempre le extrañó la casa. Le provocaba temores estúpidos, aprensiones absurdas, inmotivados escalofríos repentinos, la irracional sensación de estar siendo observado desde la penumbra del pasillo. Por eso, cada vez que afloraban sus miedos, llamaba al perro o, simplemente, lo buscaba con la mirada o con la mano.

Esa madrugada, al despertar de la pesadilla, asomó la cabeza sobre el embozo y observó en el edredón el bulto de Roco, como siempre, junto a sus pies. De pronto, notó el aliento de un hociquillo frío, una lengua haciéndole cosquillas en el empeine. Lejos de incomodarle, eso le sosegó aún más, mientras encendía la luz de la mesilla y volvía a abrir el libro para intentar dormirse. Comenzó a leer y, como si temiera constituir un motivo de distracción, el animal dejó de lamerle y se le arrimó algo más. Se sintió tremendamente tranquilo al notar el lomo contra los dedos de sus pies, la respiración constante, el pelaje suave y tibio.  Notó cómo el sueño regresaba, cómo le pesaban nuevamente los párpados. Se volvió hacia la mesilla para dejar sobre ella el libro y volver a apagar la luz. Entonces, justo cuando pensaba en lo agradable que era el tacto del perro, vio asomar por la puerta del dormitorio la figura mansa de Roco, que regresaba de la cocina. Al verle se sobresaltó. Después, Roco, en lugar de subir a la cama, se le quedó mirando con una tristeza indecible, con algo parecido a la compasión.

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